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Agarrando pueblo

Antes que nada, Agarrando pueblo plantea un dilema ético. El filme se inicia con una intensidad febril, siguiendo a un grupo de documentalistas que recorren las calles recogiendo imágenes de mendigos, deficientes, personas ancladas en la marginalidad. Indiferentes ante el eventual rechazo de esas personas a ser filmadas, el equipo toma imágenes a la carrera, al asalto, robando la esencia de sus víctimas. Vampirizándolas.

Pero la película se mueve, ya desde un primer momento, en un doble registro. Con un método tan sencillo como eficaz, la alternancia de la fotografía en color y en blanco y negro, se marca la diferencia entre el trabajo de esos ladrones de imágenes (fotografiado en color) y el seguimiento que un segundo equipo hace de sus andanzas (en blanco y negro). En la alternancia de los dos registros anida ese dilema ético: hasta dónde se puede llegar en la plasmación de la miseria.

Esté donde esté esa frontera, el equipo de documentalistas no tarda en cruzarla. Desplazados a un parque, instan a un grupo de niños a desnudarse y arrojarse a una fuente, en pos de una moneda. Una pequeña multitud se arremolina en torno suyo y una persona comienza a afearles el subterfugio. Los documentalistas defienden su trabajo, pero eso no aminora la tensión.

Agarrando pueblo

Abandonamos por un instante al equipo de rodaje para ver las entrañas de la producción. En lo que parece una habitación de hotel, el director recibe a una actriz con dos niños que se hará pasar por una madre sumida en la pobreza para la escena culminante del filme. Del asalto a la recreación, de ahí a la simulación. La tenue frontera entre documental y ficción ha saltado por los aires.

El equipo de rodaje se traslada a una casa en ruinas. La toman al asalto, repitiendo el modus operandi de las jornadas anteriores, aunque en este caso llevan respaldo policial para disuadir a los curiosos de interferir en el rodaje. Con cuatro detalles de la chabola, completan el guión y comienzan a filmar a los actores, que simulan ser los habitantes de la casa.

De pronto, una figura alucinada irrumpe en el encuadre, sometiendo los dos registros narrativos. Se presenta como el dueño de la casa, aunque su aspecto y sus ademanes remiten a una iconografía muy concreta: es un “buen salvaje”. Su expresión airada contrasta con la impostura del equipo de rodaje: mientras estos hurtan y, en última instancia, simulan la misera para sacar réditos, el “buen salvaje” reivindica el debido respeto y denuncia la vergonzante operación. Tratan de comprarle, pero él responde con un gesto tan escatológico como justo: se limpia el culo con los billetes.

La reacción de este personaje se antoja genuina, un golpe en la mesa para denunciar la mercantilización de la miseria. Sólo que también es falsa, una simulación. Nuestro “buen salvaje” no es tal, o quizás sí, pero en todo caso es cómplice del equipo de cineastas, como queda de manifiesto en la prolongada escena final: una conversación distendida, en plano fijo, que contrasta con el febril inicio. Así, Agarrando pueblo, que empieza con un dilema ético, acaba con una advertencia: desconfía de todo lo que ves.

 

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