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Balance

El cortometraje también está sometido a la prueba del tiempo. Piezas que, en su momento, nos parecieron obras maestras, pierden buena parte de su brillo al cabo de 10 años de acumular polvo. Afortunadamente, no ha sucedido lo mismo con Balance, que allá por 1989 fascinó al mundo. Y aunque es cierto que ha perdido cierta capacidad de asombro, también lo es que ha resistido a la erosión implacable, gracias a su atemporalidad y, sobre todo, a su desarmante sencillez.

Balance 2

Por entonces, los hermanos alemanes Wolfgang y Christoph Lauenstein presentaron una animación de apariencia humilde, cuyo tema, una de esas metáforas sobre el absurdo de la conducta humana, recordaba en buena medida a las mejores muestras de la animación de Europa del Este de los 60 y 70. Como, pongamos por caso, el polaco Schody (1969) de Stefan Schabenbeck, en el que un hombre subía escaleras y escaleras durante un tiempo que llegaba a antojarse infinito y que ocupaba, prácticamente, toda su existencia, hasta que por fin llegaba a la cima… y se convertía en un escalón más.

El juego de Balance opera en una dirección similar, y su punto de partida no puede ser más sugestivo. Una plataforma móvil, con su eje en el centro, suspendida en mitad del espacio. Sobre ella, cinco hombres, colocados de manera estratégica para que la plataforma se mantenga quieta y horizontal, pues de lo contrario caerían al vacío. Hasta que aparece un extraño baúl que despierta la curiosidad de los cinco individuos, y estos comienzan a moverse de manera, digamos, poco equilibrada para atraparlo.

A partir de aquí, se desarrolla un estupendo cuento moral en el que queda claro que el hombre es un lobo para el hombre. Se ha dicho repetidamente que la grandeza de Balance reside en su infinitud de lecturas. El baúl es la curiosidad. Es el deseo. Es la ambición. Es la ciencia. Es la ansiedad. Es el Monolito. Es el Anillo. En efecto, todas estas lecturas y muchas otras son

perfectamente plausibles, aunque ninguna de ellas resulta especialmente profunda. Pero es innegable que Balance despierta una gran actividad intelectual en el espectador y, a la vez, un considerable placer lúdico. No sólo es un corto filosófico, también es bastante divertido.

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Y milimétricamente elaborado. No se trata sólo del guión, impecable e ingenioso, o de la musicalidad con la que todo va fluyendo hasta venirse literalmente abajo. También está la dirección artística. Esos individuos alargados, esqueléticos, un punto fantasmales. Ese escenario cósmico y esos trajes, más bien raídos, que no son ni del pasado ni del futuro. Si acaso, esa musiquilla del baúl, que suena como de unos lejanos años 30, nos hace pensar vagamente que son caballeros del futuro, fascinados por un vestigio de nuestra época. O el tratamiento del sonido. Esa plataforma con esos goznes que chirrían ruidosamente, como si hace mucho que no giraran gran cosa, es decir, como si los cinco hombres se hubieran movido en perfecta armonía desde fecha inmemorial… hasta ahora. Pero, en conjunto, nos quedamos con la sensación de que, en esta historia, no existe ni el espacio ni el tiempo. Lo que está en juego es la energía universal, que en manos del hombre, ese ser caprichoso, acaba convirtiéndose en un caos absoluto.

Balance ganó el Oscar de Hollywood en su momento, de tal modo que hoy es uno de los cortos Oscar más reputados de la historia. A partir de ahí, los hermanos Lauenstein desarrollaron una fructífera carrera en publicidad y TV, y en los últimos años realizaron una secuencia de animación para la curiosa película de Tarsem Singh The Fall. Pero ninguno de sus trabajos posteriores fue capaz de generar la centésima parte de la repercusión que tuvo Balance. Es un caso demasiado habitual en el mundo del corto: un director sorprende a todos con una obra maestra y, en los años siguientes, desaparece de la faz de la tierra.

Los Lauenstein se desvanecieron, pero Balance aún pervive.

 

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