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Imágenes secretas

No escribo esta crítica porque sea amigo o eventualmente haya trabajado con la directora y montadora Diana Toucedo, sino por el convencimiento de que Imágenes secretas es un cortometraje maravilloso; puntualizando en una ambigüedad algo discutible, puedo afirmar que es cine.

Imágenes secretas es una película muy pequeña, filmada con una cámara digital casera, y en vez de una voz en off irrumpiendo en el silencio Diana expresa sus sentimientos a través de unos subtítulos sordos, sin voz ni sonido. Unas palabras y pensamientos escritos sobre las imágenes secretas de este viaje a un pueblo pesquero en los confines de Argentina. El viaje que emprende la realizadora es la búsqueda por llenar la ausencia en su imaginario de la realidad de su padre. Su padre es pescador y vive diez meses al año en ese pueblo pesquero separado de su familia. Diana, a modo de diario de viaje, un diario ahogado en la luz y tiempos muertos del páramo patagónico, evoca todas las dudas e inquietudes en relación a aquello que ella imaginó sobre los lugares de su padre y los que en realidad son o nunca fueron.

Imágenes secretas

El relato es tranquilo y aterrador. Un llanto que mira dos mundos que comparten el mismo mal, la distancia entre las imágenes de uno y las imágenes del otro. Imágenes mentales e imágenes vividas que entran en conflicto desde el estatismo de una cafetería anodina y sus clientes en pleno letargo, el frío del océano azul del puerto al barco, los sonidos que evocan el compartirlos minuto a minuto en el día a día de un pescador ausente en el hogar. Son tantos los ejemplos que sería describir plano a plano las elecciones cinematográficas de la directora, que en una síntesis ofrece la experiencia de situarnos en la piel del ausente como en la de la propia directora, y a su vez en medio de los dos.

En el viaje de Galicia al camarote del barco en Argentina tenemos el deseo de encontrar y dibujar al padre. Darle rostro, forma, hombros, cuerpo… y cuando avanzamos en los vacíos, y leemos los subtítulos -la carta de una hija a su padre-, el deseo de construir en nuestra mente al padre se desvanece. Y es precisamente el desvanecimiento en sí el que cobra el protagonismo, una imagen imposible de crear que poco a poco tiene menos fuerza a medida que conocemos su rutina, desaparece el hombre y surge la figura: uno más entre las siluetas que beben café, que deambulan y se funden en el paisaje para dejar de ser y empezar a estar.

Imágenes secretas

El retrato del padre se vuelve universal, un personaje, no un padre. Por otro lado vivimos la soledad del pescador, la distancia, e imaginamos más imágenes secretas como la de una familia que crece sin su presencia. Los vínculos son invisibles, las palabras sordas, las distancias inimaginables, sólo existe la percepción y la imaginación, el mundo tal como lo sentimos y lo evocamos. Un vivo e intenso relato de la relación entre un padre y una hija, o mejor dicho, entre los mundos de ambos y aquello que implica cada uno.

El cine de Diana Toucedo es un cine pensado, meticuloso. En cada plano encontramos una emoción, en cada fragmentación percibimos una intención, y la película crece en nosotros a medida que las imágenes evocadas -nunca existentes- entran en conflicto con las imágenes reales, filmadas de forma subjetiva. Finalmente un pasillo, una fuga oscura, que miedo da saber que más allá de la oscuridad no habrá nadie, ni tan siquiera como en un espejo no nos vemos reflejados. Sin saberlo somos la hija, sin saberlo somos el padre.

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