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Skuggdjur

Jerry Carlsson | 2017 | Suecia

Por Óscar de Julián

“Pero ¿por qué es especial?”, pregunta angustiada la niña protagonista a uno de sus padres, cuando la invitada es ‘retirada’ discretamente de la fiesta por no haberse comportado exactamente como se esperaba. Tal vez sea la frase clave de esta inquietante historia: el problema no es que alguien sea distinto a los demás, el problema es que son los demás los que deciden quién es distinto y quién no.

Skuggdjur, último trabajo del veterano cortometrajista sueco Jerry Carlsson (seis cortos en su haber, y bien reconocidos), está llamando poderosamente la atención. No solo por los premios, que también: Premio del Público en Uppsala 2017, Premio Especial del Jurado y Premio Canal + en la Competición Internacional de Clermont 2018, y recientemente Premio Obliqua ex-aequo en el Mecal de Barcelona. Pero galardones aparte, lo cierto es que Skuggdjur prende. Se supone que su fuerza radica en su historia irracional y turbadora, pero, al menos a juicio de este cronista, no es esa la verdadera razón.

Una primera incursión en Skuggdjur induce a pensar que estamos ante un relato de los perezosamente llamados ‘surrealistas’, una especie de Buñuel en sueco: la visita de una niña a una fiesta en la que todos se comportan casi como autómatas, mientras una sombra parece acechar a la protagonista sin que nadie más que ella se percate de su presencia… Sin embargo, bastan unos pocos minutos para descubrir que Skuggdjur es, más bien, una alegoría de significado bastante definido. Así, en lo que respecta a su propuesta argumental, esta no sería más que la enésima fábula sobre la obsesión de la sociedad por aplastar la diferencia, o como decíamos, todo aquello que pueda ser interpretado como diferente.

Afortunadamente, Skuggdjur es mucho más que un argumento vistoso. Su autoridad estética no procede de su historia presuntamente surrealista, sino de la notable inspiración de su puesta en imágenes, la convicción que respiran todos y cada uno de sus elementos, y su atmósfera, esa sí, extraída de las pesadillas infantiles.

Jerry Carlsson ha trabajado en casting, y se nota para bien. El director ha sabido elegir no solo los mejores rostros sino las mejores miradas: la de la niña Ayla Turin, eternamente perpleja, aterrada ante la posibilidad de crecer, de convertirse en uno de ellos (es su mirada la que transforma la fiesta en un ritual grotesco, y la que nos sirve de punto de apoyo en ese universo enrarecido, aunque por desgracia nunca podremos identificarnos con ella: mal que nos pese, tenemos mucho más en común con los invitados que con la niña); la de la anfitriona, formidable Cecilia Milocco, que cada vez que insiste en que todo está bien nos hace temer por nuestras vidas; y la de los restantes personajes, cuyas expresiones afables, sonrientes y urbanísimas transmiten inmejorablemente un profundo acojono.

Si les contáramos que los invitados bailan un extraño ballet andino como si fueran flamencos apareándose, probablemente les vendrían a la mente imágenes un tanto chuscas. Pero el ballet resulta sorprendentemente amenazador, no solo por la perfección con la que está ejecutado y realizado, sino porque forma parte de una coreografía brillante y llena de sentido que recorre todo el relato: en Skuggdjur los gestos de los personajes son grotescos e inmotivados, y cada gesto parece querer comunicar un aviso, un grito de auxilio… o una amenaza. Sobre todo cuando la que gesticula es la anfitriona, probable pariente cercana de la señora Danvers. Aunque más que a Hitchcock, Skuggdjur parece invocar a muchos otros nombres: a Ferreri, a Losey, al Pasolini de Teorema, a la ciencia-ficción británica de los 70, a La invitación de Karyn Kusama, a Lanthimos.

Skuggdjur significa ‘Animales de sombra’, y en efecto, los invitados a la fiesta parecen huir de la sombra porque ellos mismos no son tanto personas como sombras de las mismas. No es extraño que la fiesta esté rodada no ya como un velatorio, sino como una secta de fantasmas, eso sí, bien educados. Como percibe la niña, todo es real pero no es real: los invitados conversan con una lentitud lynchiana; comen, beben, se mueven como ‘cyborgs’ semiestropeados; hacen cosas extrañas en habitaciones y sótanos, cosas que no llegamos a ver, pero que nos aterran con solo escuchar el sonido de una lavadora… En Skuggdjur, Jerry Carlsson consigue que el eterno discurso de la diferencia parezca nuevo, que las imágenes de siempre parezcan nuevas, que el terror parezca nuevo. Algunas personas lo llaman estilo.

 

 

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