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Flytopia

Karni + Saul | 2012 | Gran Bretaña - Hungría

Por Óscar de Julián

En 1974, el renombrado mago de los títulos de crédito Saul Bass se atrevió con un largometraje propio, y en los dominios de la mejor ciencia-ficción legó un título memorable llamado Phase IV (Sucesos en la cuarta fase). En su imprescindible Guía del cine, el maestro Carlos Aguilar no pudo definir mejor esta película: “Se trata de demostrar que en igualdad de condiciones intelectuales las hormigas derrotarían al Hombre, y se consigue”. Y las hormigas de Phase IV no sólo conseguían comunicarse con los humanos, sino que se apoderaban de la forma física de una muchacha de los contornos, y con esta apariencia presentaban a su nueva reina, que convencía al científico superviviente para que fuera el primer macho de una nueva raza de hormigas humanas.

El corto que nos ocupa prolonga las ideas propuestas en Phase IV, aunque en este caso su fuente de inspiración es un cuento corto de Will Self, autor muy conocido en Gran Bretaña por sus novelas y sus apariciones televisivas, y algunas de cuyas obras han gozado de edición en castellano. Pues bien, en el volumen de relatos Tough, tough toys for tough, tough boys, aparece Flytopia, la extraña aventura de un hombre que, en mitad de su retiro campestre, se ve literalmente abrumado por toda una vorágine de insectos que no sólo quieren ser amigos suyos, sino que desean convertirse en el compañero de su vida. Y lo escribimos en singular porque los insectos conforman una unidad indisoluble, y por ello mucho, muchísimo más poderosa.

Historia tan sugerente como resbaladiza: a la hora de adaptarla al cine, resultaría fácil incurrir en el más absoluto de los ridículos. Pero en esta ocasión ha ido a parar a las manos acertadas: el dúo Karni+Saul, que encubre los nombres de dos brillantes cortometrajistas y animadores británicos que comenzaron en Aardman, Karni Arieli y Saul Freed, y que se dio a conocer a lo grande con otro título morbosamente evocador, Turning, en el que un niño recibía la visita de tres señoras mayores, a las que él inicialmente veía como ánades y flamencos. Las tres contaban un extraño cuento sobre un emperador que no tenía piel, y por la entrepierna de una de ellas asomaba la luz de un proyector que creaba las figuras de la infancia de aquellas entrañables señoras. Las imágenes de Turning traían a la memoria a Lewis Carroll, los Hermanos Quay, David Lynch, Terence Davies o Angela Carter, y a través de ellas cabía imaginar que, tal vez, habían nacido dos nuevos creadores de fantasías turbias.

Phase IV (1974), de Saul Bass

Flytopia, Selección Oficial en Clermont 2013, resulta ser un relato un poco más suavizado. Tal vez porque el dúo, temeroso de que la sordidez del planteamiento se le vaya de las manos, ha preferido limar un poco las aristas. Pero, aunque echemos de menos una resolución profundamente provocadora, también es cierto que el cuento conserva un halo sanamente enfermizo.

La primera parte del corto no puede ser más plácida. Una pareja que vive en una casa junto a un lago, en plena naturaleza que embriaga los sentidos. Sólo un mínimo conflicto: el hombre, John, acaricia el coño de su novia intentando despertarla sexualmente, sin conseguirlo. De hecho, todo indicaría que estamos ante una de esas aburridas comedias dramáticas sobre parejas insatisfechas, si no fuera por los numerosos planos de insectos que toman, poco a poco, la vida cotidiana de la pareja. Detalles que empapan la historia de subterránea sordidez: suelos llenos de cucarachas, mariquitas subiendo por los platos y las tazas, moscas posándose continuamente sobre la pantalla del ordenador. John casi debe tirarse al lago para librarse de una interminable ejército de mosquitos zumbantes.

Pero entonces la mujer se ausenta, y comienza la segunda parte. Los insectos, que hasta ahora habían sido filmados al natural, empiezan a comunicarse con John a través de una portentosa animación digital, transmitiendo mensajes que ofrecen al hombre un nuevo mundo, en el que hombres e insectos están destinados a entenderse. A partir de ese momento Flytopia se convierte en un espectáculo de primera categoría. Casi un espectáculo para toda la familia, ya que los insectos no pueden ser más serviciales y simpaticotes. Y, por un momento, nos tememos que David Lynch deje paso al Disney más reblandecido… Y sí ocurre, pero no ocurre.

Sí ocurre, porque un planteamiento así, con las posibilidades que ofrece una animación virtuosa, permite esperar un envolvente cuento de hadas negro repleto de implicaciones turbulentas. Pero Karni+Saul no se atreven a propasarse, a escandalizar, a sumergirse abiertamente en la poesía oscura de la situación, y desenlazan el relato de manera extremadamente abrupta y algo cobarde.

Pero no ocurre, porque, aunque el cuento daba para más, lo que se muestra no deja de ser de lo más atractivo, como un sueño en el que lo repugnante acaba revelando un rostro sumamente placentero. Y asistimos a una serie de escenas que pueden provocar tanto el rechazo como la más absoluta adhesión: la alucinante escena de cama entre John y los insectos, que en algún momento recuerda a esos conmovedores excesos setenteros de Ken Russell; las peticiones de los insectos, cada vez más posesivas; o la visión, tan hermosa como escalofriante, de la mujer desnuda en el lago, y de cuyo coño salen bandadas de mosquitos recién nacidos…

Y entre medias Flytopia sugiere que, hoy por hoy, las relaciones de pareja han perdido totalmente su sentido, y que esa decadencia de la pareja está obligando a las personas a buscar nuevas y desesperadas maneras de relacionarse, tanto sexual como sentimentalmente.

Otra cosa es que esas nuevas relaciones acaben resultando liberadoras. Porque, la verdad, la Flytopia tampoco acaba de suponer una escapatoria. Al final todos, sean hombres, insectos, adoradores del diablo, o computadoras como aquella que se enamoraba de Julie Christie en Demon Seed (Engendro mecánico), todos acaban atrapados por idénticos deseos: estabilidad, exclusividad, formar una familia.

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