Cargando contenidos…
{"ads":[],"mobile_ads":"Y"}

Simón del desierto

Director: Luis Buñuel | Año: 1965 | Nacionalidad: México

Luis Buñuel era un ateo convencido desde su adolescencia, pero no se privó de abordar en numerosas ocasiones la religión o los personajes profundamente religiosos. Así lo hizo, con mayor o menor importancia, en Él (1953), Nazarín (1958), Viridiana (1961), La vía láctea (1969) o Tristana (1970). A veces, desde un supuesto respeto, otras desde el cinismo y otras desde la mofa total… el tono seguramente se hallaría en un punto medio, pues con Buñuel casi nunca funciona una sola y evidente interpretación. Y es que él mismo confesaba que, a pesar de su ateísmo, “una ceremonia en honor de la Virgen, con las novicias con sus hábitos blancos y su aspecto de pureza, puede conmoverme profundamente”. De todas las ocasiones en las que Buñuel se metió de lleno en un tema religioso, Simón del desierto (1965) es posiblemente la más compleja y dimensional: por breve, arriesgada, divertida, respetuosa, hereje, rompedora, asceta, surrealista, irreverente… todo bien mezclado y servido en copa de lujo. Sí, estos 43 minutos son un arma de destrucción masiva para todo el cine que vino y vendrá después, hace 50 años y también dentro de muchos más.

Simón del desierto

Inspirándose en la vida de Simeón el Estilita, Buñuel y el guionista Julio Alejandro se amoldan a un presupuesto recortado y se sacan de la chistera la historia de Simón, quien dedica sus días a la oración subido a una columna, ocasionalmente obrando milagros ante beneficiarios miserables y desagradecidos, y recibiendo diversas y variopintas visitas: una orden de monjes que se suma a sus oraciones, un joven novicio amanerado y presumido que le lleva comida y bebida, un enano con una cabra maltratada que no da ni leche, o el mismísimo diablo que trata de tentarle encarnándose, con distintas apariencias, en una voluptuosa Silvia Pinal (esposa del productor de la cinta Gustavo Alatriste).

Para cerrar su “etapa mexicana”, posiblemente la más estimulante de su larga carrera, la que más aporta a su bestiario y la más honesta a sus principios, Buñuel demuestra tal libertad narrativa y de forma que cada plano y escena de Simón del desierto resultan tan sanos como envidiables para cualquier aspirante a cineasta. Su estilo ya está tan definido, en esa mezcla única de exceso y depuración, que ahora se enriquece infinitamente con los múltiples golpes y detalles de humor que salpican la narración. Es más, su visionado debería seguir arrancando carcajadas por los siglos de los siglos. Así de vigente es el trabajo de Buñuel. Una escena como la del monje poseído que intenta desacreditar a Simón y se enfrenta al resto de la orden con frases como “Abajo la Sagrada Hipóstasis” o “Viva la Apocatástasis” dejaría en pañales al tan cacareado post-humor de nuestros días. Buñuel hacía post-humor y era ya un verdadero punk antes de la existencia de tales conceptos.

Simón del desierto

Y para reafirmarnos en la grandeza de Buñuel, en su desprejuicio total y en lo poquísimo que le importaban las convenciones y academicismos, solo hay que ver los últimos minutos de esta cinta: un puñetazo sobre la mesa que rompe totalmente con toda la narración anterior, y que al mismo tiempo no podría ser más acertado y justificado. Un ataúd surca la tierra hasta llegar a la columna de Simón, una poderosísima imagen que da pie a la última visita del diablo, que casi impone al santo su rendición. Un anacrónico avión surge del cielo para llevárselos y un brusco corte da paso a un collage de imágenes de Nueva York como una jungla de asfalto y eje de todos los males a los que se ve abocada la humanidad: torres y cemento, encuadres agobiantes y perspectivas torcidas… Si de algo huyó Buñuel toda su vida fue de la sutileza. Y después, un club lleno de humo, una banda rock tocando y una juventud poseída, absolutamente entregada a un baile frenético y descoyuntado. Sentados entre el público, un Simón de aspecto casi mod, con flequillo y barba recortada, junto a su inseparable diablo/compañera fiestera, que avisa de que todo está a punto de terminar porque la humanidad no tiene salvación. La escena es hilarante y grotesca, pero de una energía contagiosa: el baile de la “carne radioactiva”, el grito primigenio del diablo, el fin de todo. Buñuel odiaba el rock y las guitarras eléctricas, pero parece absolutamente feliz, desatado y más liberado si cabe en esta celebración de los placeres mundanos.

 

All comments (0)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Theme developed by TouchSize - Premium WordPress Themes and Websites
X