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Un cuento de amor, locura y muerte

Director: Mijael Bustos (2015) Chile |

Desde su estreno en Abril del 2015, Un cuento de amor, locura y muerte del director chileno Mijael Bustos ha atraído el foco de atención en diversos certámenes internacionales. Ha sido premiada como mejor cortometraje documental en los prestigiosos Festivales Latino de Berlín o en el Krakow Film Festival, ha ganado el Premio del Público en el Festival de Hamburgo y ha participado en los Festivales Internacionales de Toronto, Chicago, Río de Janeiro, Zinebi o el de Moscú. Por todo ello podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el segundo film de Mijael Bustos ha dejado huella, con la particular visión de la familia del director.

¿A qué se debe la fórmula de su éxito? Apenas comenzamos a sumergirnos en el universo particular de Mijael, una sombra de duda nos acecha desde lo más profundo de nuestro interior, preguntándonos, ¿otra vez estamos ante el típico cortometraje de formato marginal, en donde los silencios son los protagonistas y los personajes son sólo peones al servicio de la ‘Idea’ de su brillante director? Pero en el momento en que te dejas llevar por la historia del film, toda sombra de duda desaparece delante de nuestras narices. Estamos frente a un cortometraje hecho con los ojos del alma y eso se nota.

Un cuento de amor, locura y muerte

Un cuento de amor, locura y muerte narra la historia de la propia familia del director chileno. Su tío Carlos, esquizofrénico y fumador compulsivo, es cuidado por su abuelo. Pronto descubrimos que su abuela, al sufrir una enfermedad en los pulmones, no puede convivir en ese ambiente hogareño, tan contaminado del humo de los cigarrillos de Carlos, por lo que se ha tenido que ir a vivir con sus otras hijas.

Evidentemente estamos ante un drama familiar, el cuál va creciendo de una manera sosegada pero inquietante, devolviéndonos un final amargo pero muy realista, difícil de metabolizar emocionalmente hablando. Como es lógico, acercarse a esa realidad tiene muchas formas posibles. Parafraseando las palabras del director, él lo hace desde el Amor, desde la empatía a esos seres familiares queridos, complejos y excluidos de la sociedad contemporánea, que intentan buscar su sitio dentro de la vida que les ha tocado.

No es un tema extraño para Mijael Bustos. Su primer cortometraje y anterior al que aquí tratamos, La última escena (2013) nos acerca al personaje de Heine Mix Toro, un distinguido dramaturgo, connotado director de teatro que vuelve de su exilio tras la dictadura de Pinochet, y se encuentra con una comunidad que no se acuerda de él, hasta tal extremo que termina habitando una humilde mediagua junto a sus perros.

Un cuento de amor, locura y muerte

En esta historia el director chileno ya da testimonio de su forma narrativa, que extrapola también a este segundo cortometraje. Estamos ante un cine contemplativo en el que no hay actos o acontecimientos que sean los motores dinamizadores de la acción, como ocurre en el tradicional cine clásico. Por eso, tal vez, el espectador más convencional se pueda encontrar un tanto perdido en estos nuevos códigos de representación, pero a su vez se dará cuenta de la riqueza y la potencia visual que contienen todos ellos. Nos estamos refiriendo a, por ejemplo, contar con la mirada, describir con una música, o las referencias constantes al fuera de campo, métodos manoseados en la tradición clásica narrativa, pero reconvertidos por Mijael Bustos, que se convierten en trasmisores de impresiones realmente sugestivas. A través de actores no tradicionales, y unos primeros planos demoledores, se logra una transparencia emocional digna de mención. Comunicar a propios y a extraños sensaciones tan abstractas y contradictorias como la soledad acompañada, la desesperación asistida o la demencia consecuente, son paradigmas que cualquier director quiere comunicar pero que muy pocos consiguen.

Seguramente el acercamiento desde la sencillez que utiliza el joven director sea uno de sus mayores aliados a la hora de contar historias, Sus filmes, como dice él, tienen alma, porque están hechos con el corazón y con una sinceridad y crudeza que sin duda traspasan la pantalla. Con un aliciente que debemos subrayar por encima de todo: en ninguno de los casos se cae en la falsa sensiblería de compadecer al distinto. Todo lo contrario, se le mira de tú a tú, intentando entenderle, o mejor dicho, es mostrado con todas sus aristas para que el espectador haga el sano ejercicio de pensar y tener una opinión propia al respecto, huyendo de la típica historia en la que todo está claro y definido.

De ahí lo gratificante de su visionado. En Un cuento de amor, locura y muerte se alumbra una nueva reflexión sobre el ‘otro’, invitándonos a abrir algunos cajones del alma, ocultos en la trastienda de nuestro inconsciente.

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