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Sequence

Director: Carles Torrens (2013) España- EEUU |

Los sueños, en general, tienen buena prensa. Se asocian con lo deseable, con lo que se aspira a hacer realidad. Son como una sala de espera, pero no la de un dentista. No imaginas tornos horadándote los dientes, sino la realidad como deseas que sea, y con quien deseas que sea. Son como un proyector de cine en la pantalla de tu mente que quisiera convertir la realidad en una secuencia de vivencias que se ajustaran al guión de los propios anhelos y deseos. Cuando te enamoras, anticipas en esa pantalla lo que quisieras que se hiciera realidad. Si la mujer que amas te dice que sueña contigo satisface una de tus ilusiones, parece que te corresponde, cuando menos estás en sus pensamientos. Que sueñe contigo parece indicar que aspira a que seas parte de su realidad, o que ya lo eres, protagonista de las secuencias de su vida. Si el mundo sueña contigo puede complacer tus ansias de protagonismo, pero quizás pestañees porque resulta algo anómalo que unos cuantos millones sueñen contigo a la vez. Como cuando entras en un establecimiento y te encuentras encañonado por un ladrón con el rostro cubierto por un pasamontañas. Ese proyector, esa mirada, la oscuridad del cañón de esa pistola que contiene una bala que puede triturar tu cerebro, quizá no sea lo que ansíes que se fije en ti. Hay protagonismos que, sin duda, no se desean. Hay sueños de los que mejor no ser protagonista.

Sequence

Algo de todo esto le ocurre a Billy (John Ashley), protagonista de Sequence, de Carles Torrens, cuando despierta una mañana, y la chica que ama se muestra poco receptiva a sus caricias. Más bien, se muestra temerosa. Ha soñado con él, pero no parece muy dispuesta a compartir cómo ha sido ese sueño. De hecho, su contacto le suscita repulsión, y prefiere alejarse lo más posible de él. Una extrañeza se asiente ya en la narración, como el sobresalto que suscita en el montaje, como un tajo, el brusco cambio de plano en medio de su fugaz conversación. Un primer plano del ojo de la novia, breve como un espasmo, una mirada recelosa, como si hubiera contemplado lo inconcebible. Y lo inconcebible resulta terrible, tanto que parece innombrable. O quizá con un escueto e indefinido ‘ello’ (‘You’re it’: ‘te toca’, pero también, literalmente, ‘tú eres ello’), como pone en el papel que Billy encuentra en el parabrisas de su coche. La mirada del mundo, no sólo de su novia, le contempla como una abominación. Todo el mundo ha soñado con él. Nadie parece querer decirle qué. Las miradas parecen a la defensiva, en guardia, prestas a calmar a quien puede tener un súbito arrebato, cuando no son como arcadas, o escupitajos de rechazo. Billy es el protagonista de la pantalla de la realidad, incluso sale en la televisiva, ya que su protagonismo en el sueño se ha propagado como una infección vírica en varios países. Ahora la realidad es un lugar donde puede encañonarle un ladrón con el rostro cubierto con un pasamontañas. Y así ocurre, de modo literal. Es una amenaza, y a la vez es vulnerable como nunca. Es como un virus, y a la vez la víctima de uno. Hoy puede ser Billy, y en la secuencia de mañana, puede ser su vecina, aquella que precisamente ha sido más agresiva con él. Es fácil cruzar el umbral, pasar de quien estigmatiza, de quien despliega su violencia, a ser el estigmatizado, el que padece la violencia. Es un virus muy incrustado en la realidad, en la sociedad. Es el reverso de los sueños, la sordidez de lo real. Se le podría llamar pesadilla. Pero cuando sientes que el puño ajeno atraviesa tus entrañas con saña entonces quizás adviertas que la virtualidad de los sueños y de las pesadillas no son nada comparadas con las secuencias con las que está tramada la virulenta ficción de la realidad. No sabes cuándo puedes ser el siguiente enfocado por el proyector del cañón de una pistola que porta un rostro cubierto por un pasamontañas. Aunque generalmente va descubierto, y se parece mucho a tu vecina. Quizá sea la realidad el mismo virus. Se ha producido una infección en su secuencia, y ahora es un bucle que cambia de protagonista, ahora uno es la abominación, o el puño que atraviesa las entrañas del otro. O, la incógnita, el que porta el pasamontañas.

Sequence

Rodaje de Sequence

Sequence, producción hispano-estadounidense, ha ganado el Primer Premio en el Festival de Cortometrajes de los Ángeles, el Premio Canal + en Clermont Ferrand, el Biznaga de plata-Premio especial del jurado en Málaga, el de Mejor obra de ficción en el Filmets de Badalona o, entre otros, varios premios del público, por ejemplo en la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián. Torrens vivió en Barcelona hasta los 18 años, trasladándose entonces a los Estados Unidos, en donde estudiaría producción cinematográfica en la Universidad Chapman, en California. Debutó en el largometraje con Emergo (2011), guionizada por Rodrigo Cortés. Lograba algunos momentos efectivos, pese a transitar lo que casi ha devenido en formulario, en los últimos años, en una de las vertientes más recurrentes del genero de terror, la que combina estilemas del documental (cámaras al hombro o de vigilancia; grabaciones caseras) con posesiones. Sequence, de entrada, resulta singular, y por añadidura, demuestra que Torrens domina una de las principales cualidades del cine fantástico, la extrañeza; transmitir la sensación del paso cambiado (de la mirada alterada), como si la realidad fuera un espacio anómalo, desacogedor. Un espacio sembrado de fisuras en el que lo posible puede acaecer, y del modo más amenazador. Se ha dicho que la vida es sueño, o la realidad un sueño dentro de un sueño. No dejan de ser interrogantes. Sequence es una interrogante que resulta tan estimulante como perturbadora.

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