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El vestit

David Gonzàlez | 2016 | España

Por Laia Pons

Siendo bastante reductores, podríamos decir que el celuloide es una textura tendente a la irrealidad, el sueño y el deseo, mientras que el digital se presta más a la captación inmediata de la realidad cotidiana. Siendo, como digo, bastante reductores, porque el digital se ha revelado idóneo para descubrir, precisamente, la realidad oculta que se esconde bajo esa realidad cotidiana. De ese modo, lo que sucede en El vestit no puede ser más reconocible, la vida diaria misma sin añadidos ni postizos de ningún tipo, y sin embargo acaba desvelándose como una tragedia.

En principio, una mañana como otra cualquiera. Una joven madre se despierta, y a su lado está su querida niña que aún no habrá cumplido un año. La convivencia entre madre e hija es todo lo idílica que podía esperarse: muy posiblemente, la niña es hija de la propia actriz, si no difícilmente podría entenderse tanto desparpajo entre ellas. La primera parte de El vestit es un desfile de monerías infantiles, niña que se lo pasa en grande con los juguetes, que de ningún modo quiere tomarse el biberón (después de la que monta, es realmente divertido el momento en que la mujer habla por teléfono con su madre, y mientras tanto la niña se lleva el biberón a la boca por su cuenta)… Todo muy cercano, cotidiano, normal. Pero algo en casa no funciona.

Volvamos a empezar. Una joven madre se despierta junto a su niña, pero la imagen es todo menos apacible: un plano general de un dormitorio en penumbra, de iluminación poco cálida, incluso mortecina (adecuada foto de Alberto Borque, totalmente armónica con las necesidades de la historia), y un elemento esencial: la ausencia del padre. El espectador puede pensar que la mujer es una madre soltera, o que el padre ha muerto, pero no, el padre está en casa, y aún no se ha despertado. La mujer se ocupa sola de la niña y la casa, y la aparente tranquilidad de sus movimientos queda marcada por la ausencia de su compañero. Es más, cuando la niña no está presente la casa parece esconderse de la luz, protegida por cortinas y persianas bajadas.

Hasta que, por fin, aparece el padre. No se cuenta gran cosa, pero sí lo suficiente para entender lo que ocurre: hay una celebración, y hay, repentinamente, una atmósfera moribunda. Llega una conversación intensa entre ambos, con una Marta Aguilar que es todo matices, su manera de bajar la cabeza, su sonrisa forzada, su mirada casi furtiva a un hombre que ha hecho su aparición vestido con un patetismo memorable. Ambos repiten varias veces que todo está bien, pero nada está bien: aunque no sepamos exactamente lo que pasa, la felicidad de la pareja, la unidad familiar, las carantoñas a la niña, todo está recubierto de desesperanza.

Hay pocos momentos en los que el dolor se manifiesta abiertamente. Tal vez cuando la mujer, sola en el pasillo, escucha toser a su marido en su dormitorio. O en ese espléndido momento en que la mujer llora en la ducha, a escondidas, y aún así oculta su llanto al espectador, porque la luz que entra por la ventana ilumina su cuerpo pero deja su rostro en sombra. Lo importante es enmascarar el dolor para no atraer aún más dolor. Porque lo doloroso no es que la pareja vaya mal, o que no haya entendimiento, o afecto, o implicación. Lo doloroso es que todo podría ir bien, si no fuera por un detalle decisivo.

David Gonzàlez, el director, abraza la filosofía de la voz baja y del menos es más. Partiendo de un relato modesto, sin especiales sorpresas y sin pretensión alguna, las imágenes sencillas, directas y contemplativas de El vestit se agigantan hasta componer la crónica de una derrota inevitable. Aunque, al final, el simple detalle del hombre contemplando a la mujer vestida para la ocasión supone un destello, un fugaz instante parecido a la victoria. Después, la vida sigue. Si es que puede llamarse vida.

Todos los comentarios (1)

  1. Trivialidad pura, y basta de descubrir una vez las américas. La vida es la vida, pero el arte es algo más. mucho más, señores: imaginación y belleza, y verdad, no costumbre.

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