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Curfew

Director: Shawn Christensen | Año: 2012 | Nacionalidad: Estados Unidos

La antológica escena inicial de Curfew proporciona todas las claves para internarse en el universo de este hermoso relato, y por eso merece ser revelada al lector detalle a detalle, con pasos precisos.

Un viejo teléfono fijo en el suelo de un cochambroso cuarto de baño. Suena y lo descuelga Richie, un hombre de unos treinta, que en ese momento se está bañando. Es su hermana Maggie, que necesita urgentemente que Richie se encargue de cuidar a Sophia, su hija de diez años. Es una llamada desesperada, ya que Maggie nunca ha permitido que Richie conozca a su sobrina, de hecho él es la última persona a la que desearía pedirle tal favor. Pero no tiene otra opción. Y Richie accede.

Todo esto no sería más que la exposición de un sencillo conflicto familiar si no fuera por un pequeño elemento discordante... Resulta que, cuando sonó el teléfono, Richie acababa de cortarse las venas en la bañera.

Curfew pareja

Y así, el prólogo se llena de hechizo. La mano que descuelga el teléfono rezuma hilillos rojos, así como el borde de la bañera. La cuchilla de afeitar con la que se ha cortado parece oxidada. Dos colillas manchadas de sangre. Y una llamada teléfonica atendida por un hombre que, en ese momento, estaba empezando a morirse.

Entre medias, vemos el apartamento de su hermana. Maggie aparece en contraluz, moviéndose a un lado y otro de un confortable salón, con amplios ventanales que dan a la gran manzana. El contraste entre este salón y el WC de Richie nos da la clave visual del corto: el New York sórdido de Martin Scorsese (en un registro más ligero, eso sí) va a cruzarse con el de Woody Allen. Travis Bickle, el Taxi driver, se va a ver las caras con su familia pija de Manhattan.

Mientras Maggie habla de su hija Sophia, vemos a la niña en el salón. Su mirada perdida, por no decir cansada, parece indicar que vive rodeada de una cierta castración emocional. El director se acerca a ella con un movimiento de cámara suave, como acariciándola. Justo a continuación dedica el mismo movimiento a Richie. Con ese movimiento, tío y sobrina quedan íntimamente relacionados. Sin decir una sola palabra, sin siquiera una mirada, comenzamos a sospechar que el camino que ha llevado a Richie al suicidio tiene su origen, precisamente, en esa sobrina a la que no conoce.

Curfew osito

A pesar de la crueldad de la situación, la escena no deja de ser divertida. Desde ahora, las imágenes de Curfew se impregnan, a la vez, de comedia y tragedia. Hasta el encuentro final con la hermana, lo ligero y lo terrible conviven en el mismo plano.

Y en mitad de una escena tan sórdida, la banda sonora es el Dueto de las flores de Kadmé de Leo Delibes. Este célebre dueto operístico introduce un contraste entre la sordidez del momento y la dulzura ideal de la pieza. Pero también establece un tono angélico, ligeramente irreal en toda la narración. Richie interrumpe su suicidio para atender a un último encargo de su hermana. Pero sólo lo interrumpe. Mientras cuida de su sobrina, este hombre ya tiene un pie en el otro mundo. Curfew (que significa algo así como Hora límite) es una comedia familiar protagonizada por un casi muerto.

Scorsese y Woody Allen. Comedia familiar y tragedia existencial. Relato cotidiano y a la vez fantasmagórico. Curfew se mueve entre contrastes con sorprendente armonía.

Después del memorable prólogo, la historia se centra en la tarde que pasa el tío con la sobrina desconocida, y cómo esta extraña pareja, como podía esperarse, va a pasar de la más absoluta frialdad a un profundo cariño mutuo. Entran en juego elementos temibles: corto con niño, resabios indies, malos tratos, tonos pastel... Todo predispone a esperar lo peor. Y, aunque a veces

esté cerca, lo peor no llega.

Rodaje *Curfew*

Rodaje Curfew

Curfew te atrapa y no te suelta. La narrativa es tan cortante como la cuchilla de afeitar del principio. En 19 condensados minutos cuenta

prácticamente lo mismo que un largometraje convencional. Las escenas son rápidas, van al grano con un ritmo envidiable. Y nada de eso resta matices a los personajes, capacidad descriptiva a los escenarios, ni emoción de ley a la historia.

Parte de un guión redondo, con unos diálogos ingeniosos y secos, propios de los clásicos norteamericanos. El montaje es brillante, y da la sensación de que cada escena tiene los planos necesarios, y que están filmados en la ubicación más adecuada. Y los dos actores están impecables, por separado y entre ellos: el propio director (Shawn Christensen hace las veces de director, guionista, editor, compositor de un tema y protagonista) y la niña Fatima Ptacek, a la que Christensen ha sabido guiar con resultados sensacionales.

A lo largo del relato se van desarrollando los distintos elementos perfilados en el prólogo:

El contraste de los distintos New York. Desde el vestíbulo del piso de la hermana (parece que en cualquier momento van a salir del ascensor Woody Allen y Mia Farrow) hasta el pasillo de la antigua vivienda de Richie, que recuerda al espeluznante piso del indio donde se perpetra la matanza de Taxi driver. Pasando por la antesala del WC de señoras, donde tiene lugar una divertidísima fuga cómica que no desvelaremos, y en la que Richie muestra orgullosamente su condición de protector de su sobrina. O la bolera, que supone el punto de encuentro entre los dos mundos e incluso se revela, luego se verá, como una especie de purgatorio.

Lo ligero y lo terrible. A priori, una historia como esta podría haber sido interpretada por una jovencita Marisol (niña un tanto abofeteable que devuelve a los adultos las ganas de vivir), pero en ningún momento Christensen se olvida de que Richie es un hombre que, cuando vuelva a casa, se matará definitivamente.

En este juego de tonos, el guión posee numerosos logros. El equívoco de la visita a la antigua casa, que desemboca en una magnífica escena con unos flipbooks que vencen definitivamente la resistencia de la niña. O los flipbooks en sí: resulta revelador que la hermana haya llamado a su hija igual que la protagonista de los folioscopios de su hermano.

Curfew pareja discute

Y por supuesto, el descubrimiento del trauma familiar de Richie. El motivo que originó que su vida comenzara a derrumbarse es tan aparentemente nimio como íntimamente comprensible. Yo, que tengo numerosos sobrinos, tiemblo sólo con imaginar una situación parecida... Pero lo mejor de todo es la reacción de la niña, incapaz de entender el calvario que ha sufrido su tío. Simplemente lo encuentra gracioso, y esa falta de importancia que le da Sophia provoca una auténtica liberación en Richie.

Los temas musicales. La banda sonora es una estupenda selección de canciones ya existentes, típica de la generación spotify/grooveshark. Canciones que unas veces sirven de discreto complemento dramático, otras veces actúan como contrapunto irónico, y otras contribuyen a crear una atmósfera irreal. Destaco el tema de los créditos iniciales, We'll meet again de Vera Lynn. Su dulce melodía resulta mitad emotiva mitad burlona al venir después del prólogo: "Volveremos a vernos, no sé dónde, no sé cuándo, pero volveremos a vernos algún día". Y no sé si Christensen será consciente, pero para un cinéfilo esta canción tiene resonancias macabras, ya que es la misma que Stanley Kubrick introdujo al final de Doctor Strangelove (¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú), mientras

las bombas atómicas están destruyendo la tierra.

Y, en efecto, este relato cotidiano cobra, a veces, un tono irreal. Ya hemos dicho que Richie está en la antesala de la muerte, así que podría decirse que su último día vivo tiene algo de paseo por el purgatorio. De hecho, ya en el primer corto de Christensen, Brink, el relato se columpia entre la realidad cotidiana y el final de un mundo. Brink cuenta la historia de amor de siempre, sólo que esta vez los amantes deben enfrentarse a un enemigo inusual: la fuerza de la gravedad está desapareciendo, poco a poco, de la tierra.

Brink

Brink, Shawn Christensen

Volviendo a Curfew: el caso es que la bolera, que ha supuesto ese espacio intermedio entre tío y sobrina, también representa el espacio en que el hombre tiene ciertas visiones fantásticas, que salen a relucir en una secuencia encantadora: justo después de que Richie confiese su trauma a la niña y esta se ría, liberándole, suena una canción (la única original del corto, también obra del director) que provoca que Sophia se ponga a bailar en mitad de las boleras. Richie no sólo disfruta viendo bailar a su sobrina, sino que percibe cómo toda la gente de su alrededor baila al unísono. Es cierto que la coreografía es algo cutre, pero la escena está muy bien montada y, la verdad, resulta emocionante. Con este pequeño musical bien entendido, Christensen transmite a la perfección cómo Richie recupera, momentáneamente, las ganas de vivir.

Momentáneamente, porque cuando Sophia descubre, de manera accidental, el brazo vendado de Richie, este vuelve bruscamente a la realidad: lo ocurrido esta tarde no es más que una breve moratoria antes del desenlace inevitable.

Pero antes, eso sí, tiene que hablar con su hermana. Y desde el momento en que Richie se encuentra con su hermana hasta el final, el espectador tiene la sensación de que lo que ocurre es lo único que podría ocurrir.

La despedida muda entre el tío y la sobrina es modélica. Y la confrontación entre los hermanos transmite una pasmosa convicción, con unos actores y unos diálogos en estado de gracia. Todo se resuelve con un sencillo plano contraplano. No se necesita más. Todos sentimos que esos dos hermanos somos nosotros.

Curfew bañera

Y ahora sí, es hora de morir. Y aunque la escena que presenciamos no es especialmente sorprendente, sin duda satisface plenamente nuestras expectativas, nos ofrece algunos planos intensos (esos picados sobre Richie abatido, preparado para volver a meterse en la bañera; esa cámara que se mueve de la bañera al teléfono; ese sonido de un leve goteo, como el poquísimo tiempo que le queda al hombre para tomar una decisión: todo el tempo sostenido de esta escena es admirable) y nos rinde definitivamente ante un personaje y una familia necesitados de un urgente, desesperado contacto.

Curfew acaba con el imprescindible rayito de esperanza. Aunque, a juzgar por su última expresión, Richie no parece tenerlo claro. Puede que, a partir de ahora, todo empiece a ir mejor. Puede que no. En cualquier caso, durante los créditos finales se oye una preciosa canción que recuerda el final de Manhattan.

Porque la letra dice, precisamente, que hay que confiar en las personas.

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