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Cidade pequeña

Diogo Costa Amarante | 2016 | Portugal

Por Alexander´Zárate

Erase una vez una ciudad pequeña en la que el cuerpo era el alma, la fruta fantasía y el agua un sentimiento. Sus habitantes humanos buscaban la compañía de los animales porque no pensaban que fueran diferentes. Aún no pensaban que un día, cualquier día, la vida pudiera interrumpirse, aún no pensaban que si alguien deja de moverse puede ser porque está muerto. En esa ciudad pequeña aún no hacían muecas ante el espejo, aún no imitaban a otros, aún no adoptaban conductas como parte del hábito de una costumbre, aún no se veían inclinados a forjar una relación con la realidad como si fuera un escenario. Aún las palabras no les dominaban, como una enredadera que les convertiría en un laberinto de reflejos. Eso ocurriría cuando fueran absorbidos por la gran ciudad, esa en la que es ya complicado establecer la comunicación. Asemeja a una carretera con muchas curvas. Una carretera en la que los contornos son difusos, como si la noche se encostrara en la luz del día. Más que desplazarte, parece que sorteas, como si la realidad fuera un obstáculo tras otro. En esa ciudad pequeña, en cambio, la percepción estaba distorsionada por el movimiento. Lo posible hacía sentir que cualquier opción y dirección fuera factible. No se pensaba en los límites, ni tampoco en impedir a otros.

En la ciudad grande se mira a la ciudad pequeña a través del retrovisor, donde la infancia duerme, como el reflejo de un tiovivo que no deja de desplazarse con sus refulgentes luces entre las hendiduras de las cortinas, ya en la distancia, ya interpuesta la oscuridad del mundo adulto. Mientras, no dejan de escucharse los truenos en la lejanía, tras la inmovilidad de un edificio de piedra, esa inmovilidad a la que parece abocada la gran ciudad de los adultos. Por eso, te abrazas en la oscuridad, como un naufrago que añora la ciudad pequeña, cuando aún el centro de gravedad de la decepción o de la no realización de tus sueños no te ha precipitado en una oscuridad suspendida en una nada constituida por ecos de lo que amenaza y de lo que no parece poder ser.

En Cidade pequeña, sexta obra del cineasta luso Diogo Costa Amarante, ganadora del Oso de Oro al mejor cortometraje en la última edición del festival de Berlín, los encuadres parecen proliferar dentro de los encuadres. No sólo umbrales de puertas, ventanas, espejos o retrovisores, sino la misma disposición de los objetos y las figuras. Porque cada uno y cada una son un encuadre en sí mismo, un umbral, un reguero y un sembrado de historias, de reflejos que fueron agua y aún sueñan con ser agua, como aún se mira en el retrovisor del silencio en la oscuridad, mientras se abraza al amante, la ciudad pequeña de la infancia en la que el zumbido de las abejas, el tacto escurridizo del agua impregnando la piel, la niebla extendiéndose entre los montes, la hierba cimbreándose, eran extensiones de uno mismo. Esa ciudad pequeña en la que no dejabas de escuchar el canto de los cisnes, porque prefieren cantar a filosofar. Esa ciudad pequeña en la que simplemente sentías que no hay por qué filosofar sino sumergirse, ser parte de la corriente, sentir el cuerpo de la realidad que es entorno, imaginar todo lo posible. Simplemente bailar, mientras escuchas la música, y los otros animales, como tú, se mueven y zumban junto a ti.

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