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Are we still married?

Director: Stephen y Timothy Quay | Año: 1993 | Nacionalidad: Gran Bretaña

Timothy y Stephen Quay nacieron en Pennsylvania (Philadelphia) en 1947. Descolocados en su propio país, se fueron a Gran Bretaña a finales de los años setenta, para estudiar en el Royal College of Art, en cuyas aulas fabricaron su primer corto en 1984. Crearon luego un estudio en Londres cuyo nombre, Koninck, dice mucho acerca de sus gustos y de sus inclinaciones, marcando su territorio en la Centroeuropa del período de entreguerras y eligiendo a Jan Svankmajer como maestro indiscutible para encontrar en él inspiración. Los títulos de sus cortos son elocuentes al respecto: Street of crocodiles, The cabinet of Jan Svankmajer, The epic of Gilgamesh, Nocturna Artificialia o Rehearsals for a extinct anatomy; son títulos parecidos a los poemarios de Charles Simic, provenientes de una tradición cultural muy diferente a la norteamericana. En ellos se mezclan los últimos coletazos de la gran cultura austrohúngara y el surrealismo, tal y como se puede apreciar también en las imágenes de los cortometrajes, para nada comparables a los de otros directores independientes estadounidenses, ni siquiera a los de Maya Deren; si acaso pueden establecerse ciertas concomitancias con los cortometrajes de Joseph Cornell o con sus cajas.

Alice Quay

Relegados a la categoría de artistas en el peor de los sentidos, los hermanos Quay no han disfrutado jamás de mucha atención crítica, reducidos a una clonación de Jan Svankmajer, con lo cual perder demasiado tiempo con ellos le ha parecido un crimen a quienes se encargan de escribir sobre cine. O bien se les ha ignorado o bien se les ha reducido con un adjetivo. A mucha gente le parecen tediosos, herméticos y repetitivos; los más generosos despachan con un par de líneas todo comentario sobre ellos, aconsejando paciencia cuando uno se enfrenta a sus trabajos por primera vez.

Sin hacer uso de diálogos de ningún tipo, los cortometrajes de estos dos singulares directores muestran en general mundos abigarrados donde se confunden los ingenios mecánicos, las marionetas y pequeños trozos orgánicos en forma de corazón o pulmones. A menudo los argumentos son una insinuación, un viaje sin término. En ese sentido, son creaciones muy parecidas a los relatos de Bruno Schulz y Michel de Ghelderode, habitados por fantasmas que ya no son capaces de vivir aventuras porque habitan mundos cerrados en cuyo interior sólo pueden deambular, bajo el peso de una condena parecida a la de cualquier personaje de las novelas o relatos de Franz Kafka. Cortos como Are we still married? tienen la apariencia de sueño transformado en pesadilla mecánica. Los hermanos Quay muestran en este cortometraje su inclinación por marionetas en lugar de seres de carne y hueso, que pone de manifiesto su temor a todo contacto, su distanciamiento con respecto al mundo normal, donde ellos seguramente dejaron de vivir hace mucho tiempo. Es posible que ellos mismos se sientan títeres movidos por una fuerza superior, a la que imitan con sus marionetas. Así, su idea del cine debe de ser muy cercana a la de los orígenes, cuando el cine apenas se consideraba un avance científico con ciertas posibilidades. Para ellos la linterna mágica ha de ser un aparato maravilloso, y a la vez terrible, todavía pendiente de encontrar su verdadero camino.

Los Quay trabajando

Los Hermanos Quay trabajando (1986)

El cine, que un principio nació de entre las visiones y las ideas de gente que quería ampliar la realidad trayendo hacia ella parte de sus sueños, ha ido poco a poco entregándose a registrar la vida sin mayores intermediarios, sin alterar siquiera un poco la aparente tranquilidad de lo real. Gracias a Dios, los hermanos Quay, y algunos otros compañeros de profesión, le otorgan al cine la categoría de prodigio y todavía lo usan para conjurar a través de él sus pequeños fantasmas, los monstruos que pueblan sus pesadillas, desterrados para siempre de este mundo, donde se saludan los efectos especiales de Ray Harryhausen o George Pal porque en ellos se oyen los ecos de los orígenes del cine, cuando nada era sofisticado pero todo estaba abierto a las posibilidades de la imaginación. Precisamente de ahí salen los hermanos Quay, que más que norteamericanos son sonámbulos, como si ésa fuera una nacionalidad, aquella que distingue a los creadores en cuya obra no se le niega sitio a nadie, ni siquiera a esos maravillosos monstruos que las sociedades se esfuerzan en expulsar hacia los márgenes, sin darse cuenta de que consiguen lo contrario, pues cuanto más se guía el ojo hacia la prisión de la realidad más fácilmente se sacude la realidad con las imágenes de los sueños y las pesadillas.

Los hermanos Quay son herederos del expresionismo alemán por su tendencia a las composiciones tortuosas, a los planos sombríos y amenazadores, a su arquitectura de los sueños, tan siniestros como los del doctor Caligari. Esa herencia la recogieron, en parte, a través de Jan Svankmajer y de pintores flamencos como Brueghel, Durero o El Bosco, cuyos cuadros más apocalípticos son huellas estáticas de cualquier cortometraje de los hermanos Quay. No obstante, los hermanos Quay, como cualquier verdadero creador, son por derecho propio un mundo en sí mismos, cercano para todo aquel a quien todavía le interese descubrir nuevas tierras, nuevas latitudes, para quienes quieran entregarle al ojo el regalo de lo maravilloso, aunque de buenas a primeras se confunda con lo horrible.

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