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Daniel

Hace tiempo que Bergman me plantea problemas más relacionados con la pintura que con el cine. Sus films me hacen pensar más en los retos con que se enfrentaron los grandes retratistas, desde el Renacimiento en adelante, que con los que se enfrentaron y se enfrentan todavía ahora los grandes directores. Ni me detengo en el espacio escénico, ni en la perspectiva, ni en el fuera de campo, ni en los fantasmas que poblaban la obra de Michelangelo Antonioni, ni en las líneas de demarcación que Andrei Tarkovski abolió para cruzar la realidad y aterrizar en el territorio de los sueños, ni en los límites de la representación, ni en la incorporación de las nuevas tecnologías, ni en la consideración de los diferentes contextos que han ido abriéndose para que el cine encuentre nuevos significados o para que se experimente de modo diferente… Para nada. En Bergman, noto las dudas de quienes se colocan ante la cara de un hombre y se hacen preguntas al respecto. Son indagaciones en las que el método suele ser menos importante que el motivo en sí. Después de todo, los retratistas (y autorretratistas) se caracterizan por una técnica que se repite y que hace que entre sus cuadros haya extrañas similitudes aunque representen a personas distintas. Durero, Holbein, Velázquez, Rembrandt, Frans Hals, Goya, Lucian Freud, Francis Bacon… ¿Acaso no son las hermanas de Gritos y susurros (Visdkningar och rop ,1971) una variación de las hermanas de El silencio (Tystnaden, 1962)? ¿No describe El huevo de la serpiente (Ormens ägg/Das Schlangenei/The Serpent’s Egg, 1976) la identidad que se difumina en los preliminares de un conflicto bélico y que luego, cuando la guerra ya ha estallado, nos convierte en los perdedores que protagonizan La vergüenza (Skammen, 1967)? ¿Cuál es la diferencia entre la ambición del padre (Stig Olin) de La alegría (Hill glädje, 1950) y la severidad de la madre (Ingrid Bergman) de Sonata de otoño (Höstsonaten, 1978), dos músicos incapacitados para aceptar o confortar a sus hijos? Siempre suenan las mismas melodías. Adagios, zarabandas, sonatas… Piezas de cámara que pueden componerse con mayor o menor pertinencia, sin que nadie pueda interpretarlas como él lo hizo.

Daniel

Bergman no pudo abandonar jamás sus viejas obsesiones o sus viejas obsesiones no acabaron de abandonarlo por completo. Una y otra vez se repite en su obra la idea de que no existe una verdad lo bastante perfilada, definitiva; la sensación de fracaso es continua. Dios no existe o está demasiado lejos; el amor entre los seres humanos es insuficiente; el pasado nos impide gozar del presente; la realidad no es nada sin una pizca de fantasía y la fantasía no tiene cabida en la realidad… En De la vida de las marionetas (Aus dem Leben der Marionetten, 1980) se dice: «el espejo está destrozado, pero ¿qué reflejan los trozos?». Jamás se llega a un resultado satisfactorio, faltan matices, rasgos. De ahí que a lo largo de su carrera haya una sucesión de ensayos, movimientos para acercarse a algo que, a cada paso, se aleja. Intentos que demuestran, cuando poco, cierto grado de insistencia, de fidelidad hacia uno mismo. O puede que con cada film Bergman estuviese constatando el fracaso del anterior. También cabe pensar que Bergman pudo llegar a convertirse en una franquicia asumida por él mismo, como dejó muy claro a partir de 1970, en cuanto aceptó trabajar (y de paso repetirse) para ambiciosos productores europeos (Dino de Laurentis, entre otros), en el extranjero (Gran Bretaña, Noruega, Alemania), con actores a quienes no supo entender o a quienes no fue capaz de controlar por completo (Elliot Gould, David Carradine, Ingrid Bergman), en lenguas que le resultaban distantes (inglés, alemán), con grandes presupuestos (que en su caso apenas brillan en los encuadres), escribiendo sus guiones a partir de material ajeno (obras teatrales de Molière, óperas de Wolfgang Amadeus Mozart o novelas de Ulla Isaksson) y viendo hasta que punto sus obsesiones y parte de su estilo podían ser reproducidos con extrema facilidad (por otros cineastas, como Woody Allen, Andrei Konchalovski, Bille August o André Téchiné; y por colaboradores, familiares y amigos, como Liv Ullman, Max von Sydow, Sven Nykvist, Erland Josephson o Daniel Bergman).

Inggmar y Daniel

En su libro Imágenes, Ingmar Bergman reconocía que «tengo muchos hijos a los que conozco superficialmente o nada; mis fracasos humanos son notables, por eso me esfuerzo en ser un buen entertainer». No resulta fácil aceptar sus palabras sin unos cuantos recelos, sobre todo si vemos Daniel. un emocionante homenaje que Bergman le dedicó a uno de sus hijos, que posteriormente se convertiría en cineasta. Utilizando películas familiares rodadas sin trípode y de manera espontánea, Bergman hace una exploración del rostro de Daniel Bergman (entre su nacimiento y los dos o tres años siguientes) con una ternura poco habitual en sus largometrajes.

Nota: el cortometraje se ofrece en versión original con subtítulos en inglés

 

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