Complace constatar que, a estas alturas, Cortosfera Latina no necesita ningún tipo de presentación. Sus ya cuatro ediciones la han consolidado como una de las sesiones especiales más estables de toda la Semana de Cortometraje (desde aquí expresamos a la Comunidad de Madrid nuestro más sincero agradecimiento por su apoyo), y un punto de referencia indispensable para dar a conocer el estado actual del cortometraje latinoamericano.
Cortosfera Latina podrá verse, como ya es habitual, casi al final de la Semana: el domingo 30 de abril a las 20.15, en el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes, y con entrada libre hasta completar aforo.
Una vez más la sesión está formada de cuatro cortometrajes, a través de los cuales aparecen representados los más diversos géneros, estilos, tendencias y, por supuesto, países de la región. Y no son primeras espadas del corto latinoamericano porque lo digamos nosotros (que también): los títulos cuentan con el prestigio cosechado en su lugar de origen, y con el reconocimiento internacional.
Cortosfera Latina se abre con una producción de la, a estas alturas, mucho más que emergente producción colombiana: El Edén, de Andrés Ramírez Pulido, director que precisamente este año concursa en la Selección Oficial de Cannes con su nueva obra, Damiana. En El Edén dos adolescentes descienden a los Infiernos, o más bien a las ruinas de estos, ya que se introducen en un antiguo balneario donde hace diez años murió violentamente el padre de uno de los chicos. La sombra del crimen organizado y el narcotráfico vuela sobre el relato: no queda ni rastro del mundo que vivió el padre, pero la violencia, la miseria y el desamparo lo ha impregnado todo a lo largo del tiempo.
El dramatismo de El Edén deja paso a una comedia negra con un argumento que hubiera hecho las delicias de Rafael Azcona: el peruano El hueco de Daniel Martín Rodríguez y Germán Tejada (uno de los más divertidos de Clermont-Ferrand 2016) narra los desvelos de un joven, cuya novia ha fallecido recientemente, para comprar la tumba contigua y así ser enterrado junto a ella. Pero la muerte no sólo es inevitable, también es una burocracia, y las cosas no van a ser tan fáciles, dando lugar a un desarrollo que trae consigo momentos paradójicamente descacharrantes y un tono inesperadamente festivo.
El tercer título mantiene el tono oscuro, pero el humor negro se transforma en un cuento infantil de extraña amargura. Zimbo es una de las obras más sentidas de Rita Basulto y Juan José Medina, dos de los animadores más respetados de México, que obtuvieron el Ariel de Animación por este trabajo. Adaptación de un cuento escrito por el español Arturo Abad, Zimbo se sumerge en un universo próximo a Jan Svanmaker y los Hermanos Quay para contar esta conmovedora historia de una marioneta que anhela ver sus hilos cortados. Consecuentemente, el teatro en el que vive Zimbo es sórdido, los espectadores no son más que una sombra sin vida, y la libertad soñada un sueño incumplible. Como todos los cuentos infantiles, Zimbo atesora un final feliz, pero con matices.
La sesión finaliza a lo grande, con uno de los títulos más reputados de la temporada: la coproducción entre Chile, Lituania y Dinamarca Yo no soy de aquí de Maite Alberdi y Giedre Žyckyté, o la manera más agradable de contar una historia tan cotidiana como terrible: la estancia de una nonagenaria en una residencia de ancianos de Chile, procedente de la localidad vasca de Rentería, está llena de imágenes que podían haber sido extremadamente crudas, pero la delicadeza y, sobre todo, el sentido del humor consigue que lo terrible sea, por momentos, divertido (hay dos o tres momentos absolutamente brillantes, sobre todo aquellos en los que los ancianos deben sentarse o levantarse), y en todo momento lleno de cariño y ternura.

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