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Matka

Director: Lukasz Ostalski | Año: 2013 | Nacionalidad: Polonia

¿Cómo meterlo todo en un cortometraje? ¿Cómo tratar la crisis económica y moral, la corrupción política, la devoción materno-filial, las respuestas emocionales ante una situación estresante y desesperada? ¿Cómo hacer un thriller, y un drama familiar, y un film de denuncia, y un corto independiente, casi de autor? ¿Cabe todo esto, y puede que algo más, en una sola obra? Cierto que el polaco Lukasz Ostalski ha necesitado media hora, apurando al límite las fronteras convencionales (y por supuesto que más que discutibles) que habitualmente nos imponemos a la hora de otorgar la etiqueta de cortometraje, para condensar en una pieza sólida y estatutaria todas estas cosas. Pero media hora que transcurre como un suspiro y de la que se sale con la absoluta convicción de haber asistido a la destilación precisa del concepto prototípico del cortometraje europeo.

Todo aquí está perfectamente orquestado y medido. Cada elemento suma al conjunto aportando un matiz más a la descripción de una familia de éxito social, que presenta al mismo tiempo todas y cada una de las facetas reprobables y reprochables que también les puede caracterizar. La generalización conduce al maniqueísmo, y Matka lo es en algún momento, no tanto por la aparición de tópicos, como por su acumulación. Sin embargo, son tópicos que se superponen con dos funciones, la de construir una historia cercana y creíble, y la de querer trascender al episodio íntimo para denunciar una característica fundamental de un universo, el del poder, al que el común de los mortales sólo podemos intuir de forma kantiana, es decir, por aproximaciones intuitivas a partir de generalidades. Y esa característica es la hipocresía.

Matka

Con un título tan explícito («Matka» significa «Madre» en polaco), no hace falta insistir en que los sentimientos maternales son los que priman en esta historia. La madre en cuestión es una política de mediana edad de gran influencia en el país, que no atraviesa sus mejores momentos. La acusación de corrupción que pesa sobre ella se mantiene como un significativo telón de fondo que nos da la posibilidad de contrastar sus dos caras y no perder nunca la referencia de su personalidad por mucho que la situación que se va a encontrar en su casa le arrastre a descubrirnos su lado más mundano. En medio del estallido mediático de sus chanchullos, recibe la llamada de su hija reclamándola inmediatamente en casa, una moderna mansión a orillas de un precioso lago con embarcadero privado incluido.

Una vez allí se encuentra a su hijo menor, un treintañero acomodado a la vida cómoda y habituado a las evasiones químicas, al borde de la sobredosis. Percance que apenas pasaría de un susto para una madre de la que intuimos que se ha preocupado más de medrar social y políticamente que de consolidar la familia (al padre ni se le menciona), de no ser por la sorpresa que les aguarda a las dos mujeres en el cuarto de baño, donde yace muerta y con signos de salvaje violencia, una joven desconocida. El hijo asegura no acordarse de nada ni conocer a la chica. En momentos como este, las decisiones han de tomarse rápido y el primer sentimiento de cualquier madre es la protección, así que, aceptando el soborno que su hija le exige por su colaboración, la familia, por una vez unida, se pone manos a la obra para hacer desaparecer el cuerpo. Pero a medida que transcurre la jornada, los sucesos se van interiorizando, razonando. Nuevas revelaciones surgen y con ellas nuevas posturas.

Matka

Matka va saltando así del thriller a la tragedia, alternativamente, impidiendo que la historia se empantane y que vaya anidando en el seno de la protagonista (una estupenda encarnación por parte de Danuta Stenka, soberbia en todo momento) el sentimiento de culpabilidad que al final del todo aflorará en la bella secuencia final en la que madre e hijo luchan en el cañaveral, empantanados hasta las rodillas en un final lírico trágico que emparenta con la mejor tradición del cine negro clásico.

No podemos olvidar que pese a su vinculación con la modernidad que asoma en la cámara en mano, en el uso de las elipsis, en la visceralidad de ciertos momentos y su conexión con la realidad contemporánea a través del argumento y de la multiplicación de dispositivos que revelan nuevas verdades que los personajes tratan de ocultar (televisión, cámaras, teléfonos móviles…), Matka está fuertemente anclado a las estructuras clásicas y su sujeción a ellas le garantiza una extraordinaria solidez narrativa y emocional. Su fluir es modélico, y tal vez por ello menos sorprendente, pero de una precisión asombrosa a la hora de dar dimensión a la tragedia y de abrir las vías para que el espectador escale por la historia familiar hasta lugares más universales.

Matka

Volviendo al principio, Matka triunfa a la hora de armonizar todas estas cuestiones y denunciar un estado de ruina moral que subyace a la económica, sin poder prescindir de los arraigos católicos de la cultura polaca, aunque al respecto hay que decir que este canon está muy instalado en la sociedad y en las obras que produce, y no choca en un caso como este, retrato de las miserias íntimas de una política conservadora. Porque no es tanto la dejadez de sus responsabilidades tradicionales como madre y el hecho de asumir roles más masculinos lo que se pone en primer término como causante de todos los conflictos, sino el haber traicionado todo aquello que se supone que uno defiende, de haberse dejado seducir por el poder y la ambición, abandonando a aquellos que permanecen bajo su cuidado y protección. Se podrá decir que esta postura es moralizante; puede ser. Pero es que está mal desfalcar dinero público y encubrir el asesinato que ha cometido tu hijo, aunque ambos sentimientos puedan entenderse como muy humanos.

Un último apunte lo merece la sobria manera en que Lukasz Ostalski acomete la historia; que nadie deje de percatarse que casi todo ocurre entre tres personajes en el entorno de una casa sin que nada resulte claustrofóbico, teatral o monótono. El director se permite pocos subrayados, colocando antes la mirada en la actuación que el encuadre estético y demostrando su conocimiento de los procesos del noir clásico a los que suma la agilidad y la sequedad del más actual. No estamos ante un ejercicio de renovación, pero tampoco ante un capricho revivalista. Matka bebe de las fuentes clásicas hasta saberse firme, depurando todo lo superfluo sin caer en esquematismos, y sellando un compromiso realista que se ve apoyado en un elegante y discreto trabajo de fotografía de tonos fríos y apagados.

Distribuido por Krakow Film Foundation

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