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La inútil

Belén Funes | 2017 | España

Por Óscar de Julián

¿Qué tiene La inútil para que todos los festivales españoles de próxima celebración quieran incluirlo entre sus filas? Esta semana se estrena en la Sección Oficial de SEMINCI, y en los próximos meses podremos verlo en Alcine, Zinebi y Aguilar de Campoo. De entrada, el cortometraje venía avalado por los excelentes resultados del primer corto en solitario de Funes, Sara a la fuga, Biznaga de Plata al Mejor Director en Málaga 2015, pero el caso es que lo logrado por la realizadora catalana en La inútil supera las previsiones más optimistas.

Sara a la fuga ya daba cuenta de la capacidad de Funes para sacarle todo el jugo a una situación única: en ese caso la tensa espera de una rebelde adolescente, recluida en un centro de acogida, mientras aguarda la visita de un padre poco menos que desaparecido. En Sara se daban cita una serie de características que se repiten en La inútil: el trasfondo de denuncia social; el enfoque naturalista; la excelente dirección de actrices (la no profesional Dunia Mourad y la espléndida Ángela Boix); la descripción de un personaje femenino que atraviesa un momento crítico (Sara), contrapuesto a otro que le brinda su ayuda, pero que se muestra incapaz de aliviar su dolor (la asistente social que incorpora Boix).

La inútil no es, por tanto, ninguna novedad en la trayectoria de Funes, pero sí la confirmación de una directora con todas las letras, que sabe otorgar carácter a una historia y unos elementos que en otras manos podrían haber resultado planos y convencionales. Porque todos conocemos a personas como la protagonista de La inútil: Merche, una mujer de 33 años que ha quedado atrapada en un callejón sin salida, incapaz de sobreponerse al tiempo, convencida de que la estabilidad, o siquiera la vida mediana, tolerable, se le escapa entre los dedos. Y todos hemos visto relatos sobre personajes así: algunos son poderosos, otros insatisfactorios. La inútil es de los mejores. Todo en sus escenas duele: el derrumbamiento de Merche, su humillación, su autocompasión, su desorientación. Incluso su, de algún modo, victoria moral.

La inútil cuenta la estancia de Merche en la fiesta de unas amigas, y cómo la alegría y placidez que la rodean deja aún más manifiesto su fracaso vivencial (que no vital, no es lo mismo). Aquí el sentido de la observación de Funes resulta soberbio. Solo dos botones de muestra: cuando Irene, la mejor amiga de Merche, abre el portal a esta, vemos esperar a Irene junto a la puerta abierta mientras Merche sube (excelente manera de presentar al personaje, preocupado por el estado de Merche desde el primer momento); cuando las amigas están preparando las viandas, la manera que tiene Merche de agarrar una loncha de jamón sugiere que la mujer no ha comido hoy, y que probablemente come lo mínimo a diario. La inútil está repleta de momentos fugaces como estos, que en sí mismos no parecen gran cosa, pero que poco a poco van creando una atmósfera irrespirable.

 

Sería fácil afirmar que la gran baza de Funes es, una vez más, la dirección de actrices: comenzando por una Nausicaa Bonnin que con su Merche aspira a llevarse todos los premios de interpretación de cortometraje del año (sorteando el peligro de la sobreactuación, gracias a una Funes capaz de extraer lo mejor de ella, que es mucho); y continuando por unas afinadas María Rodríguez y Greta Fernández. Pero Funes posee otros poderes de envergadura: un guion (Funes y Marçal Cebrian) con unos diálogos certeros, esenciales y afilados; una cruda fotografía de Neus Ollé (la misma de Sara a la fuga); un empleo exquisito del vestuario, la peluquería, el maquillaje o la ausencia de este último (la manera de llevar el pelo, de cambiarse de vestido, el rostro expresivamente demacrado de Merche); o una producción de primer orden a cargo de Carla Sospedra y Miss Wasabi. En La inútil, la espléndida labor de un equipo consigue el milagro de que brille una historia caracterizada por la ausencia de brillo.

Si tuviera que decantarme por lo mejor de La inútil, apostaría por sus personajes, y más concretamente por las relaciones entre ellos, que aportan matices insospechados a un relato que escapa a cualquier juicio apresurado. Por ejemplo: en apariencia, Merche es una perdedora e Irene una ganadora de buen corazón que no pretende sino ayudar a su amiga. Y así es en líneas generales, pero la abierta generosidad de Irene acaba revelando, a su vez, un marcaje excesivo por su parte: a veces casi parece una madre castradora de buenas pero implacables maneras, que deja constancia de su superioridad social en cada acción, en cada gesto, debajo de su máscara de hada protectora.

Y al fin, Funes apuesta por Merche. Con la autoestima por los suelos, sin dinero, sin trabajo, sin ninguna gana de conseguirlo, y con cero apoyo real por parte de un entorno que se niega a ver más allá de lo que la sociedad y los roles reclaman, Merche es un personaje totalmente perdido, revolcado en la autocompasión. Pero su autocompasión es digna y consecuente. Digna, porque no permite que nadie más que ella se vea arrastrado por ese sentimiento autodestructivo. Y consecuente, porque es su elección, y seguro que tendrá sus buenas razones para haber elegido este camino.

 

 

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