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Buenos días resistencia

Un hombre joven, encuadrado de espaldas y de aspecto rapero, se enciende un cigarrillo nada más empezar el día. Parece agobiado. Nunca sabremos por qué está agobiado en concreto, pero sí descubriremos que tiene razones para estarlo. Porque su casa se adivina poco menos que de protección oficial, y porque lo que viene a continuación es una empresa que se revela titánica: levantar a sus tres hijos y prepararlos para llevarlos al colegio.

Tres niños remoloneando en la cama, reacios a levantarse y a vestirse, bragas, calzoncillos, calcetines por el suelo, jueguecitos de poder con el padre, desayuno con los niños aún dispersos, cepillado de dientes, carpetas, trayecto hasta el colegio. Adrián Orr lo rueda todo como una experiencia cotidiana, pero también como una aventura épica. Una lucha contra los elementos, el padre enfrentado a los niños, los niños enfrentados a sí mismos. En este corto resisten todos. Padre y niños son un equipo para plantar cara al día al día.

Resistencia 2

Jamás sabremos cuál es la situación real de la familia, ni siquiera por qué el padre está solo. Pero ese desconocimiento actúa a favor del corto, ya que el espectador, deseoso de saber más cosas de esa familia, no obtiene ninguna respuesta, y eso le provoca una sensación de desconcierto ante lo que está viendo. Del mismo modo, es muy probable que el padre tampoco tenga muy claro qué ha ocurrido exactamente para que las cosas hayan venido así… Y de este modo, el espectador y el padre están igual de perdidos en mitad de la vorágine.

Buenos días resistencia se va construyendo a base de detalles y sonidos. Ahora mismo recuerdo las paredes, pintarrajeadas por los niños, e imagino que la casa debe ser pequeña, pues esta debe ser la única manera de que los niños se desfoguen en un ambiente tan reducido. Recuerdo el calentador de gas de no más de 5 litros, y el estrecho cuarto de baño. Y recuerdo los sonidos secos y estridentes: la niña cepillándose los dientes con energía; el niño metiendo la doblez de la manta, que casi diría que rechina; el niño tocando «Sufre, mamón» con la batería (la escena es realmente divertida); el padre empujando las ruedas de un carrito que rompe la placidez matutina. En fin, los sonidos tal y como suenan a primera hora de la mañana, cuando aún están poniendo las calles y el mundo entero se viene encima.

Buenos días resistencia podría encuadrarse en ese tipo de documental que ahora llaman, horrible palabra, observacional. Y lo es pero no lo es. Es cierto que el director se limita a observar la realidad sin intervenir ni mucho menos juzgar, que los hechos se muestran frontalmente y sin mediación alguna. Pero esa presunta objetividad no existe en absoluto: el corto rebosa cariño hacia ese padre abrumado por los acontecimientos, y hacia esos niños obligados a bregar con una situación que se intuye complicada.

Cartel Resistencia

También es cierto que su aspecto visual no es especialmente novedoso, y que el corto recuerda bastante a otros documentales por el estilo. Incluso podríamos decir que este cine observacional lleva camino de convertirse en una convención, un género con unos códigos totalmente reconocibles. En tal caso, si lo valoramos como un género más, sería una muestra notable del mismo, con capacidad para comunicar, conmover y hacer pensar.

Y en cierto modo es un espectáculo: porque durante todo el corto nos preguntamos cómo ha hecho Adrián Orr para colar su cámara en esta casa a primeras horas de la mañana, y sin que los niños le hagan el más mínimo caso. Frente al esfuerzo sobrehumano de padre e hijos, existe también el empeño admirable de Adrián Orr por hacerse invisible. De modo que uno de los mayores atractivos de Buenos días resistencia reside en sus métodos de trabajo.

Es de esperar que cualquier miembro de cualquier familia se sienta identificado con lo que aquí se ve, por mucho que su situación personal, económica o social sea completamente distinta. No, levantarse por la mañana no tiene nada que ver con lo que nos contaron en Blancanieves o en The sound of music (Sonrisas y lágrimas). Simplemente, es una solemne putada para padres e hijos, y cada gesto, cada movimiento supone la misma vida. Es más, aquí los niños tampoco son unos angelitos, ya que no sólo resultan encantadores o directamente asesinables según el gusto de cada cuál, sino que el director acierta a mostrar la esencia de la infancia. Que no es otra cosa que puro caos, y cualquier intento de poner orden en ella es pretender gobernar lo ingobernable.

Y por último. Buenos días resistencia sugiere algo más allá de la gesta épica de unos héroes cotidianos. De acuerdo, resulta un corto complaciente para los padres y los amantes de los niños, pero no se queda ahí, o al menos a mí me lo parece. Porque, al igual que ocurría en el final de Entre les murs (La clase) de Laurent Cantet, en el que una alumna le confesaba a su profesor qué no entendía qué estaban haciendo, qué sentido tenía venir a clase, en Buenos días resistencia tampoco acabamos de ver claro por qué coño hay que levantarse todas las mañanas e ir al colegio. Yo, que lo hice durante miles de veces en mi infancia, me lo preguntaba cada mañana. Y sigo sin entenderlo del todo.

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