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La nuit des sacs plastiques

Gabriel Harel | 2018 | Francia

Por Alexander Zárate

La noche de las bolsas de plástico, o cómo cada vez nos parecemos más a las bolsas de plástico. La noche de las bolsas de plástico, o cómo somos cada vez más muertos vivientes por agudizar cada vez más nuestro ensimismamiento: El mundo alrededor es accesorio, no sufre las consecuencias de nuestras acciones u omisiones, nada se corrompe ni contamina: nuestra burbuja de plástico nos mantiene aislados: Lo que me afecta es lo importante, delinea las coordenadas de mi realidad. El plástico, por su cualidad no reciclable, se ha ido convirtiendo en emblema de nuestra relación ajena e indiferente a los efectos en el entorno. El entorno no la integra. El ser humano derrama y salpica con plástico cualquier rincón de su entorno. Una anécdota: una normativa establece que los comercios no proporcionarán bolsas de plástico con el fin de contrarrestar esa irresponsable actitud de nociva indiferencia: hay clientes que protestan porque atenta contra su comodidad. El mundo alrededor de uno. La excelente producción francesa de animación La nuit de sacs plastiques, de Gabriel Harel, se hace eco de esa mentalidad catastrófica.

Los pájaros (1962), de Alfred Hitchcock

No son los muertos vivientes los que se propagan como una indiferenciada masa vírica agresiva, reflejo de nuestro tiempo, sino las bolsas de plástico. Como en la magistral The birds (Los pájaros, 1963) de Alfred Hitchcock, no es necesaria una explicación: las acciones de los personajes son elocuentes. En aquel caso la actitud de Melanie (Tippi Hedren), caprichosa e inconsciente, y en este caso la de Agatha (con la voz de Anne Steffens), de treinta y nueve años, en conflicto con su novio Marc-Antoine (con la voz de Damien Bonnard), con el que acaba de romper, pero con el que pretende reconciliarse, aunque más bien, o ante todo, porque quiere tener un hijo. No deja de ser significativo que el espacio, en la costa de Marsella, donde se ubica la discoteca en la que trabaja Marc-Antoine se asemeje a un bunker. Mientras las bolsas comienzan su ataque Agatha sólo se preocupa de su discusión con Marc-Antoine, aunque a su alrededor el resto de presentes estén siendo asfixiados por las bolsas de plástico, y al mismo Marc-Antoine haya apresado uno de sus pies una de esas bolsas.

Agatha se desplaza por la realidad como un bunker. Tiene puesto el piloto automático en lo único que le importa, lo que constituye su realidad, ajena a lo que pasa alrededor, porque lo importante es lo que le afecta a ella, la reconciliación con Marc-Antoine, con el que había roto, porque una trabajaba de día y el otro de noche y eso complicaba sobremanera la relación, pero no importa porque lo que quiere es tener un hijo, y qué más da que al resto del mundo lo esté aniquilando unas bolsas de plástico. Estas importan sólo si se interponen en la materialización de su propósito. Quiere ser fecundada aunque Marc-Antoine se esté contorsionando de dolor porque una bolsa de plástico se está fusionando con su piel. Su perspectiva sólo ve ángeles donde no hay sino bolsas de plástico, lo que define su enajenación, o la nuestra, porque este estimulante y corrosivo relato de horror, cargado de mordacidad, que suscita la sonrisa por su aguda ironía, refleja esa catástrofe en proceso de la que no queremos asumir que somos colaboradores porque estamos cegados por la bolsa de plástico que tan cómoda nos hace esa vida cuyo horizonte termina en el mismo plástico.

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