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Esa música

Director: Darío Vejarano | Año: 2013 | Nacionalidad: Colombia

El cortometraje es un territorio proclive a las falsas buenas ideas, a los planteamientos ingeniosos que sin embargo naufragan a lo largo de un desarrollo hueco y decepcionante. Pues bien, la idea inicial de Esa música es excelente. El desarrollo, sencillo pero acertado. El desenlace, emocionante.

Punto de partida: Omar, un obrero de la construcción que parece haber asumido su condición de fracasado, recibe un mensaje en su móvil. Al escucharlo, descubre que nadie habla en el mensaje, pero de fondo se escucha una música… Un fragmento instrumental de una canción que se niega a ser reconocida. Y esa música despierta algo muy profundo en Omar. Algo que le empuja a intentar identificar, por todos los medios, de qué canción se trata.

Esa música

Esa música abraza orgullosamente el clasicismo narrativo, y su objetivo es ofrecer al espectador una buena historia que le deje con el corazón atrapado. Pero qué cosa más curiosa: por momentos, este corto tan tradicional consigue establecer lazos con la vanguardia. Y se produce un extraño equilibrio entre lo clásico y lo moderno.

Hablemos de cine clásico. La búsqueda de Esa música evoluciona a partir de tres o cuatro ideas de guión. Sólo cuatro ideas sencillas, sí, pero todas acertadas y colocadas donde más duele. Esa música tiene el don de hacernos creer que es muy fácil construir un guión así, aunque personalmente dudo que este año veamos muchas historias tan redondas como esta.

El paisanaje de Esa música es sencillamente adorable. Omar está soberbiamente encarnado por un Julio Pachón que es difícil no querer, y la fauna que le rodea derrocha encanto: su amigo obrero y algo zopenco, ese capataz capullo que en vez de hablar a Omar de tú a tú le habla a través de un megáfono (divertidísimo el momento en que usa el megáfono para dejarle un mensaje en el móvil) y, muy especialmente, todos aquellos pequeños personajes que va encontrando en su insólita pesquisa: dueños de tiendas de discos, locutores de radio, oyentes asiduos… Por cierto, todos tienen algo en común: son seres desclasados, personajes para los cuales ya pasó su tiempo, supervivientes a los que sólo reconforta su pequeño mundo hecho de canciones antiguas. Y algo hay de documental sobre esa Bogotá diminuta y escondida, pues los actores veteranos se mezclan y confunden con gente real que parece estar reviviendo su propia historia.

Esa música

Es cierto que, en algún momento, el director Darío Vejarano peca de ingenuidades al borde de lo amateur (algún no-actor poco natural), pero a la vez logra cosas tan difíciles como un admirable equilibrio entre la ficción y el documento, entre lo realista y lo imaginario, entre lo emotivo y lo humorístico (hay algunos momentos realmente divertidos, como los citados del capataz y el megáfono, varias intervenciones del amigo, o aquella escena en la que varios vendedores de discos antiguos intentan identificar la melodía del móvil, de modo que cada uno se lleva la melodía a su territorio: uno de ellos incluso piensa que podría ser ¡Bon Jovi!).

Ahora, hablemos de cine moderno. Viendo Esa música es difícil no acordarse del excepcional documental Emak Bakia Baita, en la que el director Oskar Alegría, con la única pista de una foto, intenta encontrar la casa vasca en la que Man Ray rodó, en los años 20, su cortometraje Emak Bakia. Alegría se dejaba llevar por la música del azar, sin más, y el azar revelaba su propia y aplastante lógica y le conducía hasta la casa partiendo de la casi nada. Lo mismo ocurre en Esa música. En este caso es ficción, pero el camino es el mismo: Omar tira de un hilo al principio casi imperceptible, pero este, poco a poco, va indicando la salida. Y esa ruta errática y sin sentido es lo que devuelve el sentido a su vida.

Pero, quizás, el mayor hallazgo de Esa música es que lo que mueve a Omar no es siquiera una canción, es un fragmento medio inaudible de una canción que se escucha en el fondo de un mensaje de móvil. Lo que despierta a Omar no es el recuerdo concreto de un tiempo feliz, es la esencia lejana de ese recuerdo. Una esencia tan minúscula que resulta casi imposible ponerle rostro, color, textura, pero tan poderosa que, aún así, consigue que el protagonista despierte.

Esa música

Hay una escena memorable, aquella en la que el dueño de una tienda de discos amplifica el mensaje del móvil para escuchar la música de fondo con más claridad. Así, Omar descubre un par de detalles que le habían pasado desapercibidos. Pero además la canción, al ser amplificada, adopta una sonoridad fantasmagórica. Como un fantasma que se asoma desde otro mundo, y que revuelve algo en el interior de Omar, de los otros personajes y del sobrecogido espectador. El mundo de las cosas perdidas para siempre.

Esa música es una declaración de amor a aquellas canciones inolvidables que ayudaron a vivir a muchos (cada uno tiene las suyas), y a aquellos que se empeñan en mantener viva su esencia en medio de la oferta infinita de posibilidades que ofrece la música actual, riquísima pero también abrumadora, y algo angustiosa. En esta obra preciosa la modernidad mira hacia la tradición con un cariño inmenso, y alcanza su punto álgido en una bellísima escena final que homenajea nada menos que a The Searchers (Centauros del desierto, 1956) de John Ford. El homenaje es hermoso, pero la escena es hermosa por sí misma.

Y sí, la canción es maravillosa.

 

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