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Desayuno con diadema

Director: Óscar Bernàcer | Año: 2012 | Nacionalidad: España

Este trabajo, modesto de proporciones pero precioso, bordea toda clase de peligros: la complacencia, la blandenguería, el atraco a mano armada a los sentimientos del espectador. No cae en ninguna de estas trampas gracias a un sorprendente sentido de la medida, en el guión y la interpretación, en lo humorístico y lo conmovedor.

Un hombre y una mujer de mediana edad, aparentemente un matrimonio, se levantan por la mañana, y se comportan como extraños. Poco a poco descubrimos que realmente no se conocen, pues ayer ligaron en el transcurso de una despedida de soltera. Y algo más: las dos personas se sienten algo solas, tienen su vida medio parada. Se reconocen el uno al otro, se gustan. Pero les frena la vergüenza que les dicta su educación tradicional media. Todo medio, menos la atracción.

Desayuno con diadema

Desayuno con diadema, que evoca el nombre de Blake Edwards por algo más que el título, es una comedia amable bien entendida. Sus pretensiones son humildes, sobrias, pero los resultados colman y hasta superan esas pretensiones. Se apoya en un guión redondo, con unos diálogos justos, y dos interpretaciones exquisitamente moduladas de Carlos Blanco y Rosario Pardo. La planificación, totalmente al servicio de los actores, no puede ser más sencilla, pero tampoco más efectiva. En aquel 2012, hace mucho que no se veía en un corto español un plano contraplano que transmitiera tanta delicadeza.

Cualidades que se deben a la labor de un Óscar Bernàcer que ya había dado muestras de su pericia en Les sabatilles de Laura (2009), volvió a recordarme a Blake Edwards con otra comedia igualmente bien medida, Bikini: Una historia real (2014), y acaba de regresar por sus fueros con Apolo 81 (2015). El valenciano se une así a una generación de cortometrajistas españoles orgullosos de su clasicismo, en una línea similar a Arturo Ruiz Serrano, José Luis Montesinos o Juanjo Giménez Peña.

Finalmente, no me resisto a citar dos momentos: la expresión de la mujer cuando el hombre le aparta el pañuelo del cuello, descubriendo el chupetón, llena de vergüenza pero también con un punto de placer, y la despedida del hombre a la mujer, dejando abierta la posibilidad de que vuelvan a verse, realmente conmovedora. Y así, cuando el final homenajea a Resacón en Las Vegas y a la vez suena «Contigo soy feliz» de un maravilloso Nino Bravo, el cine entero se siente el rey del mundo.

 

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