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Mirindas asesinas

Director: Álex de la Iglesia | Año: 1990 | Nacionalidad: España

En las escuelas de cine se invita a los alumnos a no complicarse la vida a la hora de plantear sus prácticas, lanzándoles esa trillada máxima de que “cuanto más sencilla es la idea del corto, mejor funciona”… algo muy cierto. Álex de la Iglesia no se formó en una escuela pero esta frase, que perseguirá a los aspirantes a directores durante el resto de sus días, viene muy a cuento a la hora de desempolvar Mirindas asesinas, primer y único cortometraje realizado antes de su salto al largometraje y exitosa carrera posterior. Uno de esos títulos que, además de contar con muchas virtudes, nació con estrella y se benefició de aparecer en el momento y lugar adecuados. Porque, en la España de 1990, Mirindas asesinas supuso, para muchos aficionados aburridos, futuros reinventores del séptimo arte y críticos anorgásmicos, el principio de todo.

Mirindas asesinas

Un hombre enclenque (Álex Angulo, fallecido el pasado verano en un trágico accidente) entra en un bar y pide una Mirinda (popular refresco, de origen español, que dejó de comercializarse en España pero no en otros muchos países). Cuando, a punto de irse, el camarero le recuerda que no le ha pagado, el hombre le recuerda que “he pedido que me dieras una Mirinda, no que me la cobraras”, pierde los papeles y ametralla salvajemente al camarero ante la mirada de otro cliente (Saturnino García). A raíz de esta tonta confusión dialéctica, el enajenado entra en disertaciones sobre su preferencia por la Mirinda frente a otras marcas y comenzará a buscar las cosquillas a cada nuevo cliente que entra en el local con similares retos (“he preguntado si tenías hora, no que me la dijeras”, etc). Escrito en tiempo récord junto a Jorge Guerricaechevarría, futuro coguionista de la gran mayoría de sus películas, y rodado por las noches aprovechando el decorado de otro cortometraje, Mirindas asesinas hizo milagros con su falta de recursos, potenciando una idea de lo más eficaz y resultona con una planificación sencilla y casi espartana, una estética expresionista en blanco y negro a través de una exagerada iluminación contrapicada, música y sonidos que parecían de una película de la Hammer, y registrándolo todo en película de 16 mm con grano. Elementos que acentúan esa sensación de extrañeza y el carácter de película de culto que “había que ver”, de la que hablaban los afortunados que habían podido verla en festivales, y que rastreaban por canales de televisión los espectadores en busca de sensaciones fuertes.

Mirindas

Mirindas asesinas era una salvajada punk que se cargaba cualquier convención a golpe de metralleta, salpicaduras de sangre y toneladas de humor negro. Pero también jugaba, a través del humor negro, con normas básicas de la comedia clásica como la literalización o la incongruencia (los nuevos clientes que entran y no se inmutan ante el reguero de cadáveres en el bar). Un cóctel de Berlanga con ultraviolencia, toques de gore y mucha herencia de cómic. Y en España, en 1990, era lógico que un obús así abriera los ojos a mucha gente joven para convencerse de que era posible hacer algo digno dentro de los parámetros del cine de género sin perder la identidad patria.

Así que es importante contextualizar Mirindas asesinas pues, como hemos dicho antes, estuvo en el principio de muchas cosas. En primer lugar, para la propia carrera del director, su cortometraje consiguió que los mismísimos hermanos Agustín y Pedro Almodóvar decidieran producir su primer largo, Acción mutante, siendo también la primera película no dirigida por Almodóvar de la productora El Deseo. De forma un poco más global, Mirindas no estuvo solo en esta toma de poder: lo precedieron otros títulos clave y coincidentes en el tiempo, como Mamá (1988), de Pablo Berger (con dirección artística del propio Álex de la Iglesia) o El reino de Víctor (1989) de Juanma Bajo Ulloa, pero inauguró una década de oro para el corto español y contribuyó de forma decisiva a esa especie de nueva ola del cine vasco capitaneada por Urbizu y Bajo Ulloa a la que se fueron unieron las voces de Julio Medem, Álex de la Iglesia, Daniel Calparsoro más tarde…

Mirindas asesinas

Mirindas asesinas nos lleva a tiempos menos pretenciosos, mucho más limitados en lo audiovisual pero más sanos y vírgenes en la capacidad de sorpresa. La corrección era el cáncer a erradicar, había que reírse a la cara tanto del facha aficionado a los toros (el impagable personaje interpretado por Ramón Barea que, milagrosamente, logra sobrevivir) como de esa portada de Vogue con el rostro de Isabella Rossellini (en la época del rodaje, aún musa y pareja de David Lynch, otra de las muchas influencias de Álex de la Iglesia) chorreando sangre.

 

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