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Hole

Martin Edralin | 2014 | Canadá

Por Jorge Rivero

Lo de Hole es una nueva demostración de que con una buena historia y un buen personaje el camino para realizar un buen cortometraje está ya bastante allanado. Por supuesto que Martin Edralin ha sabido aportar los ingredientes restantes al proyecto, entre ellos una mirada propia y bastantes dosis de oficio, y el resultado salta a la vista de todos: un corto desgarrador y tierno, pletórico en contundencia y despojado de elementos superfluos que probablemente no encandile a todo el mundo (ninguno lo hace), pero en todo caso no dejará a nadie indiferente.

El personaje lo es todo, o casi todo, aquí. Toda la idea parte de él y de enfrentar al espectador ante su realidad, buscando tanto la provocación como promover concienciación y la solidaridad del público. De hecho, el actor protagonista, muy cercano al personaje que interpreta, ha sido la motivación inicial de Edralin para poner en pie la historia. Nos enfrentamos por tanto a un retrato filmado, pero que a diferencia de muchos otros, logra trascender su intención de reflejar la parte biográfica y psicológica del protagonista para trasladar al espectador una preocupación más profunda y universal.

Los primeros compases de Hole nos hacen creer que estamos ante un cortometraje documental social común y corriente, en parte por esa correspondencia entre actor y personaje. Más aún, Edralin se permite jugar unos instantes con esta expectativa y muestra la rutina diaria de un hombre de mediana edad, aquejado de parálisis cerebral, que vive solo en un apartamento y cuenta con la ayuda de un asistente que le ayuda en algunas de sus tareas cotidianas, mientras que para otras se basta perfectamente por sí solo. Pero la preocupación social da un giro aún más profundo cuando Edralin comienza a centrarse no sólo en esas rutinas cotidianas, sino en las preocupaciones y conflictos psicológicos del protagonista, y pone en primer término un temas casi tabú, como el de la sexualidad de las personas con discapacidad.

Aquí el tono va escorándose más hacia la ficción, pero sin que nunca se pierda la sensación de realidad, avanzando hacia el conflicto central que expone la trama. Billy, nuestro protagonista es gay y le gusta acudir a peep-shows donde a través de un glory hole se la chupa a desconocidos de la sala contigua. Sin embargo, debido a que no puede levantarse de su silla de ruedas, le es imposible obtener el mismo favor para sí mismo, lo que le genera una tremenda frustración.

En este momento, la sorpresa ha cundido en el espectador, pues el retrato se ha oscurecido en cierta manera al incorporar aspectos no tan blancos en el retrato de un discapacitado. Pero lo que Edralin realmente ha hecho no ha sido oscurecer al personaje, al que en todo momento ha tratado con cariño, respeto y honestidad; sino que nos ha puesto frente a nuestros propios prejuicios. No ha desenmascarado al personaje, sino al espectador, al colocarlo frente a sus prejuicios y tabúes. Una provocación que no está en la actitud de Billy (nada reprochable, en ningún caso), sino en el acto de denuncia que lleva implícito, pues ataca a la hipocresía y a la doble moral reinante.

Por si no quedara bien claro el posicionamiento de Edralin frente a su personaje, encuentra una preciosa resolución final al conflicto, llena de solidaridad. Probablemente a algunos le resulte grosero el corto y su final, mientras que otros lo encuentren emotivo y generoso. Uno de los grandes aciertos de Edralin es captar el sentimiento de ambas sensibilidades, pues será insultante ante quienes Hole pretende ser crítico y humano para quienes lo vean sincero y reivindicativo. En todo caso, este corto tiene esa gran capacidad para generar debate y abrir conciencias.

No quisiera dejar pasar por alto otros dos aspectos que se encuentran entre lo más destacado de Hole, y que pueden a veces quedar relegados a causa de su discurso. De un lado la espectacular interpretación de Ken Harrower, que por mucho que pueda parecer que encarna a un alter-ego, en todo caso se lanza a un descarnado ejercicio de desnudez psicológica y física. Por el otro, la sencilla y hermosa manera con que Edralin traslada el discurso a imágenes mediante una realización escrupulosa y elegante, que desde el respeto consigue ser cruda pero sin perder el sentido de la belleza.

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