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Suiker

Cuando el espectador vea Suiker a continuación, seguro que disfrutará. Pero menos, mucho menos que si lo viera ante un gran auditorio. Fue una de las sensaciones del año anterior en todo festival en que se programaba, y ahora, por fin, puede verse por la red.

Es un corto de lo más sencillito, o al menos eso es lo que aparenta. Se suele catalogar como una comedia negra, y sin embargo es difícil imaginarse algo tan blanco y tan alegre. Y aunque su aspecto rebosa corrección y pulcritud centroeuropeas, acaba emergiendo un espíritu de lo más gamberro. Véase esta imagen de un forense, que descubre un extraño elemento en la boca de un cadáver, y que desencadena toda la historia.

Suiker

El lector no puede ni imaginarse la cantidad de cortometrajes que pretenden llamarse comedias y que se hacen al cabo del año, y los poquísimos, pero poquísimos, que finalmente logran hacer gracia. Si en los festivales de cine suele haber pocas comedias no es porque los seleccionadores sean unos aburridos (bueno, a veces sí), sino porque, simplemente, no hay. Cuando aparece una buena comedia es como un soplo de aire fresco. Y eso es lo que ocurre con Suiker.

El planteamiento es ingenioso, pero terriblemente arriesgado. Podía haber dado pie a una colección de bromas chabacanas sin puñetera gracia. Una vez más, no hay historias vulgares, hay tratamientos vulgares. Y en ese sentido, el corto sortea esos peligros cuarteleros gracias a una serie de opciones estéticas que le dan carta de nobleza. Hablamos de:

Una perfecta coreografía del gag visual. Con toda probabilidad, el equipo del corto llevó a cabo innumerables ensayos para que todos los movimientos de los personajes funcionasen a las mil maravillas: la mejor manera de que la chica se cayese, la posición más adecuada cuando ya está muerta, la manera de subir y bajar el camisón…

Llegados a este punto, permítannos una pequeña digresión: Buster Keaton decía que, en un gag, debe verse al cómico de cuerpo entero, pues de lo contrario el espectador pensará que hay truco. Hoy en día, el gag ya no se hace así, pero siempre es de agradecer que tenga el menor montaje posible.

Y aunque aquí hay situaciones apoyadas en los cambios de plano (sobre todo la del camisón), en todo momento da la sensación de que el número de planos es el preciso, ni uno más ni uno menos, e incluso hay gags que suceden casi en un solo plano, como ese, soberbio, en el que el chico le cubre el pezón a la chica (aunque más bien parece que busca una excusa inconsciente para tocárselo), se apaga bruscamente la luz y el chico se asusta y, al encenderse la luz, la marca de su mano ensangrentada ha quedado estampada en el camisón de manera ciertamente comprometedora.

Suiker  

Otro logro es la estupenda actuación del protagonista, ya que este encuentra el tono más adecuado para que su interpretación potencie el tipo de comicidad que busca el director. Veamos.

Un cómico puede enfrentarse de muchas maneras a una situación como esta. Podía haber sido el despliegue histriónico de un Jerry Lewis, aunque Lewis es mucho más consciente de su torpeza, y hubiera provocado la absoluta destrucción del mobiliario. También podía haber sido el esplendor cool de Walter Matthau, que en ningún caso hubiera perdido su calma habitual, es más, hubiera mirado a la víctima con expresión de que, como siempre, le importa todo una mierda.

Si acaso, la reacción de nuestro protagonista es más parecida a la de un Woody Allen, torpe pero reconocible. Pero Allen no pararía de hablar y de gesticular, mientras que nuestro chico habla más bien poco y se asusta lo preciso, por no decir lo mínimo.

En fin, la interpretación del actor de Suiker es lo que suele llamar una underplaying, es decir, una infra-actuación. Y esa infra-actuación posee una gran eficacia cómica. Porque al espectador le da la sensación de que el chico no acaba de ser consciente de las consecuencias de sus actos, de que es un poco tontolbolo y de que, al fin y al cabo, casi se lo merece.

En fin, nadie que no podamos ser nosotros mismos en un momento dado.

Por último, el espectador es consciente de que un suceso como este podrá ser altamente improbable, pero en ningún caso inverosímil. A todo el mundo le ha pasado: una situación muy, muy delicada que se le ha ido de las manos cuando intentaba arreglarla.

Por eso, Suiker se contempla con una risa llena de complicidad, pero, al mismo tiempo, con miedo. Miedo de que pueda ocurrirnos algo similar, y que nos atrape esa inercia destructora e imparable.

Y un miedo aún más profundo, que sólo puede neutralizarse con la risa floja: el miedo a ser idiota.

Nota: el corto se ofrece con subtítulos en inglés, aunque la verdad, no hay que saber muchos idiomas para entenderlo.

 

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