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La impresión de una guerra

Camilo Restrepo (Francia / Colombia, 2015) |

Por Jorge Rivero

El rapsoda afroamericano Gil Scott Heron afirmaba en su clásico tema que la Revolución no será televisada. Sin embargo, el cineasta colombiano afincado en Francia Camilo Restrepo sostiene en su cortometraje La impresión de una guerra que la historia de su país está impresa, aunque sea de forma defectuosa. Las imágenes están ahí para quien quiera molestarse en verlas y pensar en su significado. Están listas para usarse como mecanismo de análisis sociológico, como materia sustancial en el proceso de elaboración de la historia nacional, como herramientas contra el miedo y el olvido.

A pesar de la distancia física que le separa de él, la obra de Restrepo (Como crece la sombra cuando el sol declina, Tropic pocket) está firmemente comprometida con su país de origen, con su historia y sus conflictos sociales. Al tiempo, va construyendo en ella una indagación personal en la relación entre la imagen propia y la imagen apropiada. La impresión de una guerra es el último eslabón en esta línea de trabajo, y también su trabajo más redondo hasta la fecha en este sentido, por cuanto tiene de ensayo político sobre las huellas de la violencia en el estrato identitario de la sociedad colombiana, y de ejercicio teórico que incita a repensar los papeles de la imagen, su creador y el espectador, en el proceso de construcción crítico de una historia nacional efectiva.

La impresion de una guerra

El punto de partida de La impresión de una guerra no puede ser más sugerente y llamativo: las aguas de un río teñidas de rojo. Con esta sencilla imagen, Retrepo se introduce en el leit-motive que apuntala la tesis de toda la obra: la capacidad que puede tener una imagen alterada, defectuosa, irreal, imprecisa, para traspasar la epidermis de la historia oficial y describir una realidad más íntima, silenciada a lo lo largo de décadas. O como él dice en el cortometraje, de ofrecer una impresión alterada del país pero tal vez por ello más elocuente que la que ofrecen los diarios y los medios de comunicación corporativos, urdidores de una historia oficial y oficialista de acabado más aséptico.

Restrepo avanza sobre estas imágenes fabricadas e imperfectas como si unas nos llevasen a las otras por mero azar, o por una continuidad evidente y natural, pero nada más lejos de la realidad; La impresión de una guerra es un cortometraje tremendamente pensado, con una estructura muy elaborada en la que nada está dejado al azar. Precisamente uno de sus logros es ese, el de fluir de manera natural hacia aspectos más profundo y complejos sin que el espectador pierda el hilo del discurso.

Las aguas teñidas por vertidos industriales desembocan en periódicos de impresión defectuosa cuyas imágenes con exceso o falta de tinta, con los tonos cambiados, con las planchas corridas, a medio imprimir… se desligan de la actualidad y del titular de turno para parecer haber sido producidas décadas atrás. Sin embargo, lejos de ser anacrónicas, remarcan lo poco que han cambiado las cosas durante todo este tiempo. De ahí salta a otro tipo de imágenes saturadas e imperfectas, icónicas y simbólicas, las de los tatuajes (donde el dolor es tan importante como la huella que dejan), en especial los de un expresidiario de Medellín que durante toda su vida ha vivido entre la violencia y la muerte. Incluso ahora, que se ha rehabilitado y trabaja en la marmolería familiar que suministra, entre otras cosas, las lápidas de los muertos de la ciudad. Medellín es también otro icono en el historial de violencia que ha sacudido Colombia durante décadas. Puede que la época de Pablo Escobar sea la más legendaria al respecto, pero tras su muerte, el cártel que lideraba se fracturó y fracturó la ciudad en barrios dominados por bandas rivales que han impuesto fronteras invisibles que mafiosos y vecinos han de respetar, y que tienen su propia iconografía (casi) secreta.

La impresion de una guerra

El último tramo de La impresión de una guerra llega al meollo histórico, al enfrentamiento armado que durante años han mantenido la guerrilla, el ejército regular y los paramilitares. Nuevamente Restrepo halla en las imágenes imperfectas la mejor plasmación de esta realidad. Nuevamente aparece aquí una dicotomía entre lo que la imagen muestra una realidad y otra realidad que está oculta (otro de los motivos recurrentes en el discurso de la película). Se contraponen aquí dos clips: uno que enseña a dos soldados en un momento de descanso, bailando en la selva, que trataría de dar a entender a sus familiares la tranquilidad, la alegría y las buenas condiciones de su día a día. El otro muestra en realidad su día a día: un combate abstracto y pixelado contra un enemigo oculto en la espesura. Más tarde, los cadáveres de ese enemigo son mostrados junto con varias armas, tratando de justificar así su muerte. A nadie se le escapa el montaje que subyace a estas imágenes.

La última parada en el trayecto es un hotel, antaño de lujo, que los paramilitares utilizaron como centro de detención y tortura, y que hoy gracias a la labor vecinal se ha convertido en un centro de la memoria dedicado a las víctimas de este conflicto. Las paredes de las habitaciones las ocupan hoy relatos y dibujos que retienen también de modo esquemático el recuerdo de quienes pasaron por sus estancias, sirviendo tanto de homenaje como de catarsis de la barbarie sufrida.

La impresion de una guerra

A lo largo de todo este recorrido, Retrepo ha logrado recomponer la historia fracturada de su país, protagonizada por una violencia que ha calado en todos los niveles de su sociedad hasta formar parte a su pesar de su cultura, con los mimbres de unas imágenes en diferentes estados de descomposición que tratan de luchar contra ese desvanecimiento que es el olvido.

Pero al tiempo que efectúa este ejercicio, también hay en La impresión de una guerra una seria y lúcida reflexión sobre la capacidad de la imagen para transmitir la historia, la realidad, y cuestiona la función tanto del creador como del espectador de esas imágenes. Los efectos del azar, la imperfección, el error, la falta de definición también son elementos que se introducen en la semiótica de la imagen, la afectan, y exigen al espectador un compromiso más activo a la hora de interpretarlas y hacer uso de ellas. Suya es parte de la responsabilidad de saber leer entre líneas, de estar atento a esas huellas como las que el corto ha contribuido a poner en primer término y ayudado a descifrar; suya es también la responsabilidad de no sucumbir a la distracción, la ocultación y la desmemoria histórica, pues de ser así, el miedo saldría vencedor. Es por tanto la que aquí se nos propone, una reflexión sobre la naturaleza de la imagen como acto político, en tanto que impone y exige un posicionamiento crítico e histórico tanto por parte del creador como del espectador.

La conclusión a la que llega Restrepo, con su actitud ácrata y su desconfianza radical a los mecanismos de (des)información corporativos, es sin embargo a una redención de la naturaleza y el potencial de las imágenes. Para él, estas imágenes producidas, incluso las más imperfectas (es decir, tanto en cuanto arte, artefacto o lenguaje), como depositarias y sintagmas de la historia son también las mejores armas para revelarse contra la opresión y la violencia, y el mecanismo para asumir y superar el dolor del pasado. La inclusión de un grupo punk que denuncia sin miedo la opresión de las mafias en Medellín no es para nada anecdótica, sino un ejemplo a seguir, lo mismo que la impulsora de la reconversión del centro de torturas en museo de la memoria.

Todo esto convierte a La impresión de una guerra en un artefacto tanto militante en lo político como teórico en lo artístico, siendo ambas dimensiones imposibles de disociar, pues forman ambas parte sustancial de la dialéctica del artista, vinculando el posicionamiento filosófico de su director más cerca de Godard que de Bazin.

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