Cortosfera.es

Con esta 27 edición, el veterano festival pilotado por los incombustibles Emiliano Allende y Eduardo López muestra definitivamente su inclinación hacia el corto más tradicional. Eso no quiere decir que en sus selecciones no aparezcan propuestas retadoras, pero desde luego la tendencia general es la del corto clásico. Y nos parece muy bien: todo el mundo sabe lo que puede encontrar en Medina del Campo. Lo que sí hay que exigirle al Festival es que, dentro de esa política claramente delimitada, ofrezca las mejores propuestas del momento, y que las distintas secciones evolucionen en consecuencia. A tenor de los resultados ofrecidos por el Palmarés, parece que lo está consiguiendo.

Certamen Nacional: los tres Roeles mayores

Lo primero que hay que decir de los tres títulos merecedores de los máximos Roeles es que están estupendamente producidos, dueños de una factura industrial que nada tiene que envidiar a la de los largometrajes (en algunos casos, más bien al revés) y dignos representantes de un corto popular bien entendido. Asi que, de entrada, enhorabuena a Nakamura, Tourmalet y ESCAC, y a los realizadores responsables.

Sin ninguna duda, el Roel de Oro ha sido para la máxima revelación del certamen: Bikini de Oscar Bernàcer. Prepárense para oir hablar de él en abundancia, pues es un corto redondo, de carisma indudable, nacido para llevarse por delante incontables Premios del Público.

Bernàcer ya había llamado nuestra atención con la deliciosa miniatura Desayuno con diadema. Allí había dejado constancia de su don para la dirección de actores, la fluidez de largas escenas dialogadas y la importancia del detalle. Todo ello reaparece corregido y aumentado en este Bikini que, desde el principio, muestra sus cartas boca arriba. Porque Bernàcer no va de autor por la vida: simplemente pretende contar una historia agradable y complaciente, y contarla bien. Y rotundamente lo consigue.

La historia no esconde ninguna sorpresa: en 1953, el Alcalde de Benidorm es recibido por Franco y Carmen Polo en El Pardo, con la intención de que el Caudillo medie a su favor en la amenaza de excomunión que ha caído sobre él por permitir el uso del bikini en sus playas. O sea, el pistoletazo de salida del boom turístico español. Todo lo que ocurre es fácil de imaginar, pero el caso es que está bien narrado, con un sentido de la comedia difícilmente afinado que por momentos recuerda a Blake Edwards (la estupenda escena inicial, por ejemplo). Todo ello servido por unos actores espléndidos, sobre todo Carlos Areces (¿cómo es posible que no haya hecho de Franco hasta ahora?) y un formidable Sergio Caballero. Por cierto, Bikini cuenta cómo el Alcalde intenta convencer a Franco y Carmen Polo para que apoyen Benidorm, pero más que una reunión de negocios parece, por momentos, un ritual de seducción amorosa. Y la adorable canción final, Un telegrama de Monna Bell, permite fantasear aún más en ese sentido.

El Jurado otorgó su Premio Especial a Todo un futuro juntos de Pablo Remón, conocido guionista de Cinco metros cuadrados y Casual day. Este corto continúa en la interesantísima línea social de Tourmalet (con producciones de pequeñas dimensiones pero muy cuidadas), y prosigue la corriente surrealista que Remón ya había mostrado en el muy simpático Circus. De este modo, y como muestran unos letreros iniciales tal vez demasiado circunspectos, Remón se inspira en una conversación real que escuchó en una cafetería, que luego reproduce con los actores Luis Bermejo y Julián Villagrán en un espacio similar.

Todo un futuro juntos

Todo un futuro juntos es un corto de guión, dos actores y una sola idea de realización. La trama, relacionada con escraches y preferentes, es fantástica, se basta y sobra para mantener el interés, y por supuesto no vamos a contarla. Para entendernos, sería como un episodio de Gente en sitios pero rodado a la manera de Smoking room. La puesta en escena consiste en un largo plano secuencia en blanco y negro, con planos muy cortos cámara en mano que pasan de uno a otro actor, y aunque no es especialmente imaginativa permite atrapar con detalle ciertas expresiones de los actores, de modo que acaba resultando eficaz.

En cuanto a los actores, protagonizan el fenómeno más curioso del corto: tanto Villagrán como Bermejo llevan a cabo interpretaciones demasiado técnicas, como si quisieran marcar las distancias con los banqueros que interpretan. Esa actitud, en una ficción convencional, produciría frialdad. Pero mira por dónde, en Todo un futuro juntos los letreros iniciales han remarcado que estamos viendo una reconstrucción interpretada por Bermejo y Villagrán: así pues, Bermejo y Villagrán no interpretan a dos banqueros, sino a Bermejo y Villagrán interpretando a dos banqueros. Y eso, desde luego, sí funciona. Extraña paradoja: Bermejo recibió el Roel al Mejor Actor por interpretarse a sí mismo.

El Roel al Mejor Director fue para Marta Díaz de Lope por Y otro año, perdices (el menos nuevo de los tres, ya que arrancó en la SEMINCI), relato y retrato de una familia media absolutamente reconocible, cuya acción transcurre en medio del cumpleaños de la abuela, de modo que uno de los asistentes confiesa, claro está, un secreto íntimo.

Hay dos maneras de ver este corto: el vaso medio vacío o el medio lleno. En el primer caso, el relato decepciona relativamente, ya que está a punto de ofrecer una descripción brillante de los secretos familiares y de la capacidad de las mujeres para enfrentarse a ellos, pero no lo logra a causa de una dirección de actores aplicada pero sin especial brío, perdiendo así la oportunidad de que el espectador se enamore de estos personajes a pesar de sus defectos.

Y otro año perdices

Ahora veamos el vaso medio lleno. El guión es soberbio, con unos diálogos certeros y llenos de chispa, y la directora muestra una capacidad innata no sólo para describir el ambiente familiar, sino para dotar de vida a sus personajes con muy pocos elementos, con mención especial para los secundarios: la abuela, la hermana de la madre, y sobre todo, un magnífico Joaquín Climent como el padre (cada vez que sale, el corto se eleva). Un corto, en fin, imperfecto pero francamente prometedor, que incita a seguir la pista a los próximos trabajos de Marta Díaz de Lope.

Arriba