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Ancora lucciole

Maria Elorza | 2018 | España

Por Alexander Zárate

¿Qué fue de las luciérnagas? Entre el Cretácico y el Jurásico, los escarabajos se dotaron de luz. ¿Qué somos nosotros con respecto a nuestro entorno? La luz de las luciérnagas se proyecta en la noche cuando las hembras procuran atraer la atención de los machos. Proyectan destellos de luz, con diferentes intervalos, a los que responden con sus destellos los machos en su conversación de cortejo. Durante el siglo veinte decreció de modo alarmante el número de luciérnagas. O fueron reemplazadas. En la oscuridad de la sala del cine se pueden detectar, cada vez con más frecuencia, persistentes destellos de luz. Aunque no corresponden a cortejo alguno, sino a nuestro creciente ensimismamiento y nuestra falta de consideración a los otros. Son las pantallas luminosas de los móviles. Misiles de luz que se proyectan como puñetazos a los que comparten esa sala de luz. No se corteja, ni se empatiza, sino que se repele. Somos más cucarachas que luciérnagas. Nuestra luz no ilumina sino que agrede.

 

En cierto momento de Ancora lucciole, de la gazteitarra Maria Elorza, su abuela evoca que una de sus profesoras, Doña Joaquina, afirmaba que la especie humana desaparecerá por su insensatez. Y apostilla que ella piensa lo mismo. La luz de las luciérnagas es como la luz del proyector de cine, o las luminosidades en la película, las rayas que asemejan a la luz de las estrellas en el firmamento oscuro (o la de criaturas microscópicas: lo inmenso equiparado a lo minúsculo): los textos iniciales y la voz de la abuela se conjugan con esas imágenes diferentes y a la vez similares. Nuestra imaginación exuberante explorando la materia oscura de la realidad, dotando de luz con nuestro asombro, como el de la niña con la luciérnaga dentro del tarro. Contrastes con esa insensatez de negación de la luz que representan los ensimismamientos con la pantalla luminosa de los móviles, focos de luz que son cámaras aislantes, reflejo de nuestra condición de agujeros negros ambulantes que desprecian su entorno o alrededor (y que engloba a los que llamamos los otros). Absortos, cada vez más, con la mirada encorvada. No tiene nada que ver con ese ‘Todavía luciérnagas’ (o ‘todavía la luz’) al que alude el título original en italiano. Poco ha cambiado el ser humano, afirma la abuela desde los tiempos de la guerra civil, cuando franquistas e italianos patrullaban y generaban miedo. Entonces, sí, tenían más hambre. Ahora, como puntúa la narración (como una deriva de puntos suspensivos), tenemos los móviles y sus pantallas, que generan adicción, y más que miedo, desesperación a los que en la oscuridad de una sala sufrimos el misil de la agresión de esa luz, hostil por ajena e indiferente. O sí miedo porque nos evidencia en nuestra progresiva cámara aislante.

En este singular corto, que amplia los márgenes de las denominaciones y cuestiona los límites de las categorías, ensayo que es juego y reflexión íntima desde un yo que sutilmente juega con las voces diversas y las texturas domésticas (y el grano y rayas de la película, esa luz que guiña como un proceso de gestación), se alude en sus frases de apertura y finales a un texto que escribió Pier Paolo Pasolini poco antes de ser asesinado, ‘El artículo de las luciérnagas’ (incluso podemos escuchar, por un instante, su voz). La comparación real entre “fascismos” no puede ser hecha, “cronológicamente”, entre el fascismo fascista y el fascismo democristiano, sino entre el fascismo fascista y el radicalmente, totalmente, imprevisiblemente nuevo que ha nacido de aquel “algo” que ha sucedido hace una década (…) A ese “algo” que ha sucedido hace una decena de años lo llamaré entonces “la desaparición de las luciérnagas” (…) He visto, por lo tanto, “con mis sentidos”, la acción coercitiva del poder del consumo transformar y deformar la conciencia del pueblo italiano, hasta una degradación irreversible. La luz de sus palabras ilumina nuestro presente, con la metáfora y la equiparación. En la narración, o flujo poético, se singularizan rostros que condensan, y conjugan, el paso el tiempo (la anciana y la niña). Se evidencian y reflejan las similitudes y las degradaciones, y se contrastan las miradas del asombro, como impulso de movimiento, y del cuestionamiento, como mirada lúcida que no se deja entumecer por la pantalla/película que genera miradas impedidas que no saben mirar alrededor (¿Qué fue de nuestra mirada periférica?) y olvidan la luz que explora firmamentos porque se pierden en sus ombligos, en el grano y las rayas de la película, las cuadrículas de cada yo.

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