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Onder ons

Director: Guido Hendricx | Año: 2014 | Nacionalidad: Países Bajos

El holandés Guido Hendricx ya había dado muestras de una mirada despierta con Escort (2013), una contundente visión de la Dutch Boarder Patrol, cuerpo de seguridad encargado de escoltar a los inmigrantes cuya petición de asilo político ha sido rechazada, de modo que no cabe otra opción que deportarlos. Estremecía el contraste entre las buenas intenciones de los miembros del cuerpo, conscientes de que debían actuar con tanta amabilidad como firmeza. y la inutilidad de las mismas: aun con las mejores maneras, la expulsión de los inmigrantes era una auténtica salvajada, ya que su destino más probable era el hambre, la cárcel o la condena a muerte.

La nueva propuesta de Hendricx supone un paso de gigante. Onder ons, obra realizada en el seno de la Nederlandse Filmacademie y que ya comentamos brevemente en nuestra reseña sobre el Labo, tiene todas las papeletas para convertirse en un punto de referencia sobre una temática tan difícil como la pederastia. Esta disfruta de algunos antecedentes más o menos recientes de gran altura, como el cortometraje Dit is Ronald (Jules Comes, Bélgica, 2012) o el sensacional largometraje Capturing the Friedmans (Andrew Jarecki, EEUU, 2003), pero, en cualquier caso, la energía y convicción de esta obra holandesa borra de un plumazo todos aquellos trabajos simplones, insuficientes, reductores y, de algún modo, reaccionarios que se han realizado sobre el mismo.

Onder ons

A Onder ons le bastaría con ser un sencillo documental de entrevistas para situarse en la cima del tema que aborda. Pocas veces se habrán escuchado confesiones sobre la pedofilia tan lúcidas como las que Hendricx extrae de sus tres protagonistas (que, por razones de lo más comprensible, jamás aparecen en pantalla, y sólo son identificados con su nombre de pila). Declaraciones que revelan el sufrimiento interior y el autodestierro social de tres personas, presumiblemente jóvenes, que experimentan una evidente pulsión sexual por los niños. Los tres hablan con una delicadeza y una dignidad extraordinarias, conmovedoras, y Hendricx, que jamás se permite juzgarles, deja la puerta abierta al espectador para que sienta respeto y hasta simpatía por ellos.

Los personajes no hablan de su pulsión como algo bueno o malo, natural o perverso: simplemente, es lo que es. Saben que la pulsión no es punible en sí, sólo lo es el acto, pero también que es extremadamente difícil establecer los límites entre pulsión y acto (“¿Cuántos segundos puedo mirar a un niño?”, se pregunta uno de ellos). Y no están dispuestos a caer en la trampa de la autoinculpación: aun con todos los tormentos y dificultades que imaginarse cabe, uno de ellos concluye que es consciente de que tendrá que reprimir su inclinación sexual para el resto de sus días, pero que, si tuviera la oportunidad de deshacerse de esa inclinación, no querría hacerlo. Sería como renunciar a una parte esencial de su identidad.

Hay muchas más revelaciones de excepción (sobre todo, vivencias personales en los colegios, o en el verano), pero espacio obliga, y va siendo hora de hablar de imágenes. Porque lo que decididamente transforma a Onder ons en uno de los mejores documentales del año es su formidable tratamiento visual, a través del cual el discurso de Hendricx alcanza una notable dimensión poética y una sorprendente riqueza de significados.

Onder ons

¿Cómo traducir en imágenes lo que pueden sentir estos personajes forzadamente anónimos? ¿Y cómo transmitir, a la vez, un punto de vista propio? La resolución de Hendricx es modélica e inesperada: no es el tema, es la manera de mostrarlo. Todas las escenas de Onder ons están grabadas en un blanco y negro gélido, invernal, y casi todo avanza a cámara no ya lenta, sino ceremoniosa. Una decisión estética que confiere a las imágenes una textura de continua extrañeza, complementada con una música electrónica de considerable turbiedad.

Esa textura revela inmejorablemente los sentimientos encontrados de los personajes. Por ejemplo: mientras uno de ellos narra el descubrimiento de su sentimiento amoroso hacia un niño, Hendricx muestra un campo justo en el momento del amanecer. Un plano hermoso que es a la vez día y noche, que transmite una serena felicidad pero también un misterioso escalofrío. O una escena similar en la que vemos las olas del mar rompiendo: como en cualquier película romántica, las olas transmiten toda la vitalidad de la pasión amorosa, pero el b/n ralentí subraya la imposibilidad de manifestar esa pasión, condenada al exilio interior.

Hendricx graba escenas cotidianas en el entorno de colegios e institutos, y lo hace a través de largos travellings que recorren aulas de niños y adolescentes, salidas de la escuela y hasta una manifestación antipedofilia. Observa a cierta distancia o a través de las ventanas, potenciando esa sensación de extrañamiento. Pero al holandés no le interesan las acciones ni el entorno, sino los rostros, sobre todo los de aquellos que miran a cámara. Son miradas que delatan rechazo, el que la pulsión pederasta inspira a esos seres que se autodenominan normales, pero al mismo tiempo miedo: como si la pulsión inconfesable ajena dejara al descubierto, de algún modo, pulsiones inconfesables propias.

Plano inicial de Onder ons. Una ciudad de noche, a lo lejos cientos de lucecitas procedentes de edificios, iluminando la oscuridad. La voz de uno de los personajes cuenta cómo, a los 16 años, descubrió que le gustaba un niño de ocho. Ese personaje podría ser una de esas lucecitas. Y, del mismo modo, en todas y cada una de esas lucecitas podría ocultarse un secreto distinto.

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