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The dark, Krystle

Director: Michael Robinson (2013) EEUU |

Desde cierto ángulo, la vida se podría considerar como una sucesión, en forma de bucle, de un reducido repertorio de gestos. Te dices, no, no está tan oscuro. Y desde la pantalla (porque eso que llamamos realidad es una pantalla aunque no lo parezca) te responde con una perversa sonrisa el semblante ensangrentado del agente Cooper (Kyle McLachlan), tras estrellar su cabeza contra el espejo en el más contundente plano final que ha deparado una serie televisiva. Lo siento, te decían en ese último plano de la insigne Twin Peaks (1990-1991), creada por David Lynch y Mark Frost: no tienes escapatoria, el fuego caminará siempre contigo, aunque no lo vislumbres, o lo niegues. Vives en un bucle y el mañana es hoy y ayer. Además, vives en un repertorio, de baja estofa incluso, tan baja que se parece a un culebrón.

Twin Peaks

Twin Peaks (1990-1991), de David Lynch y Mark Frost

Pongamos que se llama Dinasty (Dinastía, Richard y Esther Shapiro, 1981-1989), para que al menos el decorado y la iluminación transmitan suntuosidad, y el espejo te devuelve la mirada y son lágrimas que no cesan de caer porque no hay manera de escapar del fuego de la repetición, a no ser que bebas y bebas, con encogimiento de hombros ante lo inevitable, porque sabes que no hay ni ayer ni hoy ni mañana sino la repetición exasperante de las mismas acciones y gestos, y el mismo desastre final: Todo arde: Todo forcejeo, toda táctica, todo sueño, todo pesar, todo será ceniza. Y durante ese trayecto que se llama culebrón, o vida, no sabrás quien eres, incluso aun cuando te lo preguntes, una y otra vez, las respuestas serán insuficientes. Vives en una sucesión de repertorios en el que te ha tocado un papel que podría ser otro (y de hecho así puede ser cuando menos lo esperes), una sucesión que no deja de abrasarse hasta que desaparece, y que mientras, y durante, se repite una y otra vez, porque no hay demasiados registros en eso que se llama vida, y sí mucha oscuridad, y desconcierto, porque ¿quién eres? Bebes y encoges los hombros, y así las preguntas se diluyen en la embriaguez que amortigua esa repetición de la que no puedes liberarte.

The dark, Krystle

The dark, Krystle (2013), de Michael Robinson

En el inicio, el fuego: Krystle (Linda Evans) intenta apagar el fuego de una cabaña (quizás en el bosque de Twin Peaks donde florecían sicomoros y hay dimensiones paralelas con cortinajes rojos). Se escucha su voz: «Había fuego en la cabaña. Intenté escapar, pero la puerta estaba cerrada. Morí en ese fuego…». Despierta en un hospital, y su voz añade: «No sé quién soy». Es la introducción de The dark, Krystle (2013), cuarto cortometraje del cineasta estadounidense Michael Robinson, quien ya realizó con su anterior cortometraje, These hammers don´t hurt us (2010), otro peculiar desarrollo narrativo con imágenes de archivo, en ese caso con Michael Jackson y Elizabeth Taylor. Después la repetición, la sucesión de gestos. Un montaje sincopado, en forma de versos que riman con el abismo donde mora Sisifo, que aglutina una serie de diversos gestos que Krystle (o Linda Evans) repitió en la serie durante sus ocho años de emisión, como si no variaran las circunstancias, y por tanto no variaran las reacciones. Gestos casi siempre contritos, resignados, atónitos, abrumados. Gestos que se convierten en caídas, como si fuera la única conclusión posible. Siempre caerá, y sin nunca dilucidar antes quién es. Porque igual también es Alexis (Joan Collins), como en la secuencia final de Twin Peaks, Bob es el reflejo del agente Cooper en el espejo.

These hammers don't hurt us

These hammers don’t hurt us (2010), de Michael Robinson

En el umbral intermedio de la narración que no es umbral sino reinicio, un gozne burlón, hay un contraplano de Alexis, y Krystle de nuevo constata que no puede escapar de la cabaña y que el fuego se propaga. Y aunque las frases que se escuchen sean otras y no tengan que ver con lo que vemos, las imágenes, una y otra vez, serán una sucesión de gestos de Alexis bebiendo en un momento u otro. Bebe, una y otra vez, con el gesto que encoge hombros. Y sus palabras concluyen con la constatación de que mañana seguirá siendo hoy, de nuevo acaecerá el incendio, y de nuevo seguiremos preguntándonos quienes somos en este culebrón en el que nos han arrojado mientras intentamos abrir la puerta para escapar de un incendio que ignoramos por qué se ha provocado, y para qué. Lo único que varía es la actitud con la que asumes esa repetición que es incendio. O lloras, o bebes mientras encoges los hombros. En el espejo alguien ríe, y su carcajada sabe a oscuridad que camina contigo por siempre mientras no dejas de abrasarte entre incógnitas y repeticiones. Y no hay salida.

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