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Sweet temptation

A pesar de la globalización y las maravillas de las nuevas tecnologías aplicadas a las telecomunicaciones, o quizás precisamente por la saturación de contenidos en que vivimos inmersos, las cinematografías periféricas han sido y siguen siendo grandes desconocidas para el público general (e incluso para buena parte de los aficionados más acérrimos). Un status quo salvado de cuando en cuando por la explosión de una tendencia que durante un tiempo coloca en primer plano un grupo de obras y autores procedentes de latitudes remotas, exóticas o directamente marginales. Con todo, estos fenómenos de la moda no llegan a traspasar realmente ciertos ámbitos; y para qué engañarnos, todo lo alejado del mainstream (comercial y geográfico) nunca dejará de ser periférico.

Esta reflexión me asalta al enfrentarme a un cortometraje procedente de una cinematografía, la surcoreana, que en los últimos años ha sido bastante fecunda, pero que al margen de algunos títulos surgidos al rebufo de la moda del terror oriental, apenas ha tenido una transcendencia en occidente fuera del territorio festivalero. Esto, hablando de largometrajes; si nos referimos a cortos, hay que convenir que son muy pocas las obras orientales que se cuelan en las programaciones consiguiendo destacar, por mucho que el continente sea muy prolífico en producción y certámenes.

Sweet temptation

Sweet temptation (Jeong Han-Jin, Corea del Sur 2013) parecía ser uno de esos cortos llamados a traspasar esta incierta barrera geográfica y cultural después de hacerse con el Premio al Mejor Corto en el Jeonju International Film Festival, el certamen surcoreano más representativo. Sin embargo, no ha sido así, y parece que por el momento este ha sido el único mérito recogido por un corto apenas visto fuera de sus fronteras.

Según empieza, podrían entenderse las razones que motivan esta circunstancia. El naturalismo poco enfático de los primeros planos, la limpieza del montaje y los primeros pasos de la trama no anticipan nada extraordinario, sino algo más bien cotidiano; una historia simple de construcción clásica, centrada en la relación entre una madre separada y su hijo, en la que podemos adivinar una querencia hacia lo sentimental y lo dulce, que se sabe capaz de agradar a un público general no excesivamente exigente. Y en esencia, Sweet temptation es exactamente eso; pero si nos despojamos de ciertos prejuicios, Jeong Han-Jin nos termina atrapando en su propuesta hasta que, sin darnos cuenta, nos vemos conmovidos por la sencillez y pulcritud con que su personaje central y su peripecia nos han ganado.

Este personaje es un niño de alrededor de 10 años al que apenas dos pinceladas bastan para describir. Vive con su madre, una convencida y paciente vegana radical que cultiva los alimentos que los dos consumen siempre crudos. Nuestro protagonista no se había planteado nunca este estricto estilo de vida hasta este momento; para él se trataba de una realidad tácita que ha conocido desde siempre. Sin embargo, este hábito alimenticio le ha venido transformando en un pequeño outsider en el colegio, pues el resto de los niños consumen otro tipo de alimentos prohibidos, dotados de sabores, aromas y texturas tan desconocidos como llamativos para él.

Su única amiga es una niña que a pesar de no compartir su dieta, tampoco le juzga en exceso. Mitad ingenuidad, mitad curiosidad, la niña supone para el chaval un quiebro en su punto de vista único. Por primera vez comienza a tener interés en elementos ajenos al universo materno, lo que conlleva una serie de nuevas sensaciones, miedos y deseos, capaces de despertar en su interior un mar de dudas que llegan a un punto culminante cuando la chica le regala una caja de bombones, un alimento que por supuesto nunca ha probado.

Sweet temptation

Sweet temptation fluye tranquilo pero consciente y decidido en la descripción metafórica del despertar a una nueva etapa de la vida, relatando el momento en que el niño se vuelve chaval y se rebela como un ser autónomo y proposicional, no sólo ya capaz de tomar algunas decisiones por su cuenta, sino también capaz de hacer interpretaciones sobre la realidad y el pasado, y tener un punto de vista propio que no necesariamente coincide con el de su progenitora.

Sin llegar a caer en sentimentalismos melodramáticos, Jeong Han-Jin nos ilustra este proceso con ternura, sensibilidad y cierto aire ético/filosófico, además de algún toque humorístico siempre pegado a los sabores (sean estos picantes o dulces). Las reflexiones puestas en boca de los niños nunca son manidas ni anacrónicas (algo muy habitual en muchas ocasiones), y todo el universo es capaz de explicarse en función a tres personajes y su relación con los sabores y los alimentos; aunque todos sabemos que en el fondo no estamos hablando únicamente de comida.

Sweet temptation

La sencillez expositiva prima por encima de todo en este trabajo. La metáfora no es elaborada y las actuaciones tampoco quieren escapar de un estilo realista, aunque la elegancia de la puesta en escena no esconde tampoco su suave estilización. El director tiene en sus manos una historia sencilla y agradable a la que procura sacar el mayor partido posible sin contaminarla con rasgos estilísticos acentuados. Posiblemente esto le pueda hacer restar puntos ante un espectador más sofisticado que prefiera propuestas en las que se le busquen más de tres pies al gato, bien en los visual, bien en lo narrativo. Jeong Han-Jin no aspira a eso. Juega sus cartas limpiamente sin mayores pretensiones, y consigue ser cercano sin ser costumbrista; ser trascendente sin pedanterías. Y si me apuran, comercial, sin caer en banalidades.

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