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Destino

La historia, muy resumida, debió de ocurrir más o menos así: Salvador Dalí y Walt Disney, que ya se habían presentado años atrás, coinciden de nuevo en 1945 en una fiesta en casa del productor Jack Warner. Dalí, enfrascado entonces en el diseño de la secuencia onírica de Spellbound (Recuerda, 1945) de Alfred Hitchcock (que sería mayormente mutilada en el montaje final) es tentado por Disney para una colaboración juntos y, meses después, se pone manos a la obra junto con el guionista y artista del estudio John Hench. Tristemente, tras ocho intensos meses de trabajo, que incluyen 22 pinturas originales y ciento y pico bocetos, el proyecto se paraliza debido a los problemas financieros del estudio en plena resaca de la Segunda Guerra Mundial, lo que le convierte en una rareza económicamente inviable. Hasta 58 años después.

Destino

En 1999, Roy E. Disney, sobrino de Walt, desempolva el proyecto y lo deposita en manos de la división francesa de Disney Studios y del animador y director Dominique Monfery. A partir de las pinturas y bocetos del propio Dalí, Monfery rescata también los únicos 18 segundos existentes que llegaron a montarse en su día (el pasaje correspondiente al jugador de béisbol frente a dos cabezas grotescas sobre caparazones de tortuga), y contará con la supervisión de la mano derecha de Dalí en el proyecto, John Hench (que fallecería un año después de su conclusión) y de Gala (viuda del pintor). Así, Monfery revive y reimagina el concepto original, obteniendo cotas artísticas espectaculares a su conclusión en 2003, además de una nominación al Oscar y sendos premios en Palm Springs, Chicago o Melbourne.

Visto en la distancia, Destino sigue siendo una absoluta rareza dentro de la filmografía del estudio. Walt Disney, un hombre cultivado y con pretensiones, quería apuntarse su tanto “arty” y comenzar a contar con artistas de renombre que expandieran la encorsetada animación a otros niveles, como ya había jugueteado con la idea en Fantasia (1940) o en los pasajes más libres de algunos de los títulos más icónicos. Por su parte, a Dalí le gustaban los retos y todo lo que fuera “intoxicar” de surrealismo otras artes, máxime si gozaban de un nivel de popularidad como el del cine. No era un hombre dado al ostracismo y al malditismo, precisamente.

Destino

Disney vendía Destino como “una sencilla historia de amor, donde un chico conoce a una chica”, y lo cierto es que ese es el mejor resumen que podríamos hacer de estos intensos seis minutos de animación. Poniéndonos aún más intensos, imaginamos que Destino aborda la imposibilidad del amor entre una joven mortal y el ser mitológico Chronos, que abraza la mortalidad para perseguir a esta mujer de sus sueños, pero no pueden tocarse y su amor está condenado al fracaso. Imaginamos… porque su narración y lenguaje son tan abiertos y libres que permitirían muchas otras interpretaciones, lo que convierte el visionado en algo muy estimulante para cualquier espectador. Y bien sea tal espectador admirador o detractor de Dalí, se cargará de más razones para reafirmarse en su postura, porque las imágenes de Destino son un verdadero “grandes éxitos” de la iconografía daliniana: hormigas, teléfonos, estatuas sin cara, inmensos paisajes desérticos, escaleras y construcciones imposibles, ojos y, casi por imperativo legal, relojes que se derriten (el summum de cómo el gran público percibe al de Figueres).

Al final, y a pesar de lo estimulante y positivo de ver este viejo proyecto finalizado, y de lo respetuoso del resultado, uno no puede evitar ver Destino como aquello que pudo ser y no fue, como la propia historia de amor imposible que nos está contando. Y a ello contribuye de forma lapidaria la ensoñadora, evocadora y triste música original compuesta en su día por el mexicano Armando Domínguez y cantada por Dora Luz, cuyo terrible acento en inglés añade paradójicamente más solemnidad al asunto. Es una preciosa melodía que resonará en tu cabeza durante días y se te quedará grabada, como voces internas que te taladran el cerebro recordándote aquel destino que nunca fue para tí.

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