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The Claustrum

Director: Jay Rosenblatt (2014) EEUU |

¿Necesitamos los límites? ¿Podemos vivir armoniosamente sin su refugio?. ¿No son cercos? ¿No son impedimento para la mirada exploradora, la mirada ávida de conocimiento? Nos gestan en un útero, y tendemos en nuestra singladura social a instituir claustros de vida, pero los claustros son, a la vez, refugio y prisión. Los límites dotan de certidumbre, por eso somos criatura que necesita controlar. Mediante los límites se establecen distancias, fronteras, peajes, contraseñas de acceso, códigos de circulación, rutinas. ¿Quizá por eso tiende el ser humano al conflicto con uno mismo y los demás, porque se siente entremedias, porque nunca podrá controlar el flujo de la realidad y siempre estará expuesto a la incertidumbre? ¿Sabemos vivir sin límites?

Bigger than life

Bigger than life (1956), de Nicholas Ray

Al cineasta estadounidense Jay Rosenblatt le interesa particularmente la fragilidad, es la mirada que se interroga, la mirada herida, la mirada que tiembla, la mirada que da los primeros pasos como un bebé, la mirada que siente la intemperie de lo real y aún no cerca la realidad con el instinto territorial. A Jay Rosenblatt, como a Chris Marker, le interesa la recolección. Recolecta sobre todo imágenes de la década de los cincuenta, la década en la que se gestó, la década en la que dio los primeros pasos, la década en la que todo parecía definido, en la realidad y en la pantalla, hasta que falleció su hermano con siete años, y se confrontó a los abismos y la intemperie de la fragilidad, y comprendió que, incluso, en la pantalla nada estaba tan definido como parecía. Lo entrevió en los temblores de James Mason ante el espejo en Bigger than life (Más poderoso que la vida, 1956), de Nicholas Ray, o en la desesperación del niño en la atracción de feria que no se detiene mientras observa cómo su padre se estrella con su avión, en The tarnished angels (Ángeles sin brillo, 1956), de Douglas Sirk. Rosenblatt refleja esa fractura, y teje un relato fantasmal, coordenadas de nexos seccionados que alumbran conexiones en ese extraño firmamento donde colisionan las ficciones y lo real, nuestra mente.

El vacío de los límites, el claustro, y el firmamento de lo posible. Las primeras imágenes de The Claustrum (2014) pueden corresponder a un detalle del interior de nuestra mente, como a un firmamento. En el prólogo, la voz narradora nos habla de un relato de C.S Lewis en el que un científico es secuestrado por unos científicos megalómanos que pretenden explotar mundos extraterrestres. Su visión es la de los límites. Piensa que la tierra simplemente se sostiene sobre el vacío, como la propia realidad, como la propia vida. No hay transcendencia, sino sinsentido. El viaje supone un desafío para esa mirada que sólo advertía los barrotes de diferentes prisiones: Asume que existe lo posible, por lo tanto, el asombro, la mirada que gesta, la mirada que descubre. Tras un prólogo que parece impulsarse hacia el infinito, un bisturí penetra en un cerebro, lo abre. Hay límites, los biológicos, los visibles de la materia del cerebro, los claustros de una vida de repeticiones, segura, estable, en la que todo está en su sitio. Pero se abre la brecha de lo posible con la imaginación, con lo no visible.

The claustrum

La narración se desplegará en tres capítulos o lóbulos, tres casos psiquiátricos de mujeres en conflicto en su enclaustramiento mental. Una mujer asfixiada por su madre, otra que pierde el rumbo tras que su esposo la abandone, otra, poetisa, que siente que el mundo absorbe y anula su creatividad, su voz propia. La primera crea un universo sofá en el que intenta encontrar su refugio en esa realidad que siente inhóspita, hostil; se repliega en un mundo de pantallas, los programas de televisión. Su imaginación se despliega hacia lo que sueña, pero sin lograr abandonar esos límites que provocan su cortocircuito, como si no supiera desembarazarse de lo que la aprisiona, o necesitara un mínimo refugio, un mundo sofá en el que sentirse inmune. Su imaginación se expande en los territorios de la sensualidad, de la embriaguez de los sentidos, y algo parecido le sucede al segundo caso. Pero ambas colisionan con una incapacidad de saber vivir ese desbordamiento exuberante sin límites, donde se destierran los nombres y lo real es derroche. Una se pregunta cómo te puedes saciar si siempre querrás más, por lo que te sentirás prisionera en un bucle de insatisfacción permanente, y la otra se queda atrapada en el cepo de las imágenes múltiples que alimentan su onanismo, porque las fantasías excitan pero no decepcionan. En el tercer caso se busca esa complacencia de una realidad que haga sentir, de nuevo, que se es un bebé amamantado por una realidad que no es hostil ni absorbente, sino generosa, mullida. Una realidad que haga sentir que se puede abrir la mirada hacia afuera, con seguridad, sin amenazas, y cultivar el asombro. Atreverse a saltar en aquella fisura oscura en el decorado en la que Truman desaparecía para aparecer con su mirada propia, más allá de los límites de vida diseñada y guionizada que eran refugio y prisión, en The Truman Show (El show de Truman, 1998), de Peter Weir. En algunas de las imágenes, unas mujeres bailan, y un colibrí revolotea en cámara lenta, la febrilidad conjugada y armonizada con la lentitud. En The curious case of Benjamin Button (El curioso caso de Benjamin Button, 2008), de David Fincher, el febril aleteo del colibrí condensaba esa condición paradójica de la vida escindida y oscilante entre el momento que es efímero y la búsqueda del logro del momento pleno, el jubiloso aleteo que desafía los límites.

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