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Los que seguimos la trayectoria cinematográfica de Juan Gautier desde hace varios años esperábamos por fin un trabajo como este, un corto redondo que pusiera de manifiesto su talento como director, y sobre todo como director de actores, aspecto que siempre ha estado muy cuidado en su obra. Tanto Metrópolis ferry como Pornobrujas fueron trabajos estimables, donde Gautier se esforzaba por buscarle los tres pies al gato de la originalidad, evitando soluciones manidas, y otras veces apuntándose a tendencias estacionarias que le permitieran huir de todo clasicismo, aunque los guiones terminaban todavía por ser demasiado esclavos de los planteamientos estéticos que motivaban cada proyecto. Ambos films tuvieron un largo recorrido y numerosos reconocimientos, pero sobre todo, nos pusieron tras la pista de un director que tarde o temprano se mostraría en toda su firmeza.

En un hiato dentro de su reciente faceta de documentalista, entre el largo de 2012 Caso pendiente y los inminentes Tanger Gool y Malpartida Fluxus Village (en este último como productor), Gautier ha tenido tiempo para regresar al corto y firmar una de las mejores ficciones españolas de la temporada, Soy tan feliz, que recientemente ha pasado a formar parte del catálogo Madrid en Corto tras su paso por la Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid.

Soy tan feliz

Soy tan feliz nace con vocación de retrato generacional, pero un retrato sotto voce, consciente de sí mismo y al mismo tiempo sin vanidades, que alcanza la universalidad al querer describir el conflicto de un personaje aplastado por las responsabilidades que le ha tocado asumir con el paso de los años y que incesantemente van incrementando una pesada carga que se traduce en ansiedad, angustia y depresión. Este personaje es Fran, una joven MIR que trabaja en el departamento de psiquiatría de un hospital y convive con su madre enferma de Alzheimer. Toda la cinta pivota continuamente alrededor de este personaje, apenas apuntalado por otros tres más, su madre, su hermano y un compañero de trabajo interesado en ella.

Gautier madura tremendamente como director y como guionista, y no por el hecho de anclar su historia con más claridad en el realismo, sino porque en esta ocasión ha logrado trascender la anécdota y captar con apenas unos pocos trazos la psicología de cada personaje. Una vez alcanzado este territorio interior, profundiza en su desarrollo personal, dejando un poco de lado, con mucho acierto, la progresión dramática de los acontecimientos. De hecho, los mimbres argumentales de la historia están más apuntados que expuestos: la presión constante que desde el principio azota a Fran se muestra de forma somera en una secuencia nerviosa donde uno de sus pacientes entra en crisis (al tiempo que sitúa al personaje a nivel profesional); su bagaje personal y familiar, y también el de su hermano, quedan expuestos en la excelente discusión que mantienen en la cafetería del hospital (y que supone uno de los momentos más álgidos del corto); la muerte de la madre se cuenta casi en off... Todo esto no sólo contribuye a dar agilidad a la película, sino que además le permite al director escapar de los estancamientos del clasicismo.

Soy tan feliz

De este esbozo surge un retrato más amplio. No nos quedamos en el drama específico de una joven adulta; a lo que asistimos es a la radiografía de un espectro social mucho más amplio y sintomático de nuestro tiempo. Fran es la representante de ese grupo de jóvenes adultos atascados en una crisis. Un personaje en transición que ni acaba de ubicarse en un nuevo estadio vital, ni puede soltar el lastre del pasado. Como contraejemplo, está la figura del hermano, a quien su egoísmo le ha permitido más o menos triunfar y alcanzar la felicidad.

Porque no olvidemos el título del corto. La felicidad es el tema central, pero no como sentimiento o experiencia, sino como anhelo común de la generación de la protagonista. Una felicidad que pasa por la estabilidad, la tranquilidad, tal vez el amor. Una felicidad que parece que se le niega porque las cargas que ha ido acumulando en su vida le impiden navegar con su tiempo, y librarse de ellas, el sólo pensarlo le provoca un enorme sentimiento de culpabilidad. Gautier maneja con precisión la evolución de este sentimiento en Fran, primero con la conversación antes mencionada con su hermano (donde él le propone meter a su madre en una residencia), luego con una segunda conversación en la que Fran está más dispuesta a plantearlo, y más tarde con la explosión de esa culpabilidad que se produce cuando, muy al estilo de Kaurismaki, a la primera oportunidad que ella se concede para escapar de la presión, le sucede su inmediata consecuencia, la muerte de su madre, devolviendo al personaje a sus angustiosas tinieblas.

Soy tan feliz

Otro gran acierto de Soy tan feliz es la sobria fotografía que luce, crepuscular en los momentos más melancólicos, y prístina en las conversaciones más duras. Una planificación que recurre prioritariamente la cámara en mano, sin llegar a ensuciar la narración, y donde los planos con reencuadres y aforamientos redundan en expresar la presión a que Fran se ve sometida, como si el espacio que habita fuera cada vez más reducido y agobiante. Cobra entonces sentido que los territorios de la felicidad sean siempre exteriores, y el momento final en el que flota en el aire de la noche, libre al fin, saltando en una cama elástica: un momento rescatado de la infancia.

Soy tan feliz remite, en su puesta en escena, a algunos momentos de La herida (Fernando Franco, 2013), aunque esa referencia es más estética que argumental. La ubicación hospitalaria, el travelling siguiendo la espalda de la protagonista hasta el lavabo, el momento de la ducha, la sombra de la enfermedad mental (mucho más atenuada en este caso), la angustia familiar... Sin embargo, más allá de estas filiaciones y otros compromisos con la estética moderna, estamos ante películas bien diferentes, y la que aquí nos ocupa se encauza hacia terrenos más esperanzadores. En el fondo, esta es la crónica de una transformación, del momento en que una persona encuentra el camino hacia la superficie cuando está a punto de ahogarse. No es que la vida de Fran quede resuelta per secula seculorum al final, pero por fin ha hallado una senda en la oscuridad y ha aprendido que seguirla es mucho mejor que quedarse atrapada en medio del bosque.

Soy tan feliz

Un último apunte que hay que hacer sobre Soy tan feliz se refiere a Olaya Martín, apuesta continuada del director, que ya había contado con ella en Metropolis ferry y Pornobrujas. Cierto es que Gautier ha acertado en casi todas las decisiones de este corto, y que el resultado es hermoso y conmovedor, pero una de las grandes sorpresas ha sido la actuación que la actriz principal ejecuta a lo largo del corto. Su creación da pie a un personaje real y corpóreo, con una belleza natural que en algunos momentos aflora y en otros se esconde bajo un muro de dureza.

Es la suya una interpretación modulada que en cada secuencia aporta un matiz nuevo al personaje. Matices que no devienen en mostrar una cara más poliédrica de Fran, sino que buscan transmitir su evolución. Una transformación que se opera incluso en su propia imagen, pues casi no parece la misma al principio y al final del corto. Junto a Olaya Martín, Javier Mejía tiene también un par de pletóricos momentos, las dos conversaciones antes mencionadas, donde además de afianzar su personaje, sabe generosamente ponerse al servicio de su compañera de reparto, trabajando siempre a favor de la historia, lo mismo que Pepe Lorente, cálido y amable, a pesar de sus breves apariciones.

Soy tan feliz está distribuido por Madrid en Corto

Jorge Rivero

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