Cargando contenidos…
{"ads":[],"mobile_ads":"Y"}

Léthé

Dentro de la mitología griega, el Lete es uno de los ríos del Hades, el río del olvido en el que beben las almas antes de ser reencarnadas de nuevo, perdiendo toda memoria de lo que antes fueron. Si bien este mito ha pervivido con cierta frecuencia en la historia de la cultura, apareciendo referenciado en Shakespeare, Baudelaire, Platón, Keats o Borges, entre muchos otros, el cortometraje Léthé, de la georgiana Dea Kulumbegashvili es sin duda una de las más inspiradas revisitaciones que se han realizado sobre este motivo; una obra rotunda y bella que desde una sencillez tremendamente engañosa invita a pensar y repensar una y otra vez en su contenido.

Este segundo trabajo de Kulumbegashvili se estrenó en el marco de la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes, la selección de cortos más interesante de las que acogió este año el festival galo. Desde entonces, Léthé ha transitado por certámenes del prestigio de Vila do Conde, Guanajuato, Thesalonika o Curtocircuito.

9ape40r74ipmcdb8gsa50i4i9_01

Rodado en 35mm. en un elegantísimo blanco y negro, la directora hace reposar toda la película sobre unos pocos planos-secuencia que se muestran en muchos casos unos auténticos tableaux vivants panorámicos, por los que la cámara transita con cierta sensación furtiva para ir metiéndose poco a poco en la distancia corta de los personajes.

La (aparente) economía de planos y secuencias se prolonga en los escenarios que acogen la historia: apenas un río, un bosque, una pradera y una casa abandonada. Unos espacios ambiguos, anónimos, que como los personajes se ubican en una época indeterminada, aunque algunos elementos denoten cierta contemporaneidad, pero que desde el principio nos quieren indicar que se sitúan más en un plano simbólico que el real: un territorio casi ensoñado, evanescente, camino de ese olvido que va a ser el leit motiv que late sobre toda la pieza.

3epnjdq87joz19o4702r7t04y_01

Léthé arranca con la cámara parapetada entre las ramas y los arbustos, siguiendo a un anciano a caballo, un personaje enajenado que lamenta los horrores vividos en el pasado: la guerra, el hambre, la crueldad, el dolor… acontecimientos de un pasado que en su presente ya no recuerdan las generaciones más jóvenes. De un salto, Kulumbegashvili fija nuestra atención en un grupo de jóvenes, en especial de una chica, a quienes seguiremos hasta casi el final de la historia.

Lejos de la locura del viejo, los jóvenes tratan de integrarse en el día de fiesta al que se abandonan sus padres. Errantes y desplazados, los adolescentes apenas tienen cabida en los juegos y deportes que centran la celebración. Los adultos se muestran absortos en su ritual popular de peleas y carreras de caballos, abandonados a un despreocupado hedonismo campestre en el que ya no quedan ecos del traumático pasado del anciano, al igual que tampoco prestan atención a las dudas, los miedos y los deseos de los chavales.

31t0e5uj419mhko9nqfwf4gau_01

Incapaces de compartir la fiesta, los jóvenes organizan su propio juego, un juego de la gallina ciega en el interior de una casa abandonada, donde nuestra protagonista desempeña el papel central. Poco a poco todos sus compañeros se van marchando de la casa y ella vaga ciega por las estancias hasta encontrar a un chico que intenta besarla y termina casi violándola. Todo seguido por los jóvenes y ajeno a los adultos.

En un último movimiento, el más deslumbrante plano del film, la cámara sigue de nuevo a los chicos en el exterior, hasta las orillas de este simbólico río del olvido, donde Kulumbegashvili recupera al anciano. Detenido en medio del bosque, hace dudar al espectador de si lo visto ha sido real o es parte de un recuerdo. Los niños y el anciano se pierden entonces en la bruma del río.

069wtx1r6fy85621z6xlu0vht_01

Léthé hace gala de un lenguaje poético y simbólico para trasladarnos esta historia que entraña muchos matices en su sencillez y brevedad. La locura y el olvido, los traumas y el deseo, la pérdida de la inocencia y el descubrimiento de la brutalidad, la despreocupación y la ceguera, la casa vacía y el río del olvido… metáforas que se suceden una tras otra con suma naturalidad sin necesidad apenas de montaje. La cámara fluye por los escenarios y entre los personajes sin necesidad de recurrir al corte, como si tratase de escenificar un río de pensamientos y recuerdos.

En esta suprema sencillez, con una elegancia poco habitual y un gran sentido visual, Kulumbegashvili nos entrega uno de los cortos más sorprendentes de la temporada, clásico y moderno a la vez, atemporal como un mito y eficaz como un cuento trágico.

All comments (0)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Theme developed by TouchSize - Premium WordPress Themes and Websites
X