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Fauve

Ha sido uno de los incontestables del año. Después de haber participado en más de 150 festivales internacionales y ganado premios en algunos tan notables o mediáticos como Sundance, Aspen, Palm Springs o Encounters Bristol, era de esperar que este excelente corto canadiense figurara entre los nominados a los Oscar (y enhorabuena, desde aquí, a uno de sus máximos competidores, el español Madre de Rodrigo Sorogoyen). Máxime cuando pertenece al muchas veces temible género del corto dramático con niños, uno de los géneros favoritos de la Academia estadounidense. Afortunadamente, Fauve de Jeremy Comte no abusa en ningún caso del ternurismo infantil. Muy al contrario, representa una de las visiones más demoledoras que se han hecho en los últimos años sobre el fin de la infancia.

Sería un pecado revelar ahora cuál es el motivo de ese abrupto final, sobre todo cuando el lector va a tener la oportunidad de comprobarlo a continuación por sí mismo. Solo aportaremos un par de comentarios sobre los logros del director quebequés Jérémy Comte, principal responsable de la fuerza que atesora el relato. Comencemos diciendo que Fauve narra la historia de dos niños jugando en mitad de un paraje desolado, en el que aparecen un vagón abandonado y alguna que otra huella de una obra en construcción. Ese es el escenario, y Comte lo filma con expresivos planos panorámicos: frente a la ingenuidad despreocupada de los niños, la tierra agreste que les rodea recuerda a Deliverance (1972) de John Boorman o a Gerry (2002) de Gus Van Sant. A nadie le extrañaría que apareciera un oso ‘grizzly’ y los niños siguieran jugando como tal cosa. Y casi es así: no aparece un oso, pero sí otro animal que acabará teniendo una poderosa carga simbólica, abierta a todo tipo de interpretaciones.

Los dos niños están bien definidos: uno de ellos parece más corajudo, y el otro más retraído, y como era de esperar se desata un pulso de poder infantil, a ver quién es el más atrevido y el más irresponsable. Este pulso funciona bastante bien, a pesar de que la interpretación de los niños no es, en todo momento, todo lo entonada que debería ser. Pero ese reproche se queda en nada cuando llega lo que nadie podía esperar. Al menos no con esa rotundidad y esa capacidad para penetrar en nuestros miedos más profundos. Llegados a ese punto, Fauve consigue conectar directamente con nuestro inconsciente de una manera que hubiera fascinado al mismísimo Carl Gustav Jung: pocas imágenes tan certeras como las de Fauve para dar forma al terror atávico a la pérdida irreparable.

Aún así, lo mejor está por llegar. Fauve comienza como un corto sólido aunque un tanto convencional, va cobrando cuerpo aun con ciertas carencias, y de repente atrapa al espectador con una vuelta de tuerca escalofriante… Pero la coda final es sencillamente antológica. No solo uno de los dos niños citados está, aquí, soberbio, sino que un bello truco narrativo torna el desenlace aún más doloroso. Después de esa tarde en el paraje desolado, ya nada volverá a ser como antes.

 

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