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The Return

Director: Nathaniel Dorsky (2011) Estados Unidos |

Gracias a la iniciativa de la revista Lumière y a las sesiones de cine experimental del CCCB, Xcèntric, tuve la suerte de asistir a las proyecciones de varios cortometrajes del cineasta estadounidense Nathaniel Dorsky.

Escribir un comentario sobre The return, de Nathaniel Dorsky es, desde un principio, un trabajo de discriminación, y más si se plantea desde un artículo de pequeña extensión como es el caso. Son tantas las opciones, las vertientes, los antecedentes, que tratar de abarcar todo es un absurdo. Por lo tanto, de antemano, pido disculpas por si en las conexiones, reflexiones y opiniones, no toco aquellos puntos que algunos echarán seguro de menos, o tratando de hacer más accesible el trabajo de Dorsky no escojo el camino más adecuado para otros. El cine de Dorsky, también The return, que protagoniza este artículo, es un cine del misterio. Podría aventurarme a decir religioso; en sus pilares y cimientos existe una idea tangencial de la iconografía y narrativa de la trascendencia cinematográfica, desde Dreyer u Ozu, a Bresson, Ford, Tarkovsky, Sokurov y tantos otros que quedan recogidos y transformados a través de lo oculto del cine y la técnica de Dorsky, sin duda un gran nombre del cine que tenemos menos presente de lo que debería ser. Así pues, hablemos de The return.

Es importante mencionar que hablamos de una película no narrativa. The return no es precisamente una película que podamos comprender, no hay ninguna historia y los elementos que aparecen en la pantalla se muestran más abstractos que concretos, aunque todo lo filmado son concreciones de una realidad que por el punto de vista de Dorsky aparecen enrarecidas. También es un cine sin sonido. Sólo imagen registrada con película Fuji. La película proyectada es la textura, la materia, la plástica del medio de expresión que utiliza Dorsky para hacer llegar las emociones de sus imágenes. Un cine que desde su silencio (exceptuando la película girando en el proyector, el crujir de alguna silla, algún tosido…) es un cine de cadencia musical. El tempo de sus imágenes, la precisión del punto de corte, la similitudes de unas imágenes entre otras, las divergencias entre planos… estructuras visuales que transportan al espectador el ritual de una pieza musical en toda su no comprensión, en la experiencia y en el sentido de imbuirse en una atmósfera no tangible.

The return

The return, y otras de las últimas obras de Dorsky, se caracterizan por la utilización de planos subexpuestos. Cuesta encontrar el sentido del plano, hacer una lectura descriptiva de lo que vemos en la pantalla. Una batalla entre la luz y su ausencia, o entre la luz existiendo en su ausencia. Los encuadres de una poética más allá de la nostalgia ilustran texturas, masas, partículas, pequeños gestos, haciéndonos olvidar el significado de la cosas y entrando en un acto perceptivo sin lectura. Dejamos de ver estrictamente cine como nos han enseñado y los planos (el cine) cobran una dimensión de existencia autosuficiente. Intentaré explicarme mejor. Normalmente cualquier plano proyectado en una pantalla, por su naturaleza, somos conscientes que ha sido filmado, iluminado, interpretado, creado, etc. En cambio, en The return los planos existen como seres vivientes, con su propio sentido del ser. Parece que no ha habido cámara alguna que los haya filmado. Ningún ojo externo ha visto una poética en un rincón o un rayo de luz y ha querido registrarla. Asistimos aquí a la proyección de vida virgen; o al menos a la impresión de que así es. Desde la oscuridad, al origen de un momento, al momento exacto de su existencia. Eso nos lleva a la trascendencia de las imágenes de Dorsky.

Es difícil acogerse a un cine que no tiene salientes donde agarrarse, y más cuando ese cine no narrativo explora los misterios de la vida. Hay una película que admiro especialmente tanto entre mis preferidas como dentro de la obra de Robert Bresson: Una Mujer Dulce (1969). Es una película que durante todo el visionado uno se siente tan perdido como su protagonista tratando de comprender a su esposa, un ser bressoniano extremadamente misterioso. Incluso una vez concluido el visionado de la película las incógnitas permanecen en uno. En The return tuve un sentimiento parecido. La imposibilidad de salir de un laberinto, en este caso material y oscuro, que encerraba una verdad. Dorsky nos enfrenta con el misterio, con las dudas, con la ausencia de respuestas. Su cine nos hace humanos, nos despoja, a través del mundo que vivimos, de la percepción del mundo que tenemos. Vemos más allá del objeto, del rincón, del otro, del nosotros mismos. La religiosidad que desprenden cada uno de los planos de The return contiene cierto sentido panteísta del cine de Ozu. Pero, ¿qué panteísmo? ¿Qué impregna todo? ¿Qué no muestran esas escamas de luz buscado lo que oculta o revela la oscuridad?

The return

El cine de Dorsky perdura. Como decía, es un cine que en su silencio es muy musical. Pero su narrativa contiene otras cualidades sonoras. El sofisticado trabajo de montaje construye resonancias entre planos pasados y presentes, y otros que llegarán. Vemos los ecos de lo que ya fue y por consiguiente sigue siendo. Esos ecos se disipan en un nuevo plano de características opuestas y dialoga con esas diferencias para en otra elección iconográfica hacer resonar dos impresiones distintas en el mismo camino. No somos conscientes de cómo afecta en nosotros el montaje del cine de Dorsky, pero han pasado las horas, quizá varios días, y en nuestras cábalas mentales, mientras paseamos, resuenan la oscuridad y el misterio de The return, oculto en nosotros, dialogando con aquello que vemos, recordamos y somos.

Somos testigos de algo etéreo, una belleza, un terror, un sentido que se eleva en la existencia. Me fascina especialmente como siento tan concreto el misterio de The return y a su vez no puedo articular ni una sola palabra para definirlo. Es estremecedor cuando el cine, a modo de espejo, no muestra nada y tratamos de proyectar como en un lienzo blanco nuestras inquietudes y temores, ansias y deseos. Mi sentimiento hacia The Return, en toda su oscuridad, es como su último plano, una nube en medio del cielo azul y el sol tras la nube. La nube se abre haciendo creer que podremos ver la luz del sol tras tanta oscuridad. Un corte a negro interrumpe el momento celestial. Entre la dicha y la ingenuidad, ¿hacia donde debemos retornar? Las imágenes regresan, se repiten y desaparecen, permanecen. ¿Qué fue de la nube y de la luz? Esa última imagen lucha en mi memoria para, en un imposible, dar sentido a los recovecos de esta película tan fascinante como única.

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