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Limbo

Presentado a nivel mundial en la Semana de la Crítica en Cannes, Limbo no es, sin duda, un trabajo fácil, concebido para acaparar el aplauso del público. Ni falta que le hace. Konstantina Kotzamani, nominada en la pasada edición de los premios del cine europeo con su anterior cortometraje Washingtonia, tiene claro que otros son sus intereses, y creo, sinceramente, que los logra con especial facilidad.

Si en la película The others/Los otros de Amenábar, el personaje interpretado por Nicole Kidman alentaba a sus hijos a decir siempre la verdad, alertándolos de la existencia de ese horrible lugar donde irían a parar los niños que mueren sin haber sido bautizados, la realizadora griega, por su parte, nos lo muestra en toda su crudeza y se atreve a violentar nuestra mirada para introducirnos sin ningún tipo de miramiento en ese paraje de la mitología cristiana.

Así se nos muestra ya desde el inicio de la obra. En una de sus primeras escenas, un grupo de niños juega al atardecer en una extraña playa. Hasta ahí llega la normalidad entendida como costumbre. A partir de ese momento, el cortometraje no cesará de zarandear al espectador a través de suposiciones más que de certezas, acercándole al miedo y la crueldad que pueblan el lugar.

Limbo

Si bien Limbo remite en un primer momento a experiencias fílmicas anteriores como Lord of the flies (El señor de las moscas) (1962) de Peter Brook, o esa otra pieza de terror de los años ochenta salida de la prolífica mente del escritor Stephen King Children of the corn (Los chicos del maíz), 1984, Fritz Kiersch), las diferencias entre ellas son notables tanto a nivel formal como en la esencia e intención de lo narrado. De hecho, recuerda más al mundo de los hermanos Strugatski en su libro Picnic al borde del camino y a Stalker (1979), su adaptación cinematográfica de la mano de Andrei Tarkovski. No en vano, el director ruso mostraba una atracción manifiesta en sus películas hacia el agua, elemento dominante en la propuesta que nos ocupa.

Protagonizada exclusivamente por actores infantiles, como no podía ser de otra manera, destacan dos elementos con especial capacidad de perturbación: el primero es el niño-fantasma, que provocará la espiral de temor y violencia implícita en la obra y será el desencadenante del comportamiento del grupo.

El segundo es el inmenso animal varado en algún lugar de la arena, cuya sombra planea espectral por todo el relato, y no es sino hasta el final del mismo que se nos muestra, constatando de forma definitiva la naturaleza del lugar en que nos encontramos, de forma quizás análoga a aquella escena de la película Leviathan (2014) del director ruso Andrei Zvyagintsev.

Aparte de la referencia católica que implica el propio título del corto, el trabajo de Konstantina está plagado de otras señales religiosas. No es casualidad que doce sea el número de niños, como los doce apóstoles, y que el niño fantasma quede excluido de ese número bíblico que representa una estructura completa y equilibrada que su presencia pone en peligro.

Limbo

Tampoco lo son las palabras que escuchamos pertenecientes al libro de Isaías 11:6 que conducirán al desenlace final: «El leopardo yacerá con la cabra…los lobos vivirán con los corderos…y el niño los guiará».

Mientras la noche estrellada da paso a un nuevo amanecer, se produce un último lamento, un grito que no proviene de quién esperábamos, tal vez porque los asuntos de ese remoto lugar no pueden explicarse con nociones hechas para los vivos.

Inquietantes son esos planos fijos en los que los personajes aparecen y desaparecen, y sin embargo, a veces, la cámara toma partido en la historia, en los momentos de mayor tensión dramática, y acompaña, ondulante, el movimiento de los niños en la acción.

Acertado igualmente resulta el empleo de elementos sonoros. No hay música posible en el limbo. Sólo una amalgama de sonidos, naturales en su mayoría, que profundizan en el relato y amplifican ese hipotético cosmos situado entre la vida y la muerte.

Obra críptica y metafórica, tal vez en exceso, sí, pero igualmente fascinante, dotada de una estética impecable de silencios, susurros y miradas. Limbo se antoja un mal sueño, una pesadilla de la cual despertamos sin aliento, sobresaltados, y por cuyo recuerdo no logramos volver a conciliar el sueño.

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