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El empleo

Analizar un cortometraje como El empleo es una tarea absurda. Este corto espanta los análisis a manotazos, resulta imposible atrapar en un escrito racional toda la sorna, la piedad, la emoción que transmite en unos pocos minutos, a lo largo de un desarrollo prodigioso en el que no se sabe qué admirar más:

La desarmante sencillez de los elementos en juego: un hombre se dirige a su rutina habitual, con una pequeña variación que convierte esa rutina en una experiencia aterradoramente verosímil.

La perfecta dosificación de unos gags antológicos. Imposible destacar ninguno.

El agradable eco de los dibujos de Quino, esos que hablaban del ser humano como una criatura francamente insignificante.

Foto El empleo

La sensación de que los planos son los justos en todo momento, en número, tamaño, composición y planificación. A este respecto, no se pueden planificar mejor escenas como la del ascensor y, sobre todo, la del desayuno: atención a lo que se ve, cómo se ve y la panorámica con la que se muestra el resto del escenario. De Buster Keaton a la Muchachada, todos habrían aplaudido.

La aridez del escenario, con esas paredes desnudas y manchadas, y los colores pálidos, suaves, que otorgan una tristeza tierna al conjunto. Y aquí aprovechamos para señalar que, una vez que hayan visto el corto, pueden acceder al making-of, para entender su elaboración con más detalle.

La concepción de los personajes, con esos rostros alargados, como huevos duros, que han acabado siendo todos iguales, y esos ojitos diminutos, que parecen incapaces de ver gran cosa.

La inexistencia de música, sólo un sonido persistente de fondo en los edificios, como un aparato de aire acondicionado que alguien se olvidó de apagar.

El cuidado de los detalles: el ruido del despertador, sin duda el más barato y tristón del mercado; la ridícula tostadita que desayuna el personaje (y que tiene la única nota de color cálido de todo el corto: la mermelada de la tostadita, que es como un puntito); las rayas en los pantalones de los hombres taxi…

Y su indiscutible oportunidad. Ahora que España está como está, y que comienza a verse reflejada en la Argentina que estalló hace diez años, el corto de Grasso tiene el valor de una alucinación premonitoria.

Todas ellas notas absolutamente incapaces de contener la magia irresistible que desprende este corto, uno de los mejores jamás filmados no sólo sobre el trabajo, sino también sobre la obediencia ciega a un estado invisible.

Vean El empleo. Y hágannos caso: véanlo en silencio.  

 

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