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Pueblo inició su andadura ganando el VI Premio Europeo de Cine en Sevilla 2014, y recientemente ha sido seleccionado para la Quincena de los Realizadores en Cannes. El film de Elena López Riera nos trae el retrato amargo de una realidad nacional de nuestros días, el desarraigo generacional de una juventud que ha emigrado en busca de una fortuna que no encuentra en su país, y que cuando vuelve a su lugar de origen se da cuenta de que ya no es la juventud que era.

Pueblo

Elena López Riera es miembro integrante del colectivo artístico Lacasinegra, y su forma de abordar Pueblo es un claro ejemplo del ‘modus operandi’ y la filosofía que comparte con este colectivo, dedicado a la creación, gestión, investigación, reflexión y producción cultural. La directora alicantina rueda en Orihuela, su ciudad natal, con la que tiene una clara cercanía sobre usos y costumbres, pero el espectador asiste a unos acontecimientos que podrían ocurrir en cualquier Pueblo español. La utilización de ese genérico busca traspasar la frontera de lo reconocible para abordar el universo abstracto de evocaciones y sentimientos tan difícil de reflejar en imágenes cinematográficas contemporáneas. A priori nos encontramos una historia cotidiana: Rafa sale de fiesta nocturna, pero pronto nos damos cuenta de que, a pesar de que intenta mimetizarse con el ambiente que le rodea, algo no va bien…Es ahí donde irrumpe la maestría para contar una historia de Elena López Riera, llena de sutiles matices y potentes metáforas, que nos hacen entender la idiosincrasia que vive el protagonista, al volver a su casa tras pasar un tiempo en el extranjero y no encajar ya en el día a día de su ciudad natal.

Por otro lado, no es la primera vez que vemos este hecho en las pantallas cinematográficas: a nuestra memoria audiovisual vienen películas tan distintas en apariencia como Nueve cartas a Berta (1966), primer largometraje del gran Basilio Martín Patino, o el último largo de Ángel Santos, Las altas presiones (2014), en el que sus protagonistas viven esta embarazosa paradoja. Precisamente Pueblo parece metabolizar ambos films y transformarlos en una obra con sello autoral propio. El fruto resultante entremezcla la intensidad dramática del director salmantino con la frescura interpretativa del pontevedrés, bañado por una estética documental, en cuanto a los pasos de Semana Santa se refiere, que nos trae a la memoria a un Val del Omar del siglo XXI.

Pueblo

El espectador acompaña a Rafa a lo largo de una noche, en una condensación de sensaciones encontradas, e invadidas por dos constantes: la nostalgia hacia un pasado colectivo que se disuelve en el recuerdo, representado simbólicamente por unos velados pasos procesionales que recorren las calles; y el peregrinar de amigos que se va encontrando, metáfora de un presente incierto congelado en pequeñas cápsulas de pasado personal..

La audacia de la directora alicantina no se queda ahí, da un paso más allá, aproximando al espectador a una reflexión innovadora en este tipo de casuística. Tradicionalmente este se identifica con el punto de vista del apátrida observador de la realidad que le rodea, una realidad que, aunque es la de siempre, ya no se percibe como propia, porque los ojos con los que se mira no son los de antes. Y es ahí donde Elena López Riera realiza un giro de 180 grados introduciendo la mirada del Otro, aquél que mira a la cámara, a la propia Elena, residente en Suiza, pidiendo una explicación de ese cambio cuando ellos siguen siendo los mismos que ella dejó en Orihuela.

Asimismo, captar ese deambular por las calles, documentando la madrugada de cualquier ciudad española, trasladar al espectador ese miedo a la soledad noctámbula, aderezado por unos acertados diálogos, junto a un final inquietante, hace que el contar historias se convierta en un arte. Sin duda estamos ante una desenvoltura audiovisual compleja pero a la vez comprensible, que hace posicionar a la directora neófita en un puesto destacado dentro de la nueva hornada de directores nacionales de los últimos años.

Diana Callejas

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