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El aspirante

Juan Gautier (2015) España |

Por Óscar de Julián

La trayectoria de Juan Gautier (y de Smiz & Pixel, productora que Gautier regenta junto a su hermana Andrea y Esther Castro) no sólo es una de las más sólidas del cortometraje español de los últimos años, sino también una de las más coherentes. Todos sus trabajos giran en torno a temas capaces de generar un debate social: la falsa solidaridad hacia la inmigración en Metrópolis Ferry (2010), la agresividad masculina en Pornobrujas (2011), el precio de las responsabilidades en Soy tan feliz (2014) y ahora las novatadas en los Colegios Mayores en El aspirante (2015). En todos los casos Gautier corría el riesgo de caer en el sermón moralista. En ningún caso ocurre, gracias a su mirada lúcida y a su notable destreza cinematográfica.

Para empezar, se nota que Gautier sabe de lo que habla. El aspirante nació del encargo de una ONG para denunciar la extrema realidad de las novatadas, y el resultado de una concienzuda investigación llevó directamente a la realización de este corto. La capacidad descriptiva de El aspirante no sorprende tanto al comprobar que Smiz & Pixel lleva mucho tiempo realizando todo tipo de documentales, como Sanfermines 78, Tanger Gool o, recientemente, Malpartida Fluxus Village.

El aspirante

El aspirante no sólo describe un cúmulo de atrocidades, sino la mentalidad que las genera: un hipertrofiado concepto de la masculinidad que, por desgracia, es totalmente reconocible. Agresividad testosterónica que ya causaba estragos en Pornobrujas y que se basa en una autoafirmación constante de la identidad sexual y social masculina. Así, el ritual de las novatadas se revela como un paso imprescindible para ser aceptado socialmente en una comunidad rabiosamente viril. No es una deformación de la sociedad masculina, sino su más lógico producto.

Hay más. El aspirante no cuenta una historia de víctimas y verdugos, sino de verdugos y aspirantes a verdugos. En todo momento queda patente que el novato 1 está dispuesto a aguantar el ritual porque quiere ser aceptado, quiere convertirse en uno de ellos. La fiereza que le imprime el actor Patrick Criado contribuye no poco a ese logro: es fácil imaginarle muy pronto en el lado de los veteranos, dando rienda suelta a su brutalidad reprimida.

Pero Gautier es consciente de que su discurso no es nada sin un lenguaje audiovisual adecuado. A ese respecto, el director hace gala de serias capacidades, ya presentes en sus ficciones anteriores. Veamos.

Una mirada cinematográfica muy personal, que evoca en buena medida la de Clockwork Orange (La naranja mecánica, Stanley Kubrick, 1971): aquí también se conforma un microcosmos de perpetua agresividad que no puede suscitar otra reacción que la distancia y el rechazo, en el que los personajes principales se muestran como seres despreciables, y en el que su protagonista experimenta un proceso de ‘educación’ que acaba legitimando sus instintos más brutales. Para acentuar aún más el paralelismo, hay ralentís que recuerdan a los de Alex y su pandilla de ‘drugos’, y Patrick Criado recuerda física y presencialmente, y mucho, a Malcolm McDowell.

El aspirante

Una inteligente dosificación de la violencia. Aunque no lo parezca al leer estas líneas, la violencia que pone en riesgo la integridad física de los novatos está reducida a la mínima expresión (parece ser que la realidad es bastante más sangrienta de lo que se ve en la película). La mayoría de las humillaciones son verbales y psicológicas, aparte de cachetes y collejas que no por nimios dejan de ser tremendamente dolorosos. De ese modo, los momentos aislados de seria agresión física cobran una fuerza sorprendente: p.ej., cuando el veterano 2 propina un balonazo a la cara del novato, el espectador siente el balonazo como si lo hubiera recibido él mismo.

Una soberbia dirección de actores, de siempre uno de los puntos fuertes de Gautier. No es sólo la consolidación del magnífico Patrick Criado, cuyo novato es todo presencia y ferocidad, sino la espléndida labor de los dos veteranos principales, Pepe Lorente y Pedro Rubio. Su aspecto algo inadecuado (ambos parecen mayores de lo que precisan sus papeles) pronto se olvida, gracias a su entrega incondicional y su capacidad de improvisación. Dirección de actores que se complementa a la perfección con un estupendo montaje, tan crispado y violento como la historia que cuenta: a veces, la violencia no surge tanto de la escena como del montaje de la misma.

Montaje que casi siempre salva el mayor inconveniente del corto: la debilidad de su estructura narrativa. La primera parte de El aspirante consiste en una sucesión de vejaciones dispersas que, más allá de su inteligente mirada, no acaba de conformar una tensión dramática. Pero cuando la trama, por fin, se centra en un hecho concreto (el novato travestido arbitrando un partido de fútbol), todo cobra cuerpo, y los diversos elementos se conjugan a la perfección en algunas de las mejores escenas que ha dado el corto español de ficción reciente. Un epílogo testimonial tal vez innecesario y un tema ‘metal’ en los créditos un tanto chillón rebajan un poco, pero no demasiado, la virulencia de una propuesta que sin duda arrastra errores e imperfecciones puntuales, pero que en cualquier caso es cine inteligente, vibrante y vivo.

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