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Los invitados siempre vuelven

Diego Sabanés | 2017 | España

Por Diana Callejas

El último trabajo de Diego Sabanés, Los invitados siempre vuelven, consiguió en la pasada Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid 2017 varios galardones, como el premio al mejor actor que recayó en Nicolás Gaude, el Premio Telemadrid / La otra, y uno de los más preciados reconocimientos del mismo, el premio Madrid en Corto. Aunque ya en su día dimos unas pinceladas sobre él, merece que volvamos a situar nuestra lupa audiovisual.

Comencemos por contextualizar a su director, Diego Sabanés, guionista y productor argentino que trabaja a caballo entre su tierra natal y nuestro país. Con una larga trayectoria: Ser feliz (1993), Tres tristes tigres (1995), Ratas (1997, con el que consiguió diversos galardones), y Laura despierta (2005) serían algunos de sus más destacados trabajos. A su vez compagina colaboraciones en films con directores tan prestigiosos como Agustín Díaz Yanes o Fernando Trueba; o en series de televisión como Cuéntame cómo pasó y Gran Reserva. Además en 2008 realizó su propio largometraje, Mentiras piadosas, particular adaptación de un relato de Julio Cortázar, La salud de los enfermos (1966), con la que logró una serie de nominaciones, nada desdeñables, en los Premios Sur de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina.

Toda esa experiencia se ve reflejada, sin duda, en Los invitados siempre vuelven. Una cena aparentemente inocente entre una pareja y un invitado se convierte en una catarsis emocional. El creador argentino utiliza una lúcida particularidad a la hora de contar su historia, con un montaje basado en un orden anticronológico – cada secuencia transcurre un poco antes que la anterior  – , de modo que el cortometraje comienza en el clímax de la acción, origen y fin a la vez del mismo.

Jugar con la forma de montaje no es nada nuevo en el mundo audiovisual, todos tenemos en la memoria un imaginario más o menos recurrente: Memento (2000, Christopher Nolan), Irreversible (2002, Gaspar Noé), Eternal sunshine of a spotless mind (Olvídate de mí, 2004, Michel Gondry) en el cine, o Betrayal (Traición, 1978, Harold Pinter) en literatura…

Pero lo que aquí encontramos no es más de lo mismo. Su precisión marca la diferencia. Esa diferencia basada en un complejo equilibrio de talento y experiencia. En los primeros minutos tanto el público inocente, como la pareja protagonista, se dejan engañar por la aparente inocuidad de la situación que se le plantea delante de sus narices. Una rueda de bicicleta apoyada en un tronco de un árbol… 17 minutos después, esa misma rueda aparece en pantalla, pero ya nada será lo mismo, ni para nosotros ni para ellos. En la perfecta pareja protagonista de la acción, el mal ha sido inoculado como si de un virus infeccioso se tratara, la invitación desvela la desconfianza y traición que reina en su acogedora casa, manejando una idea que nos trae a la memoria la idea sobre Alex van Warmerdam fundamenta su Borgman (2013). El director argentino mira de tú a tú al espectador, que acomodado en su butaca se encuentra con todas las claves para unir el rompecabezas allí planteado, sintiéndose agradablemente manipulado, ya que en ningún momento se le trata con condescendencia o con explicaciones superfluas, sino que se le deja a solas para que reflexione sobre lo que acaba de visionar.

Con un elenco actoral a la altura de las circunstancias y rodeado de su equipo técnico habitual, Diego Sabanés, una vez más, da cuenta de su valía, a pesar de que en la época en la que nos tocó vivir sea difícil levantar grandes proyectos. Con pequeñas historias como la contada en Los invitados siempre vuelven se puede hacer pensar, entretener y satisfacer al espectador más exigente, y conseguir también llegar al gran público.

 

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