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Elephant

Director: Alan Clarke | Año: 1989 | Nacionalidad: Irlanda del Norte

¿Quién se acuerda del cineasta británico Alan Clarke? Cuando se estrenó la magistral Elephant (2003), de Gus Van Sant, hay quien sí se percató de que en 1989 se había realizado una película con el mismo título, un cortometraje, de 37 minutos, aún más radical, si cabe, en su estructura que la obra de Van Sant. La extraordinaria obra de Clarke no era sino la sucesión de diversos atentados, ajusticiamientos, asesinatos, en diferentes espacios del Norte de Irlanda. No había diálogos, no había trazados psicológicos, sólo movimientos, rostros. El acto desnudo, repetido una y otra vez, con otros rostros, y otros movimientos, que no dejaban de ser los mismos. Como la piedra de Sísifo, una y otra vez, disparos, muertes. Tras cada muerte, la cámara se mantenía fija, por un instante dilatado, sobre los cadáveres, como un poso, el de las ondas concéntricas de una pedrada en las aguas de la mente, que buscara sacudir la conciencia y consciencia del espectador. Ahí ya estaban los largos travellings que siguen a los personajes, espaldas mudas. La concisión de la planificación era de una pureza como la de un diamante en bruto que abre en canal.

Elephant

Alan Clarke falleció de cáncer en 1990, con 54 años. Había comenzado a trabajar en la televisión a mediados de los sesenta, medio en el que realizó durante dos décadas la mayor parte de su producción. Pertenece a una generación olvidada, cuando no silenciada (caso del gran Peter Watkins), con la excepción de Ken Loach, la generación posterior a los jóvenes airados del Free cinema, los cineastas nacidos en la década de los 30. Una generación de cineastas concienciados, combativos, que planteaban el cine como reflejo y cuestionamiento social. Un cine de sangrantes interrogantes, sin complacencias.

Alan Clarke es el cineasta que más admira Paul Greengrass. Lo pudo conocer en 1981, cuando ambos asistían al deplorable juicio a un soldado acusado de prácticas homosexuales. Clarke le dijo que estaba documentándose para alguna obra centrada en el sistema judicial. No la realizó. Pero sí realizó unos implacables retratos de la violencia que supura la sociedad británica (o un sistema infectado) a través de un skin head (Made in Britain, 1982), un hooligan (The firm, 1989) o la brutalidad en un reformatorio (Scum, 1979), que rehizo, ya que fue censurada la primera versión que había dirigido para la cadena televisiva BBC, en 1977. Por lo que parece, Clarke solía decir a sus actores: «Dejad que salga el cerdo. Echémosle un vistazo, y entonces matémosle». Para Greengrass, es lo que hacen sus obras. Nos muestran la verdad de la monstruosidad, la injusticia, la violencia, tan sólo como son. Y mostrándonosla, nos muestran una forma de matarla.

Elephant

La violencia está en la estructura de la sociedad, en la estructura del ser humano, en su ADN. Por eso, no hay diálogos, ni perfiles psicológicos en Elephant, sólo la acción, la repetición de una acción, el asesinato, la muerte, el cese de un movimiento, los cuerpos ensangrentados, sin vida. Una y otra vez, como si se estuviera anestesiado, como si estuviéramos anestesiados, en la repetición se gesta y reside la anestesia, la insensibilización ante la violencia que se ejerce, seas un skin head, un hooligan, un policía o celador, un terrorista o un militar. La cuestión es ejercer la violencia contra quien consideras sólo escoria (‘scum’). Con respecto a Elephant, David Leland, que había sido guionista de Made in Britain (y luego director de, entre otras, la interesante Wish you were here, 1987), dijo: «Recuerdo estar viéndola, tumbado en la cama, pensando: Detente, Alan, no puedes continuar haciendo esto. Y el efecto acumulativo es lo que te dice: Tiene que parar. La matanza tiene que parar. Instintivamente, sin un proceso intelectual, se convierte en una reacción visceral». La obra de Clarke intenta que la mirada despierte, que la sensibilidad despierte, que se advierta el elefante en la habitación, que se deje de negar un problema o conflicto obvio, que se reconozca lo monstruoso para poder extirparlo, que se reconozca una infección para poder tratarla y curarla, lleve el pelo al cero, chaqueta y corbata, o uniforme, las diversas máscaras de la violencia que anida en el ser humano y que se extiende en sus venas sociales.

 

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