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Gulliver

María Alché (Argentina, 2015) |

Por Jorge Rivero

Su estreno en el Festival de Locarno pasó un tanto inadvertido, tal vez por no hallar finalmente acomodo en un palmarés donde no se primó tanto el riesgo como en otras ediciones. Desde entonces, Gulliver ha ido apareciendo discretamente en algunos festivales de prestigio (Mar del Plata, Zinebi), a la espera de dar el espaldarazo definitivo que le permita resonar con la intensidad que se merece. No es esta una misión fácil, pues estamos hablando aquí de un cortometraje muy particular que no hace muchas concesiones al espectador, desplegando una trama con pocos asideros. Pero es que a fin de cuentas el propósito de su directora no es tanto contar un relato al modo tradicional, como adentrarse campo a través en la narración, abriendo senderos que poco tienen que ver con la transparencia convencional en el acto contar historias.

María Alché es conocida en su país principalmente por su faceta de actriz, sobre todo a raíz de su papel en La niña santa (Lucrecia Martel. Argentina/Italia/Holanda/España, 2004), aunque también ha participado en series de televisión (Trátame bien. Argentina 2009-) y cortometrajes, entre ellos Muta (Lucrecia Martel. Italia/Argentina, 2011) o el multipremiado Luminaris (Juan Pablo Zaramella. Argentina, 2011). Paralelamente ha ido cultivando otras disciplinas artísticas, llegando a la dirección cinematográfica con su cortometraje Noelia, donde ya daba a entender que sus inquietudes tenían que ver más con la experimentación de las posibilidades narrativas que con el entramado argumental.

Gulliver

La obra Alché tiene sin embargo un poso social, que no necesariamente se vincula al realismo de corte naturalista, y Gulliver responde a este posicionamiento, partiendo de un sustrato mundano para avanzar hacia un territorio donde lo irreal se abre camino hacia lo fantástico a través de una estructura sencilla, mínima, que lleva al espectador al desconcierto. Pero si bien es cierto que se practica una introspección en la psicología de los personajes, esta no es tanto para dibujarlos y clasificarlos, sino para ver en ellos las carencias y afectos que justifican su ubicación un universo tan intrínsecamente íntimo, tan paradójico, como el que la directora construye a su alrededor.

Gulliver se articula en tres movimientos y un epílogo que cierra la trama a modo de conclusión, dejando a los personajes ante una nueva realidad que como espectadores nunca sabremos cómo continuará. Ni falta que hace, pues el tema que persigue el corto es precisamente ese viaje que a lo largo de una noche y el siguiente amanecer emprenden los protagonistas hacia un nuevo status quo familiar y personal. Una transformación del paradigma vital que viene a enfatizar que la realidad es más extraña y difusa de lo que a simple vista puede aparentar. Sobre todo si tenemos en cuenta los distintos puntos de vista desde los que puede ser abordada.

El primer acto hace creer al espectador que se encuentra ante un drama familiar moderno y taciturno, pero diáfano. Desde una determinación fundamentalmente expositiva, Alché nos introduce en el seno de una familia normal de clase media, con un madre (Susana Pampín) aficionada pero sin devoción a ver películas y un poco harta de su marido, una hermana estudiante (Agustina Muñoz) que tiene alguna desavenencia con su novio, un hermano un tanto hermético, pero cariñoso (Renzo Cozza), y la protagonista central (Agostina Luz López), una chica normal y en medio de todo ello, que parece ser una suerte de pegamento sentimental para toda la unidad familiar.

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Este retrato cotidiano y psicológico, donde aparece de resbalón una mención a la física avanzada y los universos paralelos, no tiene sin embargo continuación alguna y se cierra con la invitación que a sugerencia de su madre Agos (los personajes se llaman como los actores) le hace a Renzo para que le acompañe a una fiesta; invitación que él rechaza. La fiesta ocupa la segunda parte de la película, y apenas se narra nada en ella. Agos y Renzo bailan, beben, se divierten, conocen a gente… Lo que más destaca tras este corte, aparte de la contradicción con el final de la secuencia anteior (los hechos en este corto no son siempre consecuencia o consecuentes con los anteriores), es la profunda conexión entre ambos hermanos que se desprende de las imágenes. Apenas se necesitan diálogos o acontecimientos para darse cuenta de una intimidad especial, casi sobrenatural, que existe entre los dos hermanos. La fiesta dura hasta el amanecer, cuando deciden abandonar la fiesta en compañía de un chico que Renzo ha conocido.

En este punto, algo ha cambiado. No se nos ha enseñado, o no nos hemos dado cuenta, o es algo instantáneo, como un conmutador que ha cambiado de posición. La fiesta ha sido en realidad un muy sutil mecanismo de transición, y la realidad de la noche anterior no es exactamente igual a la de la mañana que le sigue. De regreso a casa, Agos, Renzo y su nuevo amigo deambulan por los bordes de la ciudad. Transitan en realidad por las afueras del relato (del no-relato) que Alché nos cuenta casi de una manera antonioniana: un paisaje despojado e incierto, pero totalmente reconocible, una vaguada de maleza, arbustos y altas hierbas por el que los personajes abren un nuevo sendero hasta darse de bruces con un Gulliver gigante y abandonado, una figura huérfana de un viejo parque de atracciones, tan fuera de lugar como los personajes en este momento de la historia. Sentados sobre él, Renzo le dice a Agos que ha pedido al nuevo chico que sea su hermano, hermano de los dos. Agos, en un último intento de agarrarse a la lógica de la noche anterior se preocupa por lo que opinará su madre al respecto, pero Renzo lo tiene claro: ella estará de acuerdo. Sin más discusión, todos se van, aceptando la nueva situación.

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Estamos ya en un mundo distinto. De un escenario se salta a otro sin atisbo de duda. Los tres jóvenes están de regreso a casa. El nuevo es parte fehaciente de la familia y conoce desde el primer momento dónde se guardan las cosas en la cocina. La madre cierra este viaje circular comentando la película que vio la noche anterior. Todo ha sido tan extraño como natural, y dentro de su absurda lógica, a pesar de que los engranajes de la narración chirríen, aun no pudiendo aprehender lo que se nos ha contado, al final permanece la curiosa sensación de que todo ha tenido sentido.

Gulliver no pretende contar ninguna historia. Al menos ninguna que guarde relación con los mecanismos y las estructuras convencionales. Por decirlo de alguna manera su no-historia (al estilo de las no-novelas), es precisamente el trasteo estilístico con las normas establecidas, corromperlas hasta su dislocación. El flirteo con la ambigüedad, la invitación a dejarse llevar hacia territorios absurdos y nuevos por el sólo placer de escapar de la rutina es una fantasía tan sugerente como liberadora. En su rebeldía y libertad, en su morosa parsimonia, en su economía de secuencias y acontecimientos, Gulliver recuerda que la lógica puede ser una prisión, que a veces evadirse de la realidad ayuda a soportar el aburrimiento y el desencanto; que tal vez la solución a los problemas o a la apatía esté en tantear ideas descabelladas que nos hagan vivir otras experiencias y cambiar nuestra limitada realidad. Que más allá de lo establecido y lo correcto, está la aventura.

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