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Les mistons

François Truffaut hizo una especie de autobiografía fílmica a través de la serie dedicada al personaje de Antoine Doinel (Jean-Pierre Lèaud), aunque su visión de sí mismo fuese tan naturalista como imaginativa, provocando a menudo un cóctel un poco desconcertante, sobre todo a medida que su prestigio aumentaba y eso le permitía ampliar su discurso con elementos que le eran ajenos. Basta con tener esto último en cuenta para entender que sus historias de amour fou acaben resultando cómicas, que presente a veces a asesinas simpáticas y muy atractivas, o que su visión de los seductores sea la de héroes a quienes convierten en tales las propias mujeres que van conquistando.

Les mistons

François Truffaut fue abandonado por sus progenitores cuando era joven. André y Janine Bazin le abrieron la puerta de su casa, para que se sintiese allí como en su propio hogar, con unos padres adoptivos. En adelante, heredó de André Bazin su interés por los libros y por el cine, además de librarse de ir a combatir a Indochina en 1953 gracias a él, que le sacó de una prisión militar donde pasó seis meses por culpa de la inestabilidad emocional que sufrió a causa de sus traumas personales. La sombra de André Bazin se proyecta en los escritos críticos del joven François Truffaut, pero también en sus films. Gracias a él descubrió el cine de Jean Renoir y en él encontró Toni (1934), que siempre le maravilló por el uso del sonido directo, de actores no profesionales, de expresiones dialectales… El naturalismo de ese film contribuyó a forjar el estilo que después haría célebre a François Truffaut, produciendo a veces cócteles que no integraban por completo la inmediatez escénica con cierto amaneramiento narrativo (movimientos de cámara propios del cine de género, bandas sonoras grandilocuentes, directores de fotografía prestigiosos y hasta cierto punto relamidos, iluministas con ganas de experimentar, o actores/estrellas). Nunca dejó de ser el cineasta más admirado y querido de la Nouvelle Vague, pese a dirigir films más convencionales que los de Jean-Luc Godard y en general que los de casi todos los integrantes del movimiento. Su obra tiene una espontaneidad que todavía hoy resulta en muchos casos contemporánea, como si los sentimientos más inmediatos y sinceros no dejasen de repetirse jamás o como si jamás prescribiesen por completo. Ahora mismo siguen haciéndose films en los que uno adivina el rastro del cineasta francés. Y la película que hoy propongo me parece la primera obra maestra de un cineasta frágil pero grande.

El corto se ofrece en versión original francesa

 

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