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Kung Fury

Director: David Sandberg | Año: 2015 | Nacionalidad: Suecia

Entre los muchos y variados tipos de nostalgias cinéfilas, está aquella que nos hace recordar con inmenso cariño aquel cine que, en su época, no nos interesó en absoluto. Incluso aquel que jamás se nos ocurrió ver.

Eso me ocurre con Kung Fury, homenaje tan paródico como sentido al cine y las series de televisión de acción y artes marciales de los años 80. Cine y televisión que, personalmente, recuerdo con bastante horror. Detesté cordialmente según qué películas de y con Sylvester Stallone. Nunca le vi la gracia a esos espantos insufribles llamados El coche fantástico o El equipo A, y me entran escalofríos cuando algún crítico afirma que semejantes engendros eran series frescas y chispeantes. Entiendo que hay ‘actioners’ estupendos, pero globalmente me parece el género más estúpido, machirulo y reaccionario. En cuanto a las películas de artes marciales de Stephen Chow o Menahem Golan, nunca tuve el gusto, y sigo sin tenerlo. Y desde luego, no creo que exista motivo alguno para echar de menos aquella tortura llamada VHS.

Kung Fury

Pero al ver Kung Fury se despierta en mí la nostalgia por ese cine afortunadamente desaparecido. Tal vez sea porque su director, David Sandberg, sí lo vivió como algo importante en su vida, y transmite ese sentimiento a la perfección: de igual modo, después de ver Ed Wood no podemos sino descubrirnos ante la energía y el encanto de un cine que nunca amamos. Parafraseando al maestro Carlos Aguilar, Kung Fury muestra de manera rotunda cómo la parodia debe partir de un inmenso cariño hacia el objeto parodiado. Es más, la parodia suele funcionar mejor cuando pertenece a una cultura lejana a la parodiada, ya que está en condiciones de manipular el material de partida con una mirada distinta, nueva. Pues bien, Kung Fury es una parodia realizada, quién lo diría, por un sueco.

Sandberg ha aplicado estupendamente las enseñanzas de Tarantino: la película homenaje es sensiblemente mejor que el tipo de películas que homenajea. Y del mismo modo que el autor de Death Proof, el homenaje no se basa sólo en los contenidos, sino también en las formas y en las texturas.

Texturas. Kung Fury no es una película, es un VHS. Un VHS malo, repleto de rayas y parones. A veces saca un partido espléndido a esa calidad lamentable, como cuando el héroe lucha contra, ejem, la máquina recreativa Arcade destructora: la batalla, que se prolonga desde las calles de Miami hasta el espacio sideral, está vista a través de un irresistible tracking defectuoso.

Kung Fury

Formas. Kung Fury reproduce a las mil maravillas los barridos, zooms, congelados que tanto representan a ese cine inequívocamente macarra (no sólo ‘actioner’: cómic europeo, manga, anime, estética trailer también sobrevuelan por encima de sus imágenes). Planifica cada escena con los planos más efectistas pero también más justos. Y se apoya en un magnífico empleo de la pantalla verde y la posproducción (todo el proceso de gestación se explica en esta entrada de wikipedia) para conseguir el tono, el color, el aspecto preciso de desaliño y elementalidad ochentera. Lo que quiere decir: Sandberg y su equipo han sido extremadamente trabajadores, meticulosos y elegantes para obtener la cutrez visual que requería su historia.

Contenidos. Kung Fury es un festival de referencias a títulos, digamos, clásicos para un determinado gremio de espectadores testosterónicos. No vamos a gastar espacio en enumerar las que hemos reconocido: resulta un ejercicio hueco y agotador. Tampoco perderemos tiempo con el argumento, absurdo, deslabazado e imposible, o con unos personajes que no merecen ni siquiera llamarse estereotipos, ya que sólo son referencias de estereotipos (con la relativa excepción del superhéroe protagonista, interpretado por el propio director; y este, quién fuera a decirlo, da la talla).

Porque lo que distingue a Kung Fury es su notable, a veces radiante, imaginación cómica. Kung Fury se revela como un banquete de gags visuales (y a veces verbales: al Hitler campeón de artes marciales se le conoce como ‘Kung Führer’) que se muestra especialmente inspirado en sus antológicos diez primeros minutos: vean, si no, escenas tan divertidas como la batalla con la Arcade o el tiroteo en comisaría.

Kung Fury

Y como el primer tercio es tan descacharrante, es imposible que lo que sigue se mantenga a la misma altura: Kung Fury se descubre entonces como un trabajo algo largo (aunque más que un corto alargado es un largo acortado: por lo visto, Sandberg quería realizar un largometraje, pero el crowdfunding no llegó para tanto) y forzosamente desigual, con un segundo tercio en Asgard (la tierra de los dioses vikingos) claramente inferior, y un desenlace en la Alemania Nazi que alterna lo peor y lo mejor. En este último caso, figura una deliciosa conversación entre dos nazis que se mofan de sus respectivos bigotes hitlerianos, o una excepcional pelea del héroe contra 40 nazis, mientras los demás sicarios se revuelven en el fondo como si formaran parte de un videojuego estropeado.

Pero carencias y desequilibrios no impiden que Kung Fury resulte, en su conjunto, una obra simpatiquísima, llena de virtudes y altamente disfrutable. Y si alguien piensa que una obra así no es merecedora de atención crítica seria, habrá que decir que la obra de Sandberg se ha estrenado en la Quincena de Realizadores de Cannes 2015, y que concursa en Vila do Conde. Sin duda, los festivales autodenominados respetables necesitan más títulos como este: la cultura sin ligereza es una cultura rígida, mustia, incompleta.

Kung Fury se ofrece en versión original con subtítulos en castellano

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