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Malj

Director: Aleksandar Ilić | Año: 1977 | Nacionalidad: Yugoslavia (Serbia)

Ver Malj supone un viaje al fondo del tiempo vivido, a conceptos que llegaron a tener una extraordinaria vigencia, pero que ya prácticamente se han desvanecido. Y ahora que todo el celuloide del siglo XX ha adquirido un aura fantasmagórica que al principio no poseía, una pieza tan lejana como Malj casi parece el fantasma de un fantasma. Si, además, el archivo disponible en internet es de calidad dudosa, Malj más que verse se intuye. Pero esa intuición se revela como una experiencia enriquecedora.

Malj

Aunque al espectador de hoy le parezca sorprendente, el cine yugoslavo (entonces había una cosa llamada Yugoslavia) disfrutaba en los años 60 de una producción boyante que, por supuesto, sólo llegó a Europa Occidental en contadas ocasiones. Una de esas productoras fue Dunav Film, empresa serbia sita en Belgrado, por la que pasaron los principales representantes de un nuevo cine bastante crítico con Occidente, pero mira por dónde, también con los excesos del régimen comunista. Cineastas como Dušan Makavejev o Aleksandar «Saša» Petrović (por favor, no confundir con el baloncestista croata) tuvieron serios problemas para estrenar sus provocadoras películas, y fueron bautizados como la ‘Ola Negra’.

Los chicos terribles de Dunav Film se dedicaban principalmente a la animación y, sobre todo, al documental. La trayectoria de uno de sus montadores habituales, Aleksandar Ilić, permite hacerse una idea de la mayestática producción de la empresa: según el imprescindible pero nunca totalmente fiable imdb, editó nada menos que 374 títulos, y dirigió 55, la mayoría documentales. Su mayor éxito internacional fue este Malj (‘El mazo’) que no procede de ninguna idea previa, ya que Ilic lo rodó por casualidad.

El serbio estaba rodando un documental sobre agricultura en un complejo avícola, y allí se encontró con la imagen de una cinta transportadora de pollitos y pollitos. Miles de pollitos amarillos que habían sido transportados desde cajas metálicas y volcados malamente sobre la cinta, para que un grupo de operarios manoseara sus cuerpecillos con objeto de comprobar que estaban sanos, mientras que los imperfectos caían en un gran contenedor de basura al final de la cinta, cuyo destino era ser triturados por un enorme mazo (‘malj’).

Malj

A Ilić la visión no sólo le pareció absolutamente dantesca, sino que inmediatamente reconoció su poder metafórico. Los 60, 70 y un poco los 80 eran un tiempo propicio para estas alegorías de carga profundamente humanista: desde La cabina (1972) de Antonio Mercero hasta el inolvidable Szczurolap (El cazador de ratas, 1986) de Andrzej Czarnecki, pasando por las animaciones maestras de Raoul Servais o de toda la Europa del Este después de la posguerra.

Alegorías humanistas sigue habiendo, es cierto, pero pocas veces con la magia con la que se hacían entonces. La metáfora que propone Ilić sobre el aplastamiento de la diferencia en un régimen autoritario resulta, hoy por hoy, bastante obvia, pero no lo es la forma de llevarla a cabo: las oníricas imágenes de Malj poseen una expresividad, una carga pesadillesca que parece perdida en la era digital. Esa manera de aunar frialdad y emoción, esa música que recuerda a un Penderecki retorcido, esas manazas de operarios que examinan a los pollitos como si fueran tuercas, o ese espíritu ferozmente contestatario que contribuyó no poco a despertar la conciencia social y política de varias generaciones. No era mejor ni peor que el cine metafórico de hoy. Era, créannos, distinto.

Pero, definitivamente, y sin restarle el más mínimo mérito a Ilić, la rotundidad de Malj procede de la casualidad. Porque, mientras rodaba, el cineasta serbio se encontró con que un pollito negro se había colado entre cientos de pollitos amarillos. Y, así, el azar le brindó el más brillante colofón para su alegoría, no sólo por la súbita aparición del pollito negro, sino por una acción inesperada de este que le transformó no ya en una metáfora, sino en todo un personaje sometido a un destino espeluznante.

Fue tal el poder de convicción del documental que la prensa se aprestó a localizar al pollito negro, y este, felizmente, se salvó del exterminio avícola. Mientras, Malj se convirtió en un clásico casi olvidado del cine de Europa del Este, pero pervive su extraño atractivo, su hermoso humanismo y su apuesta por el documental como un universo sometido al extraño orden del azar.

 

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