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World of tomorrow Episode two

Don Hertzfeldt | 2017 | EEUU

Por Martín Cuesta

Resulta del todo imposible entender la animación independiente del nuevo siglo en los Estados Unidos sin acercarse a la figura de Don Hertzfeldt. El autor de la Trilogía de Bill ha sido, desde sus primeros trabajos académicos como estudiante de la Universidad de California en Santa Bárbara, un renovador de formas y contenidos, un cineasta en el que, bajo la presunta simplicidad formal de sus obras, subyace todo un universo de sentimientos y de riqueza conceptual, una narrativa que se ha ido intrincando y ganando en complejidad con el transcurrir del tiempo y de su propio desarrollo personal.

No es objeto de este análisis desencriptar las claves profundas que significan el cine de Don Hertzfeldt, para ello recomendamos al espectador novel acercarse a su obra de forma cronológica, desde las ingenuas Ah, l’amour (1995) o Genre (1996) a la riquísima primera parte de World of Tomorrow (2015). Este acercamiento temporal permitirá hacerse una idea, no sólo de la evolución artística de Hertzfeldt, sino también conocer de primera mano la personalidad del autor, una personalidad capaz de pasar del cinismo a la melancolía, de la hipersensibilidad a la ironía, y que termina volcando en mayor o menor medida en cada uno de sus trabajos. Resulta así imposible no identificar la paranoia del Bill de It’s Such a Beautiful Day (2011) con la convivencia con la depresión que Hertzfeldt se ha visto obligado a afrontar, y que podría sintetizarse en una frase extraída de una entrevista en ‘The Dissolve’ realizada en 2015: “Having gone through any great sadness in a life seems to make people more interesting in general” (“Haber sufrido alguna experiencia realmente triste en la vida parece convertir a las personas en seres más interesantes”).

En esa misma entrevista, Hertzfeldt utiliza una cita del libro del poeta libanés Kahlil Gibran, El profeta: “The more sadness is carved into your soul, the more joy you can contain.” (“Cuanta más tristeza se ha tallado en tu alma, más alegría puede ésta contener”). Esta oposición de conceptos que se acaban imbricando grácilmente es, a nuestro juicio, clave para entender al animador californiano en general y a World of Tomorrow Episode Two: The Burden of Other People’s Thoughts en particular. No es sólo la dualidad alegría-tristeza la que funciona aquí como elemento dual integrado, también lo hace el resultado de confrontar la juventud ingenua de la Emily niña con el cínico oportunismo “de vuelta de todo” de sus copias posteriores, el uso arbitrario del lenguaje y las metáforas (algunas absolutamente hilarantes) de la primera y el tono robótico, apenas humano, de las segundas, la sinceridad infantil de una y la confusión sentimental de las otras, etc.

Formalmente, la mayor novedad que se aprecia en ambas partes de World of Tomorrow es el paso de su director de la animación tradicional a la digital. Este cambio está sobre todo presente en los fondos de los bocetos, antes meros lienzos en blanco y ahora explosiones animadas que empastan, en cierto sentido, con el tono futurista de ambos cortometrajes. Una panoplia de formas y colores que recuerdan en ocasiones a lámparas de lava, en otras a cielos de tormenta, en otras a rosas del desierto, hermosas imágenes con las que se intenta representar el mundo interior, la cambiante psique, de sus protagonistas.

World of Tomorrow Episode Two: The Burden of Other People’s Thoughts se inicia con el viaje en el tiempo de una copia de un futuro clon de la niña protagonista, Emily (a la que pone voz la propia sobrina de Hertzfeldt, Winona Mae), para asumir la personalidad de esa niña a través de una copia de sus procesos mentales y recuerdos. De nuevo, al igual que sucedía en las anteriores obras del autor, la pérdida de la memoria es un elemento vital de la narración. Ese desarraigo de uno mismo, originado por la degeneración mental consecuencia de la entropía de los diferentes procesos de clonación, lleva a la búsqueda de la fuente original. Un viaje existencial que, pese al tono de humor presente en el relato, deja ver hasta que punto esa inestabilidad del “Yo” (entendido en términos freudianos), es la clave de bóveda que sostiene la construcción teórica de la obra de Hertzfeldt. Un pesimismo vital en el que, pese a que la muerte y el desvanecimiento de la identidad propia siempre está presente, brilla una pequeña e improbable luz de esperanza.

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