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Katsudo Shashin

Si hace poco hablábamos de La escena del Jardín de Roundhay como el primer enigma de la historia del cine, una vez más nos enfrentamos a una pieza pionera envuelta en misterio y preguntas por resolver. En esta ocasión nos trasladamos a Japón, a la tierra que vio nacer el anime y donde tal vez un corto de autor anónimo pueda tener el honor de haberse adelantado a los dibujos animados de Émile Cohl, dibujante francés al que muchos consideran el padre de dicho género.

Katsudō Shashin tan solo dura tres segundos y sin embargo puede ser entendida como toda una declaración de intenciones en su tiempo. Fue encontrada hace poco más de una década sin que nadie sospechara de su existencia anteriormente, llegando a replantear los orígenes del anime, o para ser más justos, del ‘preanime’. Y es que el estudio de los inicios del cine tiene una vertiente arqueológica que de hecho, al igual que ocurre en la arqueología, hace que cada cierto tiempo tenga lugar un descubrimiento, quizá de películas olvidadas, quizá de documentos esclarecedores, que consigue rediseñar la cronología e hitos conocidos del séptimo arte.

Después de que tantas cintas se perdieran por destrucción debido al material con el que estaban hechas entonces o a la desidia con la que tantas veces se trató la conservación de aquellas primeras películas, y aunque el cine es un arte joven con apenas 120 años de existencia, lo cierto es que son muchas las ocasiones en que desconocemos mucho de sus primeros años. Más aún cuando en sus inicios las ferias eran el ecosistema en el que tenían lugar la mayor parte de sus proyecciones.

Pero, ¿qué es Katsudō Shashin? Unos pocos segundos de animación donde un joven escribe en kanji ‘imágenes en movimiento’, algo que debía suponer realmente una presentación del nuevo invento, y que usa una técnica, de las muchas con las que se experimentaron en los inicios del séptimo arte, donde los fotogramas, cincuenta en total, se pintaron en el mismo celuloide.

Cuando a finales de 2004 apareció en Kioto este breve cortometraje, se confirmó inmediatamente como la película de animación japonesa más antigua conocida hasta la fecha. Y así continúa. Sin embargo Katsudō Shashin se presenta como una isla desierta en el contexto que conocemos del Japón cinematográfico de entonces, ya que las siguientes animaciones que se conservan fueron realizadas alrededor de una década más tarde.

Fantasmagorie

Fantasmagorie (1908), de Emile Cohl

Entonces, ¿de dónde surge Katsudō Shashin? Este artículo no lo desvelará. Hasta la fecha es un enigma. No se conoce ni siquiera al autor. Sin embargo su aparición hace doce años ha introducido un nuevo dato un tanto curioso y, por qué no, ciertamente importante si, como hemos dicho, de cronología hablamos.

La fecha con la que muchos especialistas han datado este corto se sitúa en un rango que va de 1907 a 1911. Obviamente la historiografía japonesa suele inclinarse por la fecha más temprana. Ello implicaría que Katsudō Shashin habría sido realizada antes que los dibujos animados de Émile Cohl a quien, con algunos matices, se le sitúa con su Fantasmagorie en el inicio de esta forma de hacer cine. Arrebatar este título al dibujante francés puede parecer una simpleza pero en sí mismo lleva a establecer algunas reflexiones sobre cómo a veces se entiende la génesis y el desarrollo del cine. Aunque nadie duda de que las imágenes en movimiento, independientemente de los nombres que acompañan a los oficialmente reconocidos como padres de la cinematografía, Edison y los hermanos Lumière, nacieron en Europa y Estados Unidos, lo cierto es que otras latitudes quedan en demasiadas ocasiones apartadas del relato global del desarrollo de este arte. Y que un pequeño corto japonés anónimo ponga en cuestión la cronología eurocentrista de los grandes y pequeños avances cinematográficos no deja de tener su gracia. Y su importancia.

De cualquier forma, olvidándonos de cuestiones nacionalistas, más o menos reseñables, y volviendo a un caudal más cinematográfico, Katsudō Shashin, como tantas piezas cortas de los primeros años del celuloide, debe ser contemplado como una pequeña ventana al pasado remoto del cine que, en realidad, no es tan remoto. Como un documento que nos dice de dónde venimos. Por eso que, aunque breve, muy breve, se hace grande al visionar repetidas veces esta historia sin trama, esta historia con enigma, esta pequeña pequeña joya que nos habla desde una esquina del principio cinematográfico saludándonos con la magia con la que solo el cine sabe hacerlo: ‘Katsudō Shashin’.

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  1. Pingback: Animación Tradicional – Curso Introducción al Diseño

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