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La boda

Director: Marina Seresesky (2012) España |

De un tiempo a esta parte, las compañías teatrales están probando suerte en el cortometraje, sobre todo, imagino, a raíz de las posibilidades que le ofrece su experiencia en la dirección de actores y el cuidado de los diálogos. En ese sentido hay que destacar los trabajos de dos figuras esenciales:

Miguel del Arco, hoy uno de los directores de referencia en el teatro español (no hace mucho dirigió a la Espert) y que hace pocos años sorprendió a todos con un título de lo más afortunado: Palos de ciego amor.

Y Marina Seresesky. Esta actriz argentina pertenece a la compañía Teatro Meridional, co-dirigida con Alvaro Lavín y Julio Salvatierra, y me consta que los montajes de esta son tan esperados como los de Animalario. Pero hace unos años Meridional y Seresesky dieron el salto al corto, entregando un título prometedor: El cortejo, historia de un sepulturero que se enamora de una viuda que visita asiduamente el cementerio. Ya en ese título se vio la capacidad de Seresesky para tratar historias desconcertantes con delicadeza, la mezcla de lo dramático y lo cómico y la dirección de actores (o el descubrimiento de un actor formidable y de poderosa presencia: Mariano Llorente, una especie de hermano bueno de Gene Hackman).

La boda

Ahora, Seresesky ha vuelto a conquistar el favor del público con La boda, un pequeño relato en torno a una mujer cubana de mediana edad, la cual necesita urgentemente un vestido para ir a la boda de su hija, que se celebra esa misma tarde. Una historia que se inspira en un documental previo de la propia Seresesky, y cuyas líneas de fuerza son, en esencia, las mismas que las de El cortejo.

La boda comienza cuando esta mujer, trabajadora de limpieza e inmigrante cubana sin papeles, pide permiso para ir por la tarde a la boda de su hija, pero la encargada se niega rotundamente. Ante tal negativa, la mujer decide marcharse, con evidente riesgo de perder su único trabajo. Un arranque, en principio, un poco forzado, ya que resulta poco verosímil que una encargada se niegue a una petición tan razonable e importante (tal vez se inspire en un hecho real, pero no por eso es verosímil: en el cine, las cosas son distintas). Pero no importa demasiado: al ser la primera escena, el espectador está dispuesto a aceptar esa licencia si, a cambio, lo que le ofrecen a continuación es suficientemente sugestivo. Y así ocurre.

La mujer no podrá retirar el vestido de boda que tenía encargado: al abandonar el trabajo, no ha podido cobrar su sueldo y no tiene dinero para pagarlo. Y lo que sigue es el periplo de la mujer para conseguir un vestido en tiempo récord, dando lugar a diversas situaciones que armonizan la comedia con el drama social.

Hay una especialmente soberbia: la mujer visita a una compañera negra que limpia una casa de postín; mientras el niño de la casa ensaya al piano, ambas se cuelan en el dormitorio de la señora y eligen uno de los vestidos. «Este es el que me gusta para ti», dice la amiga negra, como si estuvieran en el muestrario de una tienda de Serrano.

Hay un par de cosas que no me acaban de convencer (no le ocurre lo mismo al resto del mundo, ya que el corto está coleccionando todo tipo de premios). Pienso que la dirección de los intérpretes, brillante en El cortejo, no está a la altura esperada. No están mal, pero podían estar mejor. Destacan las actrices menos conocidas sobre las consagradas (aunque estas sean tan gratas como Malena Alterio y Helena Irureta), y las secundarias sobre las protagonistas (mención especial para la amiga negra, Ileana Wilson, y la estupenda vecina, algo muy sencillo tratándose de la gran Pepa Pedroche). Ahora bien: aunque las piezas individuales no sean del todo satisfactorias, el conjunto funciona.

Y, tal vez, el tono general es demasiado amable. Recapitulemos: la mujer es una inmigrante sin papeles, sin un céntimo, puede perder el trabajo, no puede retirar su vestido de boda, la policía registra el barrio… Una historia que muy bien puede contarse como una comedia, pero no es, desde luego, un cuento de hadas. Y a veces lo parece. A mí, al menos, me falta un poco de drama, de desgarro, y no sólo en el aspecto social, sino en el vital. En una breve escena de la película, la mujer le pregunta a su amiga si se están haciendo viejas. Y esta escena, que pedía intensidad y una cierta melancolía, casi se queda en un apunte de transición.

Pero mis reticencias se vuelven minúsculas a medida que compruebo que La boda es un corto profundamente sentido, que no sólo está realizado con enorme cariño sino que lo desprende a borbotones, y que transmite con acierto ese sentimiento de la solidaridad entre mujeres, sean cuales sean las circunstancias, la clase o procedencia. Un sentimiento que recuerda el cine de Almodóvar, de Mujeres a Volver, si bien con un registro más ligero. Porque, aunque siempre hay alguna perraca (la dependienta de la tienda de ropa, o la encargada, también cubana), la mayoría de las mujeres conforma, de manera espontánea, una auténtica barrera de protección contra una realidad hostil.

La boda

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