Cargando contenidos…
{"ads":[],"mobile_ads":"Y"}

Entr'acte

Director: René Clair | Año: 1924 | Nacionalidad: Francia

Entr’acte es un encargo que recibe Clair de Francis Picabia, para proyectar entre los dos actos de la última producción de una compañía de ballet sueco, en la que este último se encarga de los decorados. Resulta fácil imaginar que un provocador como Picabia le pide a Clair algo capaz de hacer gritar al público; no parece probable que alguien como él se conforme con simples aplausos. Como dice Louis Aragon en su novela Paysan de Paris, es necesario buscar «una imagen capaz de aniquilar todo el universo». Por eso el resultado sorprende a todo el mundo, a sus implicados tanto como a los espectadores. Picabia, sin ir más lejos, no puede reprimir la risa en cuanto ve la película. ¿Dónde está lo que él le sugiere a Clair antes de comenzar el rodaje? «Ni yo mismo puedo discernir lo que hay de provocación, de mistificación o de seriedad en mi propia aportación a una obra improvisada para unas cuantas noches y a la que el azar hace sobrevivir. Y la incertidumbre que tengo a este respecto me lleva a plantearme la misma pregunta en referencia a diversas producciones artísticas de nuestro tiempo.»

Entr'acte

Clair tiene un equipo bastante reducido para el rodaje de Entr’acte. Le bastan un operador y dos jóvenes a quienes bautiza con el título de ayudantes. Uno de esos ayudantes debe encontrar aparcamiento cada noche para el vehículo de pompas fúnebres que utilizan en la película; el problema, no obstante, es que en el aparcamiento tienen que aceptar el coche con un camello enganchado a la parte trasera.

Erik Satie, que se encarga de la música, acude diariamente en busca del material rodado. Cronometra con sumo cuidado la duración de las secuencias y va preparando así la primera composición musical escrita para el cine imagen por imagen. Esto último en plena época del cine mudo puede considerarse una auténtica proeza, más si se tiene en cuenta que el compositor termina la partitura a tiempo, el mismo día del estreno de la película.

Entr'acte

Entr’acte tiene la vocación agitadora que años más tarde va a mostrar Un chien andalou (1927, Luis Buñuel). La única diferencia es que Clair no corta un ojo para recordarle a los espectadores que la función está empezando, sino que dirige un cañón contra la pantalla y lo dispara. Los primeros espectadores de Entr’acte se sienten desconcertados. Aparecen planos oblicuos o invertidos de los tejados de París, alternándose con imágenes geométricas y las piernas de una bailarina mientras gira sobre una plancha de vidrio bajo la cual está la cámara de Clair. Se sobreimponen dos ojos y un mar tranquilo bañado por el último sol de la tarde. La cámara oscila entonces como un péndulo, encuadrando las calles y los tejados de París. El efecto es similar al que uno tiene cuando navega en un balandro. Quizás es eso lo que explica la aparición de barquitos de papel flotando etéreos sobre la ciudad, convertida en una especie de escenario marino o en un sueño más radical que el de Paris que dort (1923). Vemos de nuevo a la bailarina, en un movimiento de cámara que la recorre desde las piernas hasta la cabeza, en cuyo rostro se descubre una poblada barba…

Duchamp Ray

Marcel Duchamp y Man Ray juegan al ajedrez en Entr’acte

No tiene mucho sentido describir de forma detallada la película, que acaba cuando un cortejo fúnebre se ve obligado a perseguir corriendo al coche de caballos donde va el féretro, cuando los caballos que lo tiran se encabritan y el cochero pierde el control. Al final, todo es un acto de magia. Hemos visto un ballet visual y ya estamos preparados para seguir viendo el ballet de la compañía sueca. El público protesta a lo largo de la proyección, pero, al fin y al cabo, eso es lo que pretenden los responsables de la película, que están muy contentos. Clair dice que con su cortometraje nacen el sonido y la furia, entre los aplausos y los abucheos de los espectadores.

Y en su autobiografía añade: «Hoy, cuando Entr’acte se proyecta en los cine clubs y en las filmotecas, con la deferencia debida a las antigüedades, uno se ve tentado a rendir homenaje a aquellos que antaño lo silban. El esnobismo convierte al arte en algo diferente de lo que es. Ahora todo el mundo acepta cualquier cosa de forma conformista. Y no hay nada más penoso que un público domesticado, un público disciplinado, que se cree obligado a aplaudir pese a aburrirse. Este público está dispuesto a marchar al paso de la oca; el público de las producciones de la compañía de ballet sueco, no.»

 

All comments (0)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Theme developed by TouchSize - Premium WordPress Themes and Websites
X