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Pude ver un puma

Director: Eduardo Williams (2011) Argentina |

Muy bien decía Albert Serra (El cant dels ocells, 2008) en una conferencia junto a Mariano Llinás (Historias extraordinarias, 2008), una característica sobre el nuevo cine argentino. Argumentaba la indiferencia, habitual en él, hacia las narrativas de estas cinematografías y su condición de ejercicio. Criticaba que todo el peso de la puesta en escena recayese en un juego sobre ésta, en un planteamiento original que llevaba hasta las últimas consecuencias el discurso fílmico de la película, basado plenamente en una apuesta formal. Lo diferenciaba, por lo tanto, de aquel cine interesado más en la búsqueda de la verdad, del accidente, del gesto; y no de la dialéctica más estricta, y a su vez, por qué no decirlo, vacía. El cortometraje Pude ver un puma entra perfectamente en el rechazo sentido de Albert Serra, pero no por ello deja de ser un filme interesante y a su vez magnético.

Pude ver un puma

Un viaje que va de la mano del teatro del absurdo, pero alejando su evidente teatralidad en una elección de espacios hiperrealistas. Los tejados de una ciudad, una ciudad en ruinas, un bosque en la noche… es sin duda su sentido del espacio y del uso de la figura humana lo que hace de Pude ver un puma una película fascinante. Rodada desde la aparente despreocupación, las imágenes con cámara en mano de Williams recuerdan la relación cámara-persona de Gomorra (Matteo Garrone 2008), y hacen del existir de sus jóvenes protagonistas, y de su estar en el deambular durante la duración del metraje, un acto trascendente. Sus diálogos, de un pedante digno del nuevo cine argentino, son una tonadilla, un hilo musical que hilvana el sinsentido tanto de la película como de la vida de los personajes; pero reconozco que puede llegar a irritar esta soberbia tan habitual en el cine argentino que oscila entre el Godard de los 60 y el Antonioni más iconoclasta. Una característica que, para gustos personales, anula parte de la brillantez de la propuesta en pos de una arrogancia implícita, pero que en el caso de un cortometraje de estudiante puede aceptarse y puede dejarse llevar por las múltiples cualidades de la película.

El formato cortometraje es idóneo para la naturaleza de una propuesta de este tipo, a diferencia de películas como Castro (Alejo Moguillansky, 2009), Historias extraordinarias (Mariano Llinás, 2008) u Ostende (Laura Citarella, 2011) -casualmente los tres cineastas amigos y socios de una productora-, cuyas ideas, como apuntaba Albert Serra, se agotan en la ausencia de búsqueda de algo más que el ejercicio. En Pude ver un puma no hay diferencia alguna con estas películas, salvo la duración del formato, que permite al espectador disfrutar plenamente de los 18 minutos del metraje. Es un juego, y como jugar es divertido, el dicho se hace presente en el si es bueno y breve, dos veces bueno. Suena a chiquillada, lo sé, pero el propio cine que asistimos implica un sentimiento infantil: el de dejarse llevar, el del disfrutar del experimento y del devenir dentro de las reglas planteadas por el director. El problema que le encuentro es que el mismo director, de una forma elíptica, me hace percibir que la propia película siente que va más allá del juego, y es entonces cuando mis esquemas y criterios bloquean el goce. Durante 18 minutos acepto una pretenciosidad en pos de la calidad existente, que en duraciones superiores rechazaría sistemáticamente. El corto formato permite en su menos ser más a una película que es exactamente lo que debe ser.

Pude ver un puma

Asisitimos, por lo tanto, al nacimiento de nuevo cineasta, no cabe duda en ello. La cuestión radica en las virtudes y defectos de su primera aproximación al público. ¿Es Pude ver un puma la semilla de una marca personal, o simplemente la copia de una corriente? Si el caso es el primero, esperemos que lo magnético del filme se repita en propuestas más personales y con voluntad de llevarnos, como espectadores, a cotas algo más maduras y cinematográficas. Si es el segundo la incertidumbre es mayor. En momentos donde las nuevas cinematografías apoyan todo el peso en la narrativa sensible (basada en la experiencia de los sentidos), la ausencia de razón e intelecto del cine contemporáneo de los nuevos cineastas augura que Pude ver un puma sólo depara forma y no sustancia. Utilizo malévolamente, no voy a negarlo, Pude ver un puma como excusa tangencial del devenir del cine argentino, pero a su vez, he de confesar, que la calidad de la propuesta es palpable y que Eduardo Williams depara talento. Del futuro depende si hablamos de espejismo o de realidad. Por ahora la duda es la mejor crítica a un primer paso cinematográfico atractivo e interesante.

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